En la memoria de la infancia aprendí que no siempre lo que brilla es fácil de sostener, más la voluntad de seguir brillando sí se puede cultivar. Federico García Lorca decía: “La vida no es más que un sueño y un sueño que sueña” y, a mis 52 años, sigo creyendo en esa verdad: la vida es un proyecto que se enciende con la voluntad de ver lo bueno incluso cuando el mundo parece oscurecerse.
Gabriela Mistral añade sabiduría: “No hay solo una manera de ser feliz; hay una manera de ser feliz en cada instante.” Yo construyo una visión optimista y llena de positividad, como quien descubre una luz interior que no depende de las circunstancias externas. Lorca: “Verde que te quiero verde.” Gabriela Mistral: “Donde hay amor, hay vida.”
Mi niñez fue una colección de golpes y desconciertos: humillaciones que buscan reducir, noches que se estiran sin techo, y un vínculo que parecía frágil ante cada intento de deshacerse de mí. Alberto Alberti, con su voz de solidaridad humana, recuerda que “La vida no es de quien la pisa, sino de quien la comprende.”
En palabras de Gabriel García Márquez o de Mistral, puedo sentir esa necesidad de hallar luz en la oscuridad. Yo seguí moviéndome, incluso cuando el miedo tenía forma de techo y las comidas eran sombras frías en la nevera. Cora Coralina, poeta de lo cotidiano y de la resistencia, diría que “Yo también fui una mujer de resistencia.”
A veces, la memoria devuelve el dolor como recordatorio de lo que no debe repetirse; otras veces, regala una claridad: el dolor puede convertirse en motor si se transforma en aprendizaje. Alberti: “Qué bien se está cuando se sabe sufrir y no llorar.” Mistral: “La belleza es un acto de justicia.”
“Quien ha vivido la oscuridad sabe apreciar la luz con mayor intensidad”, escribió Gabriel García Márquez. Esa idea se volvió práctica en mi vida: el estudio dejó de ser obligación para convertirse en plan de rescate, en una forma de inyectarme energía positiva. Alberti diría: “Yo he visto cosas que tú no creerías”; yo he visto lugares de dolor transformados en laboratorios de esperanza.
En cada libro, en cada nota, en cada pregunta resuelta, construí una persona que no depende de la aprobación exterior para sentirse valiosa. Porque lo más importante está en uno mismo: la capacidad de reconocerse, de agradecerse y de afirmarse con gentileza. Lorca: “La vida es un sueño, y los sueños, sueños son.” Gabriela Mistral: “La esperanza es la otra antesala de la acción.”
La resiliencia, esa palabra que a veces suena de cliché, cotidiano su significado en mis gestos simples: levantarse, intentarlo de nuevo, creer que mañana podría ser distinto. Nelson Mandela dice: “La mayor gloria no es caerse, sino levantarse siempre.” Yo caí, sí, muchas veces, pero aprendí a levantarme con más altura, mirando desde una perspectiva que entiende el dolor sin rendirse.
Cora Coralina nos recuerda que la vida “no es la que vivimos, sino la que recordamos,” y los recuerdos que elijo conservar son de esfuerzos y silencios que sostuvieron mi camino.
Cada paso hacia adelante fue una victoria discreta que nadie anotaba, pero yo llevaba dentro como un faro para seguir caminando. Alberti: “Hoy no puedo, mañana quizá sí.” Mistral: “Yo no he nacido para perderme.”
Uno de los regalos más luminosos fue la presencia de personas con un corazón generoso. Entre ellas, recuerdo al padre Marvin Danilo, un sacerdote humano que hizo del servicio una forma de amar sin condiciones.
Él no reparó en mis cicatrices, sino que me dio una oportunidad de respirar y de ser visto como alguien posible. En su ejemplo aprendí que la bondad no es débito social, sino una semilla que florece con atención y constancia.
Lorca: “El mundo está lleno de sombras; la bondad es la luz que pronuncia el nombre.” Gabriela Mistral: “La verdadera ternura es la que transforma.” Estas palabras resuenen en la memoria como un puente hacia la posibilidad de confiar.
“Las personas que más te quieren no siempre están; a veces duele reconocerlo,” escribió Rosa Montero. En mi caso, la ausencia dejó un hueco que alguien distinto supo llenar: la fe en que la vida puede corregirse, que el dolor no tiene la última palabra, y que el amor propio es un alimento que nadie puede quitarte si lo cuidas con paciencia.
La vida me dio amigos con un valor incalculable, compañeros que sostienen y elevan, y que han sido faros cuando la ruta parecía perderse entre sombras.
No se trata de perfección, se trata de presencia: alguien que te mira con la mirada que sana, que te recuerda que puedes confiar en ti mismo. Lorca: “La verdad dormida en los ojos de la gente es la que ilumina el camino.” Gabriela Mistral: “El mundo ama a quien ama la vida.”
En cada etapa, aprendí a escuchar dos voces: la que culpa y la que enseña. La voz de la culpa puede ser insistente, pero la voz de la enseñanza tiene la paciencia de la experiencia: “La vida es aprender a vivir con lo que no podemos cambiar y convertirlo en algo que sí podemos transformar,” decía Mario Benedetti.
Transformar, en mi caso, fue convertir la adversidad en motivación para estudiar, para soñar, para construir un proyecto personal de confianza, de autonomía y de cuidado hacia mí mismo, el niño que fui, no merecía olvidos; merecía una historia que diera sentido a su dolor y que, a la vez, diera herramientas para seguir adelante. Alberti: “La vida eterna se escribe con esfuerzo.” Lorca: “La luna no es luna sin noche.”
Cada logro, por pequeño que parezca, ha sido una celebración interna. No de vanidad, sino de reconocimiento: “No estar roto, sino reparado con paciencia”, como decía San Juan de la Cruz.
Las reparaciones internas no se ven a simple vista, pero se sienten en la respiración, en la seguridad de elegir una meta, en la capacidad de agradecer lo que parece cotidiano: una taza de café, un amanecer, una conversación que reconforta.
La vida, en su complejidad, exige de nosotros una disciplina suave: hábitos que sostienen, rutinas que enseñan, y sobre todo, una voz interior que repite: “tú vales, tú puedes, tú existes”. Lorca: “La única forma de desobedecer la tristeza es con la música de la vida.” Gabriela Mistral: “La felicidad no se consigue, se cultiva.”
Quiero dedicar estas palabras a quienes están viviendo situaciones de dolor o de invisibilidad: que sepan que la adversidad no determina el sentido de una vida, que la dignidad no depende de la aprobación externa y que, incluso en las peores temporadas, el ser humano puede descubrir fuentes de esperanza y de crecimiento.
Víctor Frankl: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta.” Yo elegí, una y otra vez, responder con curiosidad, con responsabilidad, con la certeza de que merezco una vida que me haga bien. Y, cuando la oscuridad parece volver, recuerdo a Alberti, Lorca y Mistral y Coralina, sus palabras como faros que sostienen: la resiliencia no es un acto heroico aislado, sino una práctica diaria.
Hoy, a mis 52 años, encuentro la plenitud en la resiliencia cotidiana: en las pequeñas victorias de cada día, en la capacidad de perdonarme por mis errores, en la certeza de que mis esfuerzos valen la pena y en la convicción de que la vida, con sus giros impredecibles, puede seguir siendo un terreno fértil para la esperanza.
Desmond Tutu: “La esperanza no es una certeza de que todo saldrá bien, sino la certeza de que, aun cuando no salga como esperas, siempre hay una posibilidad de crecimiento.” Y en esa posibilidad encuentro mi bandera: seguir adelante con la mirada puesta en el bien que puedo sembrar a mi alrededor.
Con este relato no pretendo presentar una narrativa de perfección, sino de autenticidad: la aceptación de las propias cicatrices como parte de una identidad que se fortalece mediante el aprendizaje, la generosidad de quienes me dieron un puente cuando me faltaba suelo, y la disciplina de quien decide que la vida, aunque haya sido dura, puede seguir ofreciendo razones para sonreír.
Aristóteles: “La felicidad depende de nosotros mismos,” y así he visto que la felicidad no es un estado pasivo, sino un compromiso activo con la vida, con la verdad de quién eres, y con la promesa de que cada amanecer trae una nueva oportunidad para reconstruirse y volver a empezar.
Si esta pieza puede servir de alivio o de aliento a alguien que esté atravesando pruebas similares, me siento afortunado: que estas palabras sirvan como recordatorio de que la dignidad es inherente a cada persona, que la esperanza es una habilidad que se cultiva, y que la resiliencia, en su forma más verdadera, es la capacidad de volver a levantarse con más fuerza, con más claridad y con más amor propio.
Lo invitamos a compartir nuestro contenido