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Mensaje al II Encuentro Internacional “La Ciencia Por la Paz”, 1 de julio, 2023.

Con ocasión del II Encuentro internacional “La ciencia para la paz” – Nuevos discípulos del conocimiento: el método científico en el cambio de época, promovido por la diócesis de Teramo-Atri, en colaboración con la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, con motivo del IX centenario de la muerte del patrón san Berardo, deseo hacer llegar a los organizadores, a los relatores y a los participantes mi saludo y mi felicitación por el fructífero desarrollo de los trabajos. Dirijo también mi pensamiento a las autoridades académicas y científicas, a los huéspedes de las Instituciones nacionales y europeas y a todos los hombres y mujeres comprometidos en la investigación científica.

Para vuestro encuentro habéis elegido un tema de notable interés, que ofrece una perspectiva rica de esperanza para el futuro de la humanidad. Ser hombres y mujeres de ciencia, de hecho, es una vocación y, al mismo tiempo, una misión, una forma específica de caridad: la intelectual.

Hablando de la caridad intelectual, una de las grandes figuras del siglo XIX, el beato Antonio Rosmini, afirmaba que verdad y caridad están unidas por un vínculo fundamental: la búsqueda y el estudio de la verdad son parte imprescindible de un auténtico servicio de caridad y, al mismo tiempo, la caridad vivida y ejercida, lleva al hombre a un conocimiento cada vez más pleno de la verdad, hasta abrirse al don de Dios y a dejarse poseer por él. Es por esto que -dice el sacerdote de Rovereto- es necesario: “custodiar […] contemplar e indagar la verdad, promoviendo de forma óptima e incansable el conocimiento entre los hombres” (cfr. Constitución del Instituto de la Caridad, n.789).

Catequesis en audiencia general, miércoles 28 de junio, 2023.

 

En esta serie de catequesis sobre el celo apostólico, estamos encontrando algunas figuras ejemplares de hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, que han dado la vida por el Evangelio. Hoy vamos lejos, a Oceanía, un continente formado por muchísimas islas, grandes y pequeñas. La fe en Cristo, que tantos emigrantes europeos llevaron a esas tierras, echó raíces pronto y dio frutos abundantes.

Entre ellos está una religiosa extraordinaria, santa Mary MacKillop (1842-1909), fundadora de las Hermanas de San José del Sagrado Corazón, que dedicó su vida a la formación intelectual y religiosa de los pobres en la Australia rural.

Hoy miércoles 11 de enero, el Papa Francisco ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis en su audiencia general de los miércoles. En esta ocasión se refiere a la pasión evangelizadora, o celo apostólico. Este es el resumen en español leído hoy por el Santo Padre.

"En esta catequesis comenzamos un nuevo argumento: la pasión por la evangelización o, dicho de otro modo, el celo apostólico. Una dimensión esencial de la Iglesia es ser misionera, salir a irradiar a todos la luz del mensaje evangélico. Cuando esta dimensión se pierde, la comunidad se enferma, se cierra en sí misma y se atrofia. Son los cristianos atrofiados.

Extracto de su homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 de enero, 2021.

 El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos -no existe un punto intermedio, o Dios o los ídolos; o diciéndolo con una frase de un escritor francés: “Quien no adora a Dios, adora al diablo” (Léon Bloy)-, y en vez de creyente se volverá idólatra. Y es asís, aut aut.

En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor. Se ha perdido un poco el sentido de la oración de adoración, debemos recuperarlo, ya sea comunitariamente como también en la propia vida espiritual. Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor. Adorarlo en serio, no como dijo Herodes: “Avísenme dónde se encuentra para que vaya a adorarlo”. No, este tipo de adoración no funciona. De verdad.

Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, no, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, una alegría distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo, siempre con el “yo” al centro.  La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando -dice san Pablo-, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor. Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona.

Además, con el paso del tiempo, las pruebas y las fatigas de la vida -vividas en la fe- contribuyen a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más dispuesto a abrirse a Dios. También los pecados, también la conciencia de ser pecadores, de descubrir cosas muy feas. “Sí, pero yo hice esto… cometí…” Si aceptas esto con fe y con arrepentimiento, con contrición, te ayudará a crecer. Dice Pablo que todo, todo, ayuda al crecimiento espiritual, al encuentro con Jesús; también los pecados, también. Y añade santo Tomás “Etiam mortalia”, aún los pecados más feos, los peores. Si tú lo afrontas con arrepentimiento, te ayudará en este viaje hacia el encuentro con el Señor y a adorarlo mejor.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús.

 

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Homilía en la Misa de Nochebuena, 24 de diciembre de 2019, Basílica de San Pedro.

 

La Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre, incluso al peor. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”. Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte.

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