¿Por qué hay personas buenas que están solas?

“Monseñor: Hay personas que yo siento y estoy seguro, que son buenas y a la vez, su amor a Dios es muy grande, pero veo que están solas. ¿Por qué Dios no les brinda una pareja? ¿Eso es asunto del Señor?, ¿O en esos casos Él no interviene? ¿Cómo alguien puede discernir si está llamado al matrimonio o a llevar una vida de soltería y como laico comprometido? ¿Acaso que Dios no nos quiere felices? Y entonces, ¿por qué hay tanta gente que es infeliz siendo creyente? Le agradezco su atención, Monseñor y le pongo en mis oraciones”.                        

Estimado D. E. veo que a la base de su inquietud hay una convicción o al menos, así parece, y es ésta: que debe haber conexión entre ser creyente, ser un “buen cristiano” y tener éxito en la vida. 

Esta extraña convicción hace parte de lo que proponen muchas corrientes “evangélicas”, pero no cristiano-católicas. Nos referimos concretamente a la llamada “teología de la prosperidad”: Si es usted creyente, si ha puesto a Dios en el “centro”, le irá bien en los negocios, tendrá salud, unos hijos inteligentes, una pareja ideal, etc. Casi que en este mundo los “buenos” fueran premiados y los “malos” castigados. 

Es verdad, encontramos este modo de pensar también en no pocas páginas del Antiguo Testamento. Sin embargo, sabemos bien que Jesús quiso corregir esa mentalidad errónea. Un día, viendo a un ciego de nacimiento, los apóstoles le preguntaron: “Maestro, quién pecó, para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?” Pero Jesús les contestó: “ Ni él pecó ni sus padres” (Jn 9, 1-3).

La ceguera, como cualquier otra enfermedad puede darse en buenos y en malos… Creer en Dios y amarle, no implica necesariamente el éxito, el triunfo en la vida de todos los días. Hay que tenerlo siempre presente. Jesús lo declaró muy abiertamente: “¡Mi reino no es de este mundo!” (Jn 18, 36). 

Jesús confirmó esta fundamental afirmación suya, con otras que sorprendieron a tal punto a sus oyentes, que algunos decían que “se había vuelto loco” (Mc 3, 21). 

En efecto, a un mundo en que todos buscan riquezas, Jesús dijo: “dichosos los pobres”; a quienes se divierten y ríen, les dice: “dichosos los que lloran” y a quienes buscan fama y admiración, les sorprende diciéndoles: “dichosos cuando los persigan por causa del bien”, etc., etc., (cfr Mt 5, 11).

Monseñor Vittorino Girardi S.

Obispo Emérito de Tilarán-Liberia

Encuentre la respuesta completa en le edición impresa de Eco Católico

¿Hasta qué punto Dios interviene en nuestra vida?

“Buenas tardes, Monseñor, espero en el Señor que se encuentre bien. Con suma humildad y temor de Dios me atrevo a recurrir a usted con el fin de aclarar dudas que ocasionan que mi fe flaquee. Por favor, ilumíneme. Creo firmemente en nuestro Señor Jesucristo, pero al momento de creer en el Él, en sus promesas, caigo en la desilusión y siento que Dios sólo nos observa y no interviene en nuestras vidas. A pesar de que le clamemos para que nos socorra en equis situación, Él no actúa. Eso hace que me embargue un sentimiento de soledad y tristeza. Ahora bien, teniendo en cuenta que nuestro destino ya está escrito (recordemos que todos nuestros cabellos están contados) ¿Significa esto que Dios respeta tanto nuestro libre albedrío que llevar una vida de fracaso es sólo culpa nuestra? Monseñor, le pongo en mis oraciones y le agradezco su atención”.                

Didier E. Díaz S. - San José

Estimado Didier Eduardo: En su  correo me expone usted dos dudas que están en muy clara conexión, pero creo conveniente dejar para una próxima oportunidad el poder iluminar la segunda. Es por eso, que aquí transcribo solo la primera.

