

Ordenación Episcopal de Mons. Elímar Gerardo Carvajal Durán, III Obispo de Puntarenas.
Jueves 6 de agosto de 2026. Fiesta de la Transfiguración del Señor.
Parroquia del Espíritu Santo, Esparza.
Hermanos todos:
El Señor y la Iglesia nos conceden hoy una providencial coincidencia. Celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor y, en este contexto litúrgico, nuestro hermano Elímar Gerardo Carvajal Durán recibirá la plenitud del Sacramento del Orden, para ser constituido III Obispo de esta Diócesis de Puntarenas. Pero no se trata únicamente de una feliz coincidencia, sino de una verdadera palabra de Dios para este momento de gracia, porque la Transfiguración revela quién es Cristo, y al mismo tiempo ilumina la identidad y la misión de todo pastor de la Iglesia.
En el monte Tabor, Jesús deja entrever por un instante la gloria que siempre ha tenido como Hijo eterno del Padre. El rostro resplandece, los vestidos se vuelven blancos como la luz y la voz del Padre proclama: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”. Sin embargo, la Transfiguración no es una evasión del camino y de la misión. Ocurre precisamente cuando Jesús se dirige hacia Jerusalén. La luz del Tabor no elimina la cruz del Calvario, sino que la prepara. La gloria no sustituye la entrega, la fortalece. El esplendor del monte tiene sentido porque conduce al amor extremo de la cruz y culmina en la gloria de la resurrección.
Querido hermano Elímar, quizá esta sea la primera enseñanza que el Señor quiere regalarte hoy. El ministerio episcopal tendrá momentos luminosos, pero también conocerá el peso de la cruz. Habrá alegrías y consuelos, pero también incomprensiones, cansancios, preocupaciones y noches oscuras. Nunca olvides que el camino del obispo pasa necesariamente por el misterio pascual de Cristo. No existe un Tabor permanente sin el paso por el Calvario. Pero tampoco existe cruz auténticamente abrazada que no desemboque en la gloria del Resucitado.
La primera lectura del profeta Daniel nos presenta aquella majestuosa visión del Anciano y del Hijo del Hombre, a quien son entregados el poder, la gloria y el reino. Todo poder humano pasa; todos los reinos terminan; solamente permanece el señorío de Jesucristo. El obispo participa precisamente de ese señorío, no para dominar sino para servir; no para buscar honores, sino para transparentar la autoridad humilde de Cristo, el Buen Pastor. Y aquí encontramos una palabra muy significativa para tu ministerio: el obispo está llamado a ser transparente. Así como el cristal deja pasar la luz sin apropiarse de ella, también el pastor debe dejar pasar la luz de Cristo sin buscar protagonismos personales. La Iglesia necesita obispos que reflejen la luz de Cristo.