En una casa parroquial abierta al barrio, dos hermanos se encuentran para conversar desde la fragilidad y la esperanza.
Uno, Padre Don Pollo, es guía cercano que escucha sin juzgar. El otro, Willy, es un franciscano seglar que vive la fe en medio del mundo: trabajo, familia y Centro Juvenil Luis Amigo.
Este diálogo busca ser un bálsamo de fe y esperanza, un testimonio de una iglesia que acoge sin condenar a quien se acerca a Dios y que revela la belleza de vivir el Evangelio en lo cotidiano.
Padre Don Pollo: Willy, te veo con la mirada serena, pero también con esa huella de quien ha andado por desiertos y jardines. ¿Cómo va esa búsqueda de sentido cuando la oración te asusta por ser pecador?
Willy: Padre, gracias por abrir la mesa y el oído. Cuando acudo a la oración, a veces el ruido de mis fallos me sacude.
Me pregunto si un pecador como yo puede realmente encontrar en la espiritualidad franciscana ese rumbo, ese sentido que agarra el corazón y no lo suelta.
Pero también siento que la vida franciscana del mundo me llama: vivir el Evangelio en casa, en el trabajo, en cada encuentro, con la gente que cruza mi camino en el Centro Juvenil Luis Amigo de los Frailes Terciarios Capuchinos, donde descubrí que la vida tiene un sentido más profundo cuando se dona y se comparte.
Padre Don Pollo: Esa lucha es parte de la gracia que Dios da a los que buscan con sinceridad. San Francisco decía que la mayor grandeza es amar a Dios y al prójimo sin etiquetas ni condiciones. ¿Qué te dice tu oración en medio de esa duda?
Willy: Me dice que la humildad no es justificar la debilidad, sino abrirse a la misericordia de Dios y a la belleza de la creación.
En mi oración, veo a Cristo crucificado, sí, pero también veo a cada hermano y hermana que camina a mi lado, especialmente a los jóvenes que llegan al Centro Juvenil Luis Amigo buscando un sentido.
Allí encuentro la razón de ser de mi vida franciscana seglar: vivir el Evangelio en el mundo, con la familia, con el trabajo, con la fraternidad que me sostiene.
La presencia de Dios se hace palpable en el susurro de cada niño que aprende a compartir, en la risa de quien encuentra un amigo, en la paciencia de quien espera su turno, en la súplica silenciosa de quien se abre a la gracia.
Padre Don Pollo: Tu experiencia en el Centro Juvenil es un claro signo de la fraternidad que no exige exclusión, sino inclusión. En la Orden Franciscana Seglar, la vida se encarna en la casa y en la calle: ¿cómo describe esa forma de ser para ti?
Willy: Ser franciscano seglar significa vivir el Evangelio según el ejemplo de San Francisco, pero fuera de los claustros.
Somos laicos que profesan de por vida una Regla y nos comprometemos a ser testigos de Cristo en la vida cotidiana: en el trabajo, en la familia, en la comunidad.
La vida en el mundo se convierte en un templo para buscar la paz, la alegría y el servicio a los demás, promoviendo la justicia y el amor a toda la creación.
No es una renuncia, sino una invitación a hacer de cada gesto una oración, de cada palabra una semilla de paz, de cada acto una pequeña resurrección en medio de la rutina.
En la casa y en la calle, la santidad no es un lujo reservado para unos pocos, sino una llamada que llega a cada persona que se atreve a mirar con ojos de misericordia y a trabajar con manos dispuestas.
Padre Don Pollo: Eso habla de una misión que no excluye, sino que invita a abrazar a todos. ¿Qué piezas de esa vocación se vuelven más tangibles en tu día a día?
Willy: La fraternidad local, primero. Sin la mesa que nos reúne, sin las charlas que nos fortalecen, la vida sería más fría.
En segundo lugar, la Regla y la formación: no para encierro, sino para libertad responsable. Tercero, el trabajo: no como mero sostén económico, sino como participación en la creación de un mundo más humano.