Usted toca un punto o una… tentación que con mucha frecuencia se da en la vida de todo creyente. Tenemos la tentación de pensar que Dios no interviene en nuestra vida. Y que Él es el gran Ausente porque no interviene como quisiéramos… Y no advertimos que si Dios tuviera que intervenir como a cada uno le plazca o desea, eso significaría que Dios ya no es Dios, sino Alguien a nuestro total servicio. Concretamente Aquel que me debería asegurar salud, éxito, familia perfecta, prosperidad… porque se lo pedimos y Él nos ha dicho que nos escucha.

Claro que Dios actúa en nuestra vida. Él es nuestro Padre, nos ama y lo tiene en cuenta todo, y no como el que observa desde lejos, indiferente. Jesús lo afirmó con toda claridad: “Mi Padre siempre trabaja y yo con Él” (Jn 5, 17) y San Pablo de su parte escribió: “Por lo demás sabemos que Dios interviene en todas las cosas para el bien de aquellos que le aman” (Rm 8, 28).

Sin embargo, eso no significa que Dios deba intervenir como nosotros quisiéramos. Como ya dije, si así fuera, nosotros seríamos el Señor, y Dios sería el “siervo” a nuestra disposición. 

No se sorprenda, esta es una tentación muy común. Encontramos un ejemplo muy claro en los Hechos de los Apóstoles. Jesús, al momento de la despedida, antes de la Ascensión, se reunió con los suyos y éstos contemplándolo vivo, victorioso de sus enemigos, Señor de la vida y de la historia, le preguntaron: “¿Señor, es ahora que vas a instaurar el reino de Israel?” (cfr Hch 1, 6)… Una vez más, se describe aquí, la tentación de poner a Dios al servicio nuestro, de nuestros deseos y proyectos. Los apóstoles querían que Cristo instaurara su reino, y que Él rechazara a los invasores romanos.

Jesús, en esta ocasión, no les dirige ningún reproche… Sólo les dice: “No toca a ustedes conocer el tiempo y la ocasión que el Padre con sola su autoridad soberana ha señalado” (Hch 1, 7). Jesús llama la atención de los apóstoles hacia otro nivel en que deban descubrir la intervención de Dios. Les promete que recibirán la fortaleza del Espíritu Santo, un poder de lo Alto que les asegurará la fidelidad a la doctrina de Cristo y que los capacitará a dar testimonio de Él en Jerusalén, en toda Judea, Samaria y hasta los últimos confines de la tierra.

Como puede apreciar, don Didier, la intervención de Dios es totalmente clara, Él nos da su Espíritu para que en cualquier circunstancia, positiva o negativa, demos testimonio de Él, siempre.

Todo esto no quita que Dios, de vez en cuando, cumpla con algún milagro, como puede ser la curación de un cáncer mortal, asegurarnos un buen empleo, etc., etc. Dios, en su providencia, lo hace para sostener y alentar nuestra fe. Jesús mismo lo dijo a los de su tiempo: “Si no quieren creer mí, crean por mis obras” -señales milagrosas- (Jn 10, 38).

Los milagros, pocos o muchos, son “signos que Dios nos da para que creamos, pero sería injusto pretender que Él cumpla milagros a nuestro antojo.

Es plenamente verdad que Dios respeta nuestra libertad. Al respecto siempre conviene recordar las siguientes dos citas bíblicas: Eclo 15, 14 en que leemos: “Dios desde el comienzo a creado al ser humano y lo ha dejado en manos de su libre albedrío”. Juntamente, con la otra de Apoc 3, 20: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre entraré y cenaré con él”. Como lo decía un antiguo refrán latino, “cada uno de nosotros es artífice de su propio destino”. Sin embargo, hay circunstancias que no dependen en absoluto de nuestra libertad, como puede ser una enfermedad que nos limitó desde la infancia u otras circunstancias familiares, culturales, ambientales… de las cuales no somos responsables y que, sin embargo, pueden colaborar para que tengamos una vida que, a los ojos de los hombres, resulte “de fracaso”. Sin embargo, sólo Dios puede ver si realmente esa vida haya sido y sea de fracaso. Aunque así la podamos juzgar según los criterios mundanos, no significa en absoluto que lo sea a los ojos de Dios. ¿Ha sido un fracaso que Jesús haya terminado en la cruz?...

