Milo Junco fue más que una figura de protocolo; fue un puente entre la tradición y la contemporaneidad, entre la formalidad de las ceremonias y la calidez de la conversación humana.
Su curiosidad intelectual no tenía fronteras: se interesaba por la historia, por la etiqueta, por la vestimenta como lenguaje y por las historias que se esconden tras cada gesto. En un país donde la cultura oscila entre lo local y lo global, Milo sostuvo ese puente con firmeza y paciencia, recordándonos que el arte de la conversación puede abrir portones y ampliar horizontes. Su capacidad para escuchar, para preguntar con respeto y para traducir conceptos complejos en imágenes simples convirtió cada encuentro en una experiencia de aprendizaje compartido.
Hablamos de elegancia como una forma de vivir, no meramente de vestir. Él veía en la moda y en la presentación pública una manifestación de respeto y dignidad, una manera de honrar a quienes nos rodean y de honrarnos a nosotros mismos.
En nuestras charlas sobre las casas reales, los protocolos y las ceremonias, Milo ofreció una mirada rigurosa y al mismo tiempo cálida: una combinación de precisión y empatía que hizo de cada diálogo una cátedra de cultura.
Su presencia era, a la vez, ritual y cercanía; sabía cuándo insistir en detalles de etiqueta y cuándo permitir que el ritmo de la conversación respirara con naturalidad. Esa habilidad para equilibrar rigor y humanidad dejó una marca indeleble.
Su afinidad por el diseño y la creatividad también dejó huella. No era solo un conocedor de las tradiciones; era alguien que reconocía la capacidad transformadora del arte.
En Costa Rica, donde la escena cultural ha necesitado voces que articulen la memoria con la innovación, Milo se erigió como un referente silencioso pero determinante. Su reconocimiento de talentos como Silvestre, el diseñador, y su admiración por el dramaturgo y escritor Daniel Gallegos Troyo, hablan de una red cultural viva y generosa, en la que cada persona podía encontrar un lugar para expresar su creatividad y su identidad.
Su mirada estratégica sobre la cultura local, entendiendo la necesidad de conservar lo valioso sin renunciar a la renovación, permitió que nuevas voces emergieran con la seguridad de llevar la memoria y la imaginación a nuevos horizontes.
Mi vocación como orientador, dedicado exclusivamente a atender a las personas con discapacidad, encontró en Milo un interés genuino por mi trabajo. Su curiosidad era una muestra de su temperamento abierto y su voluntad de entender para acompañar mejor.
En ese sentido, Milo dejó una enseñanza práctica: la cultura no es un lujo, es una necesidad humana que forma y dignifica. De él aprendí que la etiqueta y el protocolo pueden ser herramientas de inclusión cuando se emplean para comunicar respeto y claridad, no para establecer barreras.
Su convicción de que la cultura debe servir a la dignidad de todas las personas me acompañó en cada proyecto y cada charla, recordándome que las normas, cuando se utilizan con empatía, pueden facilitar la experiencia compartida, especialmente para quienes a menudo quedan al margen.
La relación con otros actores de la escena cultural—amigos, colegas, artistas, organizadores—fue, para Milo, una gran oportunidad de aprendizaje y colaboración. Su conversación sobre el maestro Paul Alfaro, su reconocimiento del talento en maquillaje y peluquería de Paul, y su recuerdo de Don Samuel Rovinski, revelan a un hombre que valoraba a las personas por su humanidad y por la capacidad de compartir saberes.
En cada encuentro, Milo tejía puentes entre ideas, saberes y experiencias, y convirtió esas reuniones en momentos de aprendizaje para todos los presentes.
Su red no era solo profesional; era humana, orgánica, basada en la confianza y la admiración mutua. Cuando Milo invitaba a alguien a dialogar, lo hacía con la certeza de que la conversación podía transformarse en un proyecto común, en una posibilidad de colaborar para enriquecer la vida cultural del país.
Hoy me siento llamado a continuar su legado en un campo que él sabía que me apasionaba: el estudio del protocolo, la etiqueta ceremonial y, especialmente, el ceremonial eclesiástico, con atención a las prácticas que envuelven a la Santa Sede Apostólica.