Y, por supuesto, la oración: no para escapar de la realidad, sino para escucharla con ojos de fe.
En el Centro Juvenil Luis Amigo encuentro que la vida de fe no es una experiencia aislada, sino una red de vínculos que sostienen la esperanza: voluntarios que llegan temprano, jóvenes que regalan su risa, familias que confían sus sueños, maestros que enseñan con paciencia, todos tejiendo una comunidad que crea un refugio de dignidad.
En cada encuentro hay una oportunidad de practicar la pobreza de espíritu: de no aferrarse a lo que aparece como seguro y de abrir las manos para recibir y compartir lo que se tiene.
Padre Don Pollo: ¿Y cómo sostienes esa apertura ante la necesidad de los demás cuando el cansancio quiere ganar?
Willy: Recordando que la misión no es mi fuerza, sino la gracia que se me da cada día. San Francisco llamaba a vivir con la simplicidad de la infancia: mirar a cada persona como si fuera el primer encuentro, descubrir a Dios en lo pequeño, agradecer cada respiro.
En el Centro Juvenil aprendo que cada gesto, por simple que parezca, tiene la capacidad de cambiar una historia: una palabra de aliento, una mano tendida para ayudar a alguien a estudiar, un plato compartido en la mesa de la fraternidad, una oración donde nadie queda fuera.
Cuando el cansancio llega, miro al crucifijo que cuelga en la pared de la sala y recuerdo que el servicio a Dios se expresa en el servicio a los hermanos.
Si un joven me pregunta por qué sigo, le digo que la vida franciscana seglar es una invitación a ser presencia de Cristo en la calle, a dejar que la gracia trabaje en la voluntad y en la acción, a transformar la propia debilidad en una fuente de cercanía para los demás.
Padre Don Pollo: La mirada de Jesús hacia el hermano, ¿cómo se conserva en medio del ruido de la vida?
Willy: Se conserva en la oración cotidiana que no se agota en palabras, sino que se encarna en la escucha profunda.
En la Regla de la OFS hay una guía que no encierra, sino que ilumina: vivir en castidad, pobreza y obediencia a la voluntad de Dios, no como prisión, sino como libertad para amar.
Esa libertad es, a su vez, una responsabilidad: de no usar a las personas para mis fines, de no buscar gloria propia, de no dejar que la tristeza me seduzca a desconfiar de la bondad de la gente.
En el Centro Juvenil Luis Amigo veo a cada persona como un latido de la misma Iglesia, una presencia de Dios que merece respeto, escucha y compostura de esperanza.
Cuando alguien llega con heridas, intento acompañarlo con la paciencia que San Francisco enseñó: acercarme sin prisa, hablar con claridad, escuchar más que hablar, acompañar sin imponer, permitir que la gracia haga su trabajo en cada historia.
Padre Don Pollo: ¿Qué significa para ti la promesa de vivir el Evangelio en el mundo sin perder la radicalidad de la vocación?
Willy: Significa que la radicalidad no es exclusividad ni celda de bolsillo, sino una brújula que orienta cada acción.
Vivir en el mundo con las manos libres para amar a todos, sin condiciones, significa reconocer la dignidad de cada persona que se cruza en el camino, especialmente a los jóvenes que buscan sentido y a los que han dejado de creer.
La radicalidad franciscana es una tensión entre lo cotidiano y lo trascendente: en cada tarea hay una semilla de esperanza; en cada enojo hay una invitación a la misericordia; en cada fracaso hay una oportunidad para volver a empezar con humildad.
Aprender a mirar con ojos de fraternidad es aprender a acercarse sin miedo al otro, a escuchar su historia con empatía, a sostenerlo en su camino.
En el Centro Juvenil Luis Amigo descubro que la vida de fe no es una fuga de la realidad, sino su afirmación más profunda: Dios está en el aula, en la cocina comunitaria, en la puerta del refugio y en cada abrazo que salva una tarde gris.
Lo invitamos a compartir nuestro contenido