Don Didier, pidámosle al Señor que aumente nuestra fe; una fe que sea, ante todo, abandono en las manos de Dios nuestro Padre, con la certeza de que de un aparente fracaso puede brotar el triunfo en otro nivel… Mi fundador, San Daniel Comboni, acababa de cumplir 50 años y todo su proyecto misionero parecía haber caído en un total fracaso. Pero él ya muy enfermo, cuatro días antes de morir escribió: “Soy feliz en la cruz, que llevada por fe engendra el triunfo y la vida eterna”. Y así fue. Hoy en día somos unos 23 institutos misioneros que directa o indirectamente, intentamos vivir de su proyecto misionero.

Monseñor Vittorino Girardi S.

Obispo emérito de Tilarán-Liberia 

¿Por qué no venden sus bienes para ayudar a los pobres?

“Monseñor, espero no molestarle con mi inquietud. ¿Por qué el Vaticano no renuncia a sus bienes para sostener las obras de los misioneros y de tantos pobres que sufren hambre en el mundo? Muchas gracias por su iluminación”.

Omar Quesada - San José

Su pregunta, estimado Omar va repitiéndose muchas veces y más allá de su posible tono polémico. Con gusto le presento unas consideraciones.

Detrás de la pregunta hay un “problema” que siempre ha acompañado la historia de la Iglesia. Nos referimos al cómo entender la invitación de Jesús al “joven rico” de que nos habla el evangelista Marcos. A él que le preguntaba Jesús qué tenía que hacer para heredar la vida, Jesús le recuerda los cinco fundamentales mandamientos: no mates, no adulteres, no robes, no levantes falso testimonio y honra a tu padre y a tu madre. Una vez que Jesús constata que aquel joven afirma haber observado esos mandamientos desde su juventud, fijando en él su mirada con cariño, le dijo: “una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; tendrás así un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”  (Mc 17-21).

Hubo cristianos desde comienzo de nuestra era que tomaron a la letra la invitación de Jesús, y tenemos así esos grandes santos como San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, el Santo Cura de Ars, Santa Teresa de Calcuta… y muchísimos más. Sin embargo, con esta interpretación radical y profética, también se ha delineado en la historia de la Iglesia lo que llamamos la “dimensión organizativa” del servicio, la cual necesita a personas, medios y continuidad. Es pues inevitable que la Iglesia necesite de estructuras, como por ejemplo templos, seminarios, casas de formación, medios de comunicación, etcétera, etcétera, para llevar adelante su servicio pastoral. Inevitablemente esos dos modos dividir el evangelio no deben ser vistos en contraposición sino en complementariedad: la Iglesia necesita a Teresas de Calcuta, como necesita a San Juan XXIII, San Pablo VI, San Juan Pablo II, etcétera, etcétera, que naturalmente no pueden asumir el estilo de vida entre los “últimos”, por la exigencia de su propia misión. Esto no excluye que los miembros de la jerarquía eclesiástica tengan un estilo de vida sencillo como el del cual nos da ejemplo nuestro Papa Francisco. 

Naturalmente siempre se da el riesgo de que la dimensión organizativa, opaque la dimensión profética de los santos que vivieron una pobreza radical.

