

Al oír la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín, a la hora en que sopla la brisa, (el hombre y su mujer) se ocultaron de él, entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. “Oí tus pasos por el jardín”, respondió él, “y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí”. El Señor Dios replicó: “¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?”.
Esta es la pregunta que hizo Dios al hombre, después de haber desobedecido la orden tajante de no comer la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal (ver Gén 2,17; 3,11). El conocido pasaje de Génesis 3, de la tentación y la caída de nuestros primeros padres, siempre nos ha intrigado y nos hace preguntarnos, entre otras interrogantes, lo siguiente: ¿Es una “crónica periodística” este relato? ¿Sucedieron así las cosas? ¿Era un árbol real o es simbólico, lo mismo sus frutos?
En efecto ¿por qué se habla de un fruto prohibido, que siempre hemos creído que fue una manzana? ¿Por qué de todos árboles sí podían comer, pero de uno en concreto estaba estrictamente prohibido comerlo? ¿Cuál fue realmente el pecado que cometieron nuestros primeros padres? ¿Es una narración simbólica? ¿Cómo es que Dios, viviendo en el cielo, se pasea tranquilamente por las alamedas del jardín a la brisa del día, como si fuera una persona andariega en un parque y que Adán y Eva lo sintieran atemorizados? ¿Por qué se escondieron de Dios? ¿Qué enseñanzas podemos aprender de esta bella y trágica historia, en los comienzos de la humanidad?
Siguiendo al Pbro. Francesc Ramis Darder, doctor en Teología por la Facultad de Teología de Cataluña, en España, en su libro llamado El verdadero Israel, él plantea la siguiente reflexión teológica, que nos puede ayudar a esclarecer este misterioso episodio:
“… El relato de Adán y Eva ofrece el proyecto liberador de Dios en favor del ser humano. A partir del polvo de la tierra el Señor formó a la humanidad, representada por Adán (Gén 2,7). Dios quiso que la sociedad, personificada en Eva, fuera la matriz humanizadora del hombre (Gén 2,18-24). La Tierra, simbolizada por el Edén, era el paraíso donde habitaba el hombre en sociedad (Gén 2,8.15). Dios se presenta como el amigo del hombre, pues desciende del cielo para conversar con el ser humano a la hora de la brisa (Gén 3,8).
Las relaciones armoniosas entre Dios, la humanidad, la sociedad y la Tierra se sostienen gracias a la columna del amor. Dicha columna aparece encarnada en el árbol plantado en medio del jardín (Gén 2,9). Esas relaciones armoniosas sostenidas por la columna del amor constituyen el Reino de Dios. Sin embargo, un día aparece la serpiente, símbolo del afán de poder. La serpiente tienta a los hombres que viven en sociedad a destruir el árbol del amor, para sustituirlo por el árbol del poder. El ser humano cae en la tentación y destruye la columna del amor. La destrucción se produce, metafóricamente, cuando Adán y Eva comen el fruto del árbol del jardín (Gén 3,1-7)
Todos conocemos el pasaje de la creación del hombre, tal y como lo afirma Gén 1,26-27, cuando dice (en boca del Creador), lo siguiente: Y Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”. Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Preguntémonos: ¿Sería una pareja, como nos imaginamos o ellos tienen una fuerte carga simbólica?
Como vemos, la obra culmen de Dios de la creación es la pareja humana y ocupa el último lugar, la cima de la pirámide cósmica (Gén 1,26-31); es la puerta que, en el universo, da acceso al Creador. La forma en que el autor expresa la creación de la humanidad, manifiesta hasta qué punto le fascinó esta obra divina. La va presentando en tres pasos consecutivos: deliberación, realización y contemplación. Veamos:
Todos hemos comenzado la lectura de la Biblia, con el siguiente párrafo del libro del Génesis, que precisamente significa “comienzo” y que reza: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas” (Gén 1,1-2). Podemos imaginarnos, por un momento, un lugar desértico, nublado, vacío y caótico, sin vida o rastros de ella ¿A qué alude este texto? No solamente a los comienzos de la creación misma, imaginada por los autores sagrados como una especie de desorden original, una forma primordial de caos, que la acción de Dios ordena con el poder de su palabra, para convertirla en un mundo pleno de sentido. La palabra abismo describe el vacío absoluto anterior a la creación y el soplo de Dios, como vimos, es su espíritu, soplo o aliento en su función creadora, junto a su palabra.
Pero también esta situación de caos, de tiniebla, vacío y de confusión abismal, puede referirse a la situación del pueblo judío en Babilonia, cuando fue desterrado en el año 587 a. C. al mando del rey caldeo llamado Nabucodonosor. Una prueba durísima para Israel. Los judíos de aquel entonces perdieron su tierra y su patria, su templo sagrado en Jerusalén, arrasado y quemado, el rey y sus habitantes deportados y aparentemente su Dios, llamado Yahvé, vencido por los dioses de Babilonia, plasmados en sus ídolos (ver 2 Rey 25,8-12 y Sal 137, al que podemos llamar “la balada del desterrado”). Los únicos que quedaron al frente del pueblo fueron los sacerdotes, quienes redactaron este bellísimo poema de Gén 1,1-2, 4ª (comenzando por Gén 1,1-2), con el fin de consolar al pueblo de Dios, que atravesaba una terrible crisis existencial y como pueblo, triste y “acabangado” como decimos, derrotado y deprimido, para poder así reafirmar su fe y su nuevo destino: el regreso a su tierra (ver Sal 126; Esd 1,1-11; Jer 11,11-12).
Veamos lo que estos primeros versículos pretenden enseñar: “En el principio”, alude no solamente al comienzo del universo mismo (cielo y tierra), sino al fundamento del pueblo desterrado y ese fundamento es Dios que lo sostiene en sus manos amorosas. “Creó Dios el cielo y la tierra”, no solamente en el sentido que entendemos de hacer existir lo que no existía, sino también que Dios como Creador crea a Israel, haciéndolo surgir del caos de su situación (ver Is 43,15-15), liberándolo de su cautiverio y dándole una nueva vida y sentido a su existencia.
La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas… No es solamente la situación de un mundo inicial, caótico y confuso, sino la terrible situación o vivencia de un pueblo como el judío, tentado a caer en la idolatría pagana allá en Babilonia, expresada en el texto como “soledad” (en hebreo “tohu”), “caos” (en hebreo “bohu”), y “abismo” (en hebreo “tehom”). Los ídolos que apartan al pueblo de la comunión con Dios, son, según la Biblia, vacío, soledad e inutilidad (tohu). Ver I Sam 12,21; Is 34,11; Jer 4,23. Los sacerdotes judíos que escribieron esta primera narración de la creación percibían la tierra, especialmente la comunidad desterrada, sostenida en las malas manos de los ídolos, expresados como soledad (tohu), caos (bohu) y abismo (tehom).
Pero Dios quería recrear o hacer de nuevo a su pueblo elegido, rescatándolo y liberándolo, expresado en un verbo hebreo “bereshit”, que precisamente significa “crear” (ver Gén 1,1). En efecto, los sacerdotes desterrados con su pueblo, cuidaron para que el pequeño resto de Judá mantuviera la fidelidad al Señor, se reuniera en sus casas para rezar, celebrar el sábado y practicar la circuncisión de sus varones como el signo externo de la identidad judía. Dios no abandona a quienes ha llamado, pues en el año 538 a. C., Ciro el Grande, rey de medos y persas, conquistó Babilonia y permitió a los judíos volver a Jerusalén (ver Is 41,1-5; 2 Crón 36,22-24; Esd 1).
Mirábamos cómo “el soplo de Dios se cernía o aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Bella y expresiva imagen que también encontramos en Dt 32,10-11; Éx 19, 4 y Ap 12,14, además del texto que estamos viendo de Gén 1,2 y que significa un especial cuidado y protección de Dios, en este caso, de su pueblo elegido. Los sacerdotes redactores del pasaje que estando viendo, muestran en este poema cómo el mundo e Israel, pese a su pecado, cuentan con el auxilio del Señor, pues el espíritu de Dios sigue aleteando sobre las aguas.
Retrocediendo un poco al Antiguo Testamento, hoy queremos presentar a Lilit, un demonio hembra que aparece merodeando entre ruinas, según Is 34,14: Las fieras del desierto se juntarán con las hienas, los sátiros (cabros) se llamarán unos a otros. Allí también descansará Lilit y tendrá un lugar de reposo. Es el único texto donde aparece este ser demoníaco, en relación con el castigo divino contra Edom, símbolo y expresión de los poderes enemigos de Israel, como Egipto, Babilonia y Asiria (ver también Is 63,1-6; Jer 49,7-22). Lilit era un demonio femenino de origen mesopotámico, incorporado en la cultura siro-palestina como demonio nocturno. Su nombre significa “noche” y “oscuridad”, asociado al nombre “laila”, “oscuridad”. En las diversas traducciones bíblicas, su nombre aparece como “monstruo nocturno”; “demonio nocturno”, “fantasma que espanta”, “criatura noctámbula”, “bruja”. En la Vulgata o versión latina es traducido como “lamia”. Una traducción más actualizada sería la de un “ave rapaz nocturna”. Lilit ha pasado ser como la reina de los demonios y madre de todas las cosas repugnantes.
Según el folclor judío, Lilit fue la primera esposa de Adán, expulsada del paraíso porque, durante la unión sexual con el primer hombre, no quería estar debajo de él. Se dice que Lilit fue hecha de la tierra como Adán, por eso creía que ambos debían ser tratados iguales y tener decisiones independientes. Ella no quería ser sumisa, ni relegada, emanaba un poder femenino muy fuerte y reclamaba ser tratada de la misma forma que su pareja, incluso durante el acto sexual.
Entre los conflictos que cuenta la tradición judía tuvieron Adán y Lilit, se cree que ella se reveló, nombrando el nombre de Dios que solo podía pronunciarlo Adán (nombró el nombre de Dios en "vano"). Debido a su carácter rebelde, Yahvé expulsó a Lilit del jardín del Edén y creó otra mujer, a Eva, hecha de la costilla de Adán, una mujer que fuera más sumisa y fiel a los mandatos de su esposo (ver Gén 2,7.21-22).
Los capítulos 21 a 26 del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presentan la “subida” de Pablo a Jerusalén y de ella hasta Roma, meta del programa misionero presentado por Jesús al comienzo del libro (Hech 1,8).
A lo largo de este viaje martirial, san Pablo se va encontrando a diversos personajes, que mencionaremos a continuación: En Cesarea, a un profeta llamado Agabo, a quien presentábamos el domingo 1 de mayo, quien se ata los pies y las manos con la faja de Pablo y declara: Esto dice el Espíritu Santo: así atarán los judíos en Jerusalén al hombre a quien pertenece este cinturón. y lo entregarán en manos de los paganos (Hech 21, 11).
Para San Lucas, esta subida de san Pablo a Jerusalén, es la imagen de la de Cristo cuando decía a sus discípulos: Miren, estamos subiendo a Jerusalén y todo lo escrito por los profetas sobre el Hijo del hombre se va a cumplir. Será entregado a los paganos, injuriado, escupido y maltratado y después de azotarlo, lo matarán, pero al tercer día resucitará (Lc 18,31-33). Empieza para san Pablo un largo viacrucis en el que, tras las huellas de su maestro, se compromete voluntariamente a enfrentar lo que se le viene encima, sufrimientos, persecuciones y cárceles: Yo estoy dispuesto no sólo a ser encadenado, sino a morir en Jerusalén por el nombre de Jesús, el Señor (Hech 21, 13). Es detenido en la ciudad santa, pero no morirá allí; de modo que, por la noche, el Señor se le aparece y le advierte: Ten ánimo, pues tienes que dar testimonio de mí en Roma, igual que lo has dado en Jerusalén (Hech 23, 11).
Pablo permanece dos años en las cárceles de Cesarea, bajo la custodia del gobernador Félix, llamado Antonio Félix, que fue gobernador de Judea, durante los años 52-60 d. C y residía, como el resto de los gobernadores romanos, en la ciudad de Cesarea (ver Hech 23,23-30; 24). Estaba casado con una mujer judía llamada Drusila (Hech 24,24). San Lucas nos cuenta que, por interés monetario y esperando que el Apóstol le diera algo, dejó a San Pablo prácticamente abandonado a su suerte y encarcelado (Hech 24,24-27). Cuando le sustituye el honrado Festo, Pablo pronuncia la frase que hace caer todas las restantes jurisdicciones: Apelo al César (Hech 25,11). Festo, llamado Porcio Festo, gobernó en Judea por los años 60-62 d. C. Pese a su interés por agradar a los judíos (Hech 24,27; 25,9), se vio obligado a reconocer la inocencia de Pablo (Hech 26,32)
Durante los días que preceden a la partida del Apóstol, el rey Agripa y su hermana Berenice llegaron a saludar a Festo. Buena ocasión para éste de pedirles a unos peritos en la ley judía, que le ayuden a redactar el informe para Roma acerca de Pablo. Marco Julio Agripa II era hijo de Herodes Agripa I (Hech 12,1). A su padre lo habíamos presentado el domingo 8 de mayo. Era gobernador de Iturea y Berenice su hermana. El emperador o el César que gobernaba el Imperio Romano por aquellos años, era el famoso y célebre Nerón, el cual, lo mismo que sus predecesores, recibía el título de Augusto (Hech 25,21.25).
Como tenía un espíritu recto, Festo va derecho al corazón de la fe cristiana: “Se trata”, le resume al rey Agripa, “de una discusión a propósito de un tal Jesús que murió y del que Pablo afirma que está vivo” (Hech 25,19). Luego Pablo habla en presencia de Agripa. Para esta ocasión, Pablo redacta su discurso con especial esmero. Al final de aquel discurso, Pablo formula una definición de su predicación. Apoyándose en las Escrituras, pretende demostrar tres cosas: a) que Cristo tenía que sufrir, b) que resucitó de entre los muertos, y c) que tenía que anunciar la luz al pueblo (a Israel) y a las naciones (paganas) (ver Hech 26,23).
Recordemos las últimas palabras de Jesús a sus apóstoles: Así estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar de entre los muertos al tercer día y que en su nombre se anunciaría a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados (Lc 24,46-47). Es curioso el paralelismo entre ambos pasajes. La predicación de Pablo, lo mismo que la enseñanza de Jesús, intenta poner de relieve los signos mesiánicos contenidos en la Escritura y realizados en Jesús: los sufrimientos, la resurrección y la salvación llevada a todas las naciones. Jesús efectivamente murió y resucitó; el tercer signo encuentra su cumplimiento en la misión de Pablo; por medio de él, se lleva a cabo la obra de Cristo y se completa la historia de la salvación.
El viaje a Roma resulta bastante dramático y accidentado (Hech 27-28). El Apóstol de los gentiles se va por mar hacia Roma, para ser juzgado por el emperador. En el trayecto el barco naufraga, pero él confía en todo momento en que la providencia divina los salvará. Pablo estará allí en prisión durante dos años, en plan de residencia vigilada: vive en una villa y en una casa particular, custodiado por un soldado (Hech 28,16). Estamos al final de aquel largo itinerario. Pablo está encadenado, pero la palabra está libre: en el corazón de la capital del mundo, el prisionero Pablo anuncia a los paganos el reino de Dios y enseña lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin obstáculo alguno (Hech 28,31).
Así, pues, san Lucas puede poner punto final a su obra: se ha cumplido el programa asignado por Jesús resucitado (Hech 1,8).