En una ciudad marcada por el frío y la desigualdad, tres voces se encuentran para buscar respuestas, pedir perdón y clamar por una Iglesia que acompañe a los pobres, a los habitantes de calle y a los migrantes. Este diálogo imaginario entre el Padre Pollo, el Padre Joel Levi y Willy, un laico franciscano seglar, surge a partir de un trágico suceso en San José y de la necesidad de convertir la indignación en acción concreta.
Que sirva para reflexionar sobre la misión de la Iglesia en este tiempo, y para recordar la exhortación continua de los papas recientes a favor de los pobres y de los marginados.
Padre Pollo: Hermano Joel, hermano Willy, no puedo evitar el dolor que me traspasa. Hemos perdido a un hermano habitante de calle, víctima del frío, y me pregunto: ¿dónde estaba la Iglesia cuando alguien clamaba por una sombra cálida, por una esquina que no le congelara el alma? ¿Qué hicimos para que no muriera en la intemperie?
Padre Joel Levi: Pollo, la fe sin obras está muerta. Pero aquí estamos, para convertir este lamento en un compromiso firme. El Evangelio nos llama a ir a la periferia, a tocar la frontera de la vida. En Mateo 25:40, Jesús dice: "Ciertamente os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis." Si la calle es la casa de nuestro hermano, debemos entrar sin demora.
Willy: Lo digo desde la experiencia de servicio: la conversión no es solo personal, es estructural. Hemos sido llamados a construir comunidades que no dejen pasar a un indigente como si fuera un aparente dato estadístico. En el silencio de la indiferencia, el grito del pobre se convierte en una llamada a la acción. Recordemos la exhortación del Papa Francisco: vivir el evangelio pobre.
Padre Pollo: Me duele pensar que la pregunta “¿dónde estaba la iglesia?” sea aún necesaria. Pero está bien hacerla para no repetirla. Debemos mirar hacia el interior de nuestras estructuras: ¿tenemos puertas abiertas de verdad, o solo de apariencia? ¿Qué estamos haciendo para que la ciudad no produzca más víctimas de frío y desamparo?
Padre Joel Levi: Propongo que pensemos en tres ejes: acompañamiento, dignificación y embrión de una red de solidaridad. Acompañar significa estar presente, sin juzgar, con oído atento. Dignificar implica garantizar alojamiento temporal, abrigo, alimento y atención sanitaria. Y red de solidaridad: unir parroquias, capillas, parroquias urbanas, iglesias vecinales y organizaciones civiles para crear una red que no permita que nadie caiga en el abandono.
Willy: En la capilla de la casa cural, oramos por el alma de nuestro hermano y pedimos perdón a Dios por la indiferencia social que pudo haber contribuido a su muerte. Pero la oración no basta. Debemos pasar de la contrición a la acción concreta: identificar a las personas vulnerables, asegurarnos que tengan abrigo por la noche, establecer puntos de apoyo para el frío, y facilitar acceso a servicios de salud, legalidad migratoria y empleo digno.
Padre Pollo: Pero, ¿cómo empezar? La tarea es gigantesca. Podemos comenzar por un programa de atención de invierno: refugio nocturno, atención médica básica, y un equipo de voluntarios capacitados para identificar necesidades y derivar a servicios sociales. También una campaña de sensibilización y denuncia ante la indiferencia institucional que nos impide actuar con rapidez.
Padre Joel Levi: Recordemos las palabras de Benedicto XVI sobre la dignidad humana: “La persona no es un objeto de producción, sino una responsabilidad de la comunidad.” Hemos de construir una iglesia que sea casa para todos, especialmente para los que la ciudad rechaza. Debemos invitar a otras comunidades de fe y a la sociedad civil a sumar esfuerzos, y a no permitir que la fría noche siga cobrando víctimas.
Willy: Además, hay que recuperar la imagen de la Iglesia como servidor de la vida. En el magisterio de los últimos papas, hay claves claras: la opción preferencial por los pobres, la salida misionera de la Iglesia, y el testimonio de la misericordia.
En cada parroquia, debe haber, junto al altar, un lugar para la mesa de los que no tienen techo: un refugio temporal, un café caliente, atención sanitaria. No es “dar de comer”, es “compartir la vida”.