No creo, sin embargo, que actualmente la supuestas riquezas del Vaticano ahoguen la profecía de los que quieren seguir a Cristo que a veces no tenía donde reclinar la cabeza (cfr Lc 9,58)… Juan Pablo II ya había establecido que cada año se publicaran los estados financieros del Vaticano, y desde entonces con toda claridad y transparencia están a disposición de cuantos quieran conocerlos. Ahí no constan tesoros de ningún tipo.

En cuanto a las obras de arte, a los varios museos y preciosos monumentos que se hallan en ese minúsculo Estado que es el Vaticano, creo que ellos son de todos nosotros, y constituyen un patrimonio cultural e histórico de los cristianos, más aún, de toda la humanidad. Cuesta mantenerlos, y a quien venderlos.

“El Alzheimer de mi esposo es mi calvario…”

“El Alzheimer de mi esposo es mi calvario…”

 

“Monseñor: la mía no es una pregunta, es un grito de socorro. Mi marido, hace doce años, experimentó los primeros síntomas de una enfermedad cerebral, el Alzheimer que lleva a la pérdida de la memoria y a la confusión mental… no quería salir solo; me era causa de muchos miedos y angustias. Recuerdo como si fuera hoy el diagnóstico de la enfermedad: “demencia progresiva”. Tuve la impresión de precipitar en un túnel oscuro, sin salida alguna, y ahí me encontraba yo absolutamente sola. Pida por mi Monseñor; este es mi calvario”.

Llena de angustia – San José

 

Estimada Señora M. no puse su nombre como pequeña pero sincera señal de respeto por usted y su profunda angustia.

Usted, con su breve pero tan sincero escrito, me ha hecho recordar al Papa San Juan Pablo II. Llegó hacer Pontífice a los 58 años, lleno de energía, joven para ser Papa, pero pronto muy pronto se encontró en un camino marcado por una serie casi sin interrupción, de cirugías y del progreso devastador de la enfermedad del Parkinson. Al poco tiempo de ser elegido Papa, visitando un hospital del Norte de Italia, nos sorprendió diciendo: “la Iglesia no tiene respuesta frente al dolor inocente”. Y sin embargo de no tener respuesta satisfactoria, no quiere decir que el sufrimiento, no tenga un sentido y un valor extraordinario. El mismo San Juan Pablo II, nos regaló una extraordinaria Carta Apostólica con el título “Salvifici Doloris”, acerca precisamente del dolor salvífico. Ya San Pablo había escrito: “cumplo en mí lo que falta a la Pasión de Cristo” (Col 1,24). Lo sabemos, no le falta nada; Jesús mismo en la cruz exclamó: “todo está cumplido” (Jn19, 30), pero le falta a la Pasión de Cristo que sean aplicados a la humanidad sus frutos de amor y salvación.

Experimento cierto temor en seguir escribiendo mi estimada M. El sufrimiento prolongado cansa y desgasta. Concluyo asegurándole mi oración para que en Cristo, que asumió tanto dolor y sufrimiento encuentre fuerza y valor para seguir en lo que usted llama “su Calvario”; pero estoy cierto que lo dice porque convencida que el Calvario no es lo definitivo en nuestra vida, sino que lo definitivo es la Pascua de Resurrección. Le deseo también que pueda encontrar alguna persona buena, a algún Cirineo que le ayude a sobrellevar su Cruz.

 

¿Qué debemos hacer como cristianos por el bien de Costa Rica?

 

¿Qué debemos hacer como cristianos por el bien de Costa Rica?

 

“Monseñor, reciba ante todo mi respetuoso saludo. Hemos vivido momentos, días, de tensión y preocupación por el futuro de nuestro país. Me preguntaba, y ahora hago lo mismo, ¿qué debo hacer como cristiano para estar a la altura de lo que me piden las circunstancias actuales? Son tantas las voces que se oyen, las opiniones, las propuestas, y todas con la pretensión de ser las mejores, las más atinadas… A veces, experimento, no sé si desánimo o depresión. ¡Mi Costa Rica, nuestