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¡El sufrimiento pasa, el haber sufrido permanece!

By Mons. Vittorino Girardi S. Junio 30, 2020

En uno de los encuentros que Dios me concedido tener con nuestro Papa Emérito Benedicto XVI, sentí que se estaba creando una atmósfera de profunda confianza. Le pregunté: “Santidad, ¿puedo decirle algo mío, muy personal?” Y sin esperar respuesta le comenté: “Al poco tiempo de ordenado sacerdote, uno de mis formadores me escribió: Padre Vittorino, yo nunca habría creído que tú pudieras llegar a ser sacerdote comboniano, no por otra razón, sino, por tu falta de salud. Y, emocionado añadí: Y ahora aquí estoy, Santidad, hermano suyo en el episcopado…” El Papa Benedicto, con el tono que yo lo sentí de un amigo, me comentó: “Yo tampoco tenía mucha salud, y aquí estamos”.

Es verdad, como ha escrito el filósofo cristiano Gabriel Marcel (1889-1973), el dolor del enfermo y del moribundo, es único en cada uno; es impensable poderlo transferir. Es el misterio más “personal”. Sin embargo, el sufrimiento, paradógicamente, es común a todos. No hay ningún ser vivo, sobre el planeta tierra, que sufra tanto como el ser humano y -trágicamente- que haga sufrir tanto a los seres de su especie, como el ser humano hace sufrir a los de la propia, a… sus hermanos.

Se cuenta que el filósofo griego Demócrito (460-370), recordado también por sus sentencias morales, no lograba consolar al rey Darío que lloraba la muerte de su muy querida mujer. Le prometió entonces, que le haría volver a la vida a su mujer, pero con una condición: que Darío, rey poderoso en toda Asia, le indicara tres nombres para inscribirlos en la tumba de la difunta. Debían ser nombres de tres personas que hubiesen vivido sin haber nunca experimentado el dolor. Una vez inscritos esos nombres sobre la tumba de la reina, ella volvería a la vida. Obviamente que la búsqueda de Darío fue vana y la reacción de Demócrito fue de atrevido reproche: “¿Por qué lloras sin parar, como si fueras tú el único a quién le ha tocado tal desgracia, tú que no podrías encontrar entre todas las generaciones pasadas, ni siquiera un hombre que hubiese vivido sin experimentar su parte de dolor?”

El mal es un hecho que se hace presente de modo único en la vida del hombre, que lo experimenta de diversas formas, pero siempre bajo el común denominador del dolor y, en su máxima expresión, de la muerte.

Ésta se anticipa, de algún modo, en el vivir cotidiano como peligro y amenaza de “desaparecer”. Vamos hacia la “derrota completa” y cuyo presentimiento hizo que Buda afirmara: “la vida es dolor radical”.

Justamente nos brota un sentido de rebeldía frente a la afirmación de Buda, expresión del más hondo pesimismo. Sin embargo, aceptamos que los grandes temas de la reflexión humana, se reducen fundamentalmente a dos, el del dolor y el de la muerte.

A nivel teórico se han dado las “propuestas” (no son propiamente soluciones) más opuestas y contrastantes. Varios filósofos griegos aprueban que en la “escuela del dolor” se aprende a ser sabio… Afirmación ésta que me hace recordar que, en mis breves años en Kenia, escuchaba con frecuencia: “lo que se aprende sufriendo, se aprende mejor”.

Entre los filósofos modernos, K. Jaspers (1883-1969) llevando a su forma radical la reflexión sobre el dolor, particularmente en sus formas más agudas, afirmaba que necesariamente había que plantearse la pregunta acerca del suicidio.

Joven estudiante de filosofía, no me resultó nada fácil comprender en su sentido correcto, tan sorprendente propuesta. Actualmente, su pensamiento me resulta del todo “a mano”, del todo evidente. Prefiero presentarlo a través del relato de una experiencia. Padre Luis, misionero comboniano, se encontraba en un hospital de enfermos de cáncer, padeciendo él de lo mismo. Con el trato frecuente brotó un lazo de amistad con un joven que sufría de la misma enfermedad. El tiempo pasaba y el joven ya estaba del todo enterado que su enfermedad ya no tenía solución. Él se estaba debilitando rápidamente. Un día, con tristeza, pero con la confianza que le infundía el sentirse amigo del padre Luis, inesperadamente le pidió si le ayudaba a suicidarse… “Y es -añadió- que me da miedo hacerlo”. El padre Luis quedó sin palabras. “¡Muchacho, -le dijo- no te entiendo! ¿Cómo me propones tal cosa?” El joven, con un tono de una incontrolable pena, le dijo: “Padre más bien es usted quien no me comprende. ¿Quiere que me reduzca a un cadáver ambulante? ¿Quiere que me vuelva loco de tantos analgésicos?...” El padre intentó (no era esa la primera vez), hablarle de la esperanza más allá de la muerte, pero aquel joven mostró (al menos aparentemente) ninguna señal de que eso le pudiera interesar… A los pocos días, con sorpresa de todos, se suicidó. Según él, era esa la única manera de escaparse del dolor y de toda forma de sufrimiento.

El sufrimiento y la muerte son inevitables: acompañan la existencia de los buenos y de los malos, y lo afirmamos, aunque conscientes de que el pecado, el desorden moral, conllevan una inesperada sobredosis de sufrimiento…

La pregunta fundamental, única, en definitiva, no consiste en ver cómo escaparnos del dolor y de tantas formas de sufrimiento, sino, qué sentido poderle dar y cómo asumir el dolor y cómo vivirlo.

A este respecto, creo que el mismo Gabriel Marcel llega a la cumbre de la reflexión sobre el dolor, cuando afirma que “el misterio del ser humano, en el espacio abierto por el sufrimiento, se interroga acerca del misterio insondable de Dios”. Si no se abre a esta pregunta no queda más que la que nos proponía Jaspers.Al lado de la reflexión en torno al dolor y a la muerte, están las respuestas de los testigos. Son como una luz que “estalla” en las tinieblas. Pienso, por ejemplo, en la muerte de San Francisco de Asís. Acababa de escribir la última estrofa del Cántico de las Creaturas, cuando advirtió la proximidad de la muerte. La saludó y la acogió como “hermana”: “Loado sea, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de quien ningún hombre viviente puede escapar”. El acento que pone en el adjetivo corporal, es aclarado por la acción que pidió a continuación. Que se le pusiera desnudo sobre la tierra desnuda, para morir así sin nada entre sí y la tierra. Y el cántico se cierra haciendo referencia a la “segunda muerte”, la de la separación de Dios; ésa es la verdadera muerte. Francisco, creyente, se sabe sujeto sólo a la primera muerte, que le es “hermana”, porque hace parte de su vida.

El poverello” (pobrecillo) de Asís, Francisco, espontáneamente hace que mi pensamiento e imaginación vayan a las calles de Calcuta, en que moribundos anónimos reciben un nombre de parte de una Madre, Teresa, quien les da una extraordinaria dignidad: ¡ellos son Jesús!... En el muy conocido capítulo 25 de Mateo, Jesús mismo nos dice que Él está en cada enfermo, hambriento, sediento, encarcelado, independientemente de su fe o no fe en Cristo.

Él se identifica con cada hombre sufriente, por el solo hecho de que sufre. Nos impacta al respecto, la expresión con que nuestro Papa Francisco se refiere a los que están en el dolor: ellos son la carne sufriente de Cristo.

El “testigo”, y todos estamos llamados a serlo, en la experiencia del dolor, se encuentra frente a la alternativa más radical, la única realmente esencial, la de aceptar que el misterio del sufrimiento y de la muerte sea iluminado por la esperanza, o dejarse llevar por el sinsentido de todo, de modo que el misterio sea advertido más bien como absurdo.

No hay ningún “virus” más mortal y nefasto que la falta de esperanza. Por ella sabemos que el dolor y la muerte, no son el final, sino el comienzo de la Vida.

San Alberto Hurtado, el jesuita chileno, canonizado en el 2005, acostumbraba decir y animarse en su enfermedad mortal, repitiendo: “¡La vida nuestra, un salto a la eternidad!”.

Carlos Cutis, el joven de quince años a quien pronto el Papa Francisco va a declarar Beato, fallecido a causa de una muy agresiva leucemia, amantísimo de la Eucaristía, Pan de Vida, hablaba de la Misa, a la cual asistía diariamente, como la “Autopista al cielo”.

Todo esto nos parece bello, sublime, pero conlleva momentos de audacia y de heroísmo como lo ha sido para el mismo Jesús. Allá en el Getsemaní, “primero de rodillas y luego postrado, estaba poseído de angustia mortal, y sudó como gruesas gotas de sangre, que iban bajando hasta la tierra” (Lc 22, 44).

Jesús nos ha precedido en todo lo bello de la vida, pero también y, sobre todo, diríamos, en lo más duro, en lo más incomprensible; sin embargo, a la vez, nos sale al encuentro y nos asegura: “¡Ánimo, soy Yo!... Voy a prepararles un lugar; en la casa de mi Padre hay muchas moradas; volveré otra vez para tomarles y llevarles conmigo” (Jn 14, 2-3). “Padre quiero que los que me has dado, estén conmigo, ahí en donde yo esté” (Jn 17, 24).

Entonces, “Dios nos enjugará toda lágrima de los ojos, ya no habrá más muerte, ni habrá desgracia, ni lamentos, ni trabajos” (Ap 21, 4).

Son las convicciones por las que San Pablo podía exclamar: “sobreabundo de gozo en mis tribulaciones” (2Cor 7, 4) y, “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, por el bien de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 13).

El desafío incuestionable, pues, consiste en no alejarse de una relación personal y comprometida con Dios, para así poder decir con el salmista: “Dios mío Tú no me entregarás a la muerte; Tú me enseñarás el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia” (Sal. 15).

Last modified on Martes, 30 Junio 2020 08:21

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