Padre Pollo: ¿Y si la comunidad no responde de inmediato? La paciencia no es pasividad; es un compromiso sostenido. Debemos convertir este luto en un pacto público: una declaración de iglesia samaritana que se compromete a no dejar a nadie fuera. Podemos redactar un plan piloto en la zona central de San José, con metas a corto, medio y largo plazo.
Padre Joel Levi: En ese plan, incluyamos una dimensión educativa: catequesis y formación para los voluntarios, para que conozcan los derechos de las personas migrantes, las rutas de refugio, y el acceso a servicios sanitarios. Que la gente entienda que la dignidad de cada persona no depende de su estatus o de su condición, sino de su humanidad.
Willy: Y no olvidemos la dimensión espiritual: la oración comunitaria, las liturgias de memoria por los que han muerto por frío, las vigilias, y la Eucaristía como fuente de aliento para los que trabajan en los refugios y la calle. Si la Iglesia no reza y no sirve, pierde su alma. Pero si reza y sirve, cumple su misión con plenitud.
Padre Pollo: Cito a San Juan Pablo II, que insistía en la dignidad de la persona y en la responsabilidad de la fe para transformar la historia: “La fe que no se convierte en caridad se vuelve hueca.” Debemos convertir nuestra fe en obra, en presencia real en las calles, en las esquinas, en las estaciones de autobuses, donde la gente sufre en silencio.
Padre Joel Levi: Y no olvidemos a los migrantes. En la Encíclica Fratelli Tutti, el Papa Francisco nos recuerdo que todos somos hermanos: “ningún ser humano es ilegal.” Debemos asegurar que nuestras parroquias sean puentes, hospederías y mediadores para lograr una vida digna para todos.
Willy: También conviene recordar la experiencia de sanaciones a través de redes de servicios: médicos voluntarios, asistencia social, asesoría legal para migrantes, y apoyo psicosocial. Una iglesia samaritana no sólo atiende el cuerpo, también escucha la historia de cada persona, valida su dolor, y acompaña su proceso de sanar, de encontrar un lugar donde vivir con dignidad.
Padre Pollo: Acepto el llamado a la acción y a la responsabilidad comunitaria. ¿Qué tal si proponemos un “Mes de la Iglesia Samaritana” en la diócesis, con jornadas de puertas abiertas, refugios provisionales por la noche, ¿y servicios de emergencia? Al final del mes, evaluamos y seguimos construyendo.
Padre Joel: Y para sostenerlo, una campaña de sensibilización pública: testimonios de personas que han sido acompañadas, charlas en universidades y centros de trabajo, y un compromiso claro de las autoridades locales para garantizar infraestructura de abrigo y atención sanitaria en temporada de frío.
Willy: Debemos dejar claro que esta no es una labor de caridad aislada, sino una responsabilidad compartida por toda la sociedad. Si cada parroquia toma una iniciativa mínima —un refugio temporal, un equipo de acompañamiento, una red de voluntarios—, podemos evitar que se repitan tragedias como la que nos convoca.
Padre Pollo: Entonces, que este diálogo sea un pacto: que la Iglesia de San José se comprometa a convertirse en una iglesia samaritana, cercana a los pobres, a los habitantes de calle y a los migrantes. Que el frío de la ciudad ya no sea un término que nos sorprenda; que sea un llamado a actuar con prontitud y compasión.
Padre Joel Levi: Si hay algo que recordarnos de este momento, es que la fe, cuando se traduce en acción, es capaz de cambiar ciudades. Nos corresponde a todos convertir este dolor en una brújula moral, en un plan concreto y en una práctica de vida que deje claro que nadie es invisible para Dios ni para la comunidad.
Willy: Podemos empezar hoy, con la promesa de no abandonar a nadie a su suerte, y con la convicción de que la Iglesia no se mide por sus templos vacíos, sino por su presencia en las calles cuando más se necesita.
Padre Pollo: Que la memoria de este hermano caído en la noche del frío sea una bendición que impulse a la acción. Que cada capilla, capellanía, parroquia, comunidad cristiana se convierta en una casa para los vulnerables, en una mesa de hospitalidad, en un refugio por la vida.
Este diálogo ficticio es un intento de plasmar en palabras la urgencia de una Iglesia que camine con los pobres, que escuche sus clamores y que trascienda la comodidad de los templos para abrazar la realidad de la calle.