Milo me reconoció y celebró el trabajo narrativo que he desarrollado en mis años recientes; sus palabras, siempre generosas me dijo “me siento orgulloso, chiquillo, que me estás heredando”, quedan como una bendición para seguir profundizando, investigando y compartiendo estas historias con rigor y sensibilidad.
Ese mensaje, nacido de la confianza entre mentores y aprendices, se convirtió en una brújula que me acompaña para mantener la integridad de la investigación, la generosidad en la mirada y la claridad al narrar realidades con verdad y compasión.
En el plano espiritual, he sido bendecido y protegido por la intervención de Dios. A pesar de haber sido un niño que anduvo descalzo vendiendo naranjas, Dios ha permitido que grandes y buenas personas me formaran en lo que hoy soy: una persona de bien, un profesional que ha estudiado lo que le ha dado la gana y ha sabido aprovechar las oportunidades que Dios ha puesto en mi camino.
Entre esas guías se encuentran Paul Alfaro, gracias por abrazarme cuando he triunfado y cuando he llorado, gracias por ser mi mejor lector, por estar siempre dispuesto a opinar sobre mis artículos con la sabiduría que lo haces, y sobre todo por tu generosidad.
También agradezco a Silvestre, el mejor diseñador de nuestro país, sabio consejero y motivador; a Anna Katherine Müller y a Daisy María Corrales, grandes mujeres que son bálsamo en mi vida y cuyas presencias en la vida de mi hijo y la mía demuestran cómo Dios usa a las mejores personas para bendecirnos.
Por último, Pepe, mi coach de vida y consejero, ha sabido ser luz en medio de mis días oscuros.
En el ámbito costarricense, Milo Junco dejó una impronta que no se desvanece con el tiempo. Su mirada rigurosa sobre el protocolo, su defensa de la elegancia como forma de respeto y su compromiso con la cultura como servicio público se entrelazan para formar un legado que invita a mirar más allá de la apariencia para entender el valor humano, la dignidad y la belleza de la diversidad.
No fue un personaje de efímera notoriedad; fue un motor silencioso que movilizó ideas, conversaciones y proyectos que enriquecen la memoria cultural del país. Su influencia se extendió más allá de las fronteras laborales: inspiró a jóvenes estudiantes, a colegas y a artistas a preguntarse por el significado profundo de la etiqueta, a valorar la historia sin estancarse en ella y a imaginar nuevas formas de expresar respeto mediante la estética y la palabra.
Si algo aprendí de Milo es que las personas no mueren cuando dejan de respirar; se transforman en ideas, en recuerdos vivos, en una huella que continúa guiando a quienes tuvimos el privilegio de compartir una mesa, una conversación o un taller.
Milo no se fue; se convirtió en una presencia que se reconoce en cada detalle de lo cotidiano: en una estética que permanece, en una curiosidad que no se apaga, en una voz que invita a mirar con más atención y empatía a quienes nos rodean. En cada vestimenta que elegimos, en cada gesto que mantenemos ante el mundo, Milo está presente con su legado de rigor, elegancia y apertura.
La cultura costarricense pierde a un maestro de ceremonias de la vida, pero gana, de él, una serie de principios que siguen vivos: la dignidad en la forma de relacionarse, la apertura a la diversidad y la convicción de que el arte y la cultura deben servir para enriquecer la experiencia humana.
Milo Junco dejó de ser una presencia física para convertirse en una guía que inspira a quienes trabajamos en el mundo de la cultura, la educación y el servicio a la comunidad.
Amigos, familia y público lector: gracias por permitir que estas palabras rindan homenaje a Milo Junco y a lo que significó para cada uno de nosotros.
Que su ejemplo nos inspire a practicar la etiqueta y el protocolo con humanidad, a valorar las historias de quienes nos rodean y a seguir sembrando una cultura que una el pasado y el presente en un futuro más justo y hermoso.
Adiós, Milo Junco. Tu memoria continúa en el cuidado con que se habla de la historia y en la paciencia con la que se escucha a los demás. Tu ejemplo permanece en cada proyecto cultural que busca incluir, en cada conversación que privilegia la empatía y el aprendizaje, y en cada gesto de elegancia que recuerda que la dignidad se muestra con humildad y respeto.
Eres, y seguirás siendo, una presencia que transforma la experiencia cultural costarricense cuando se vive con integridad, curiosidad y afecto por las personas y sus historias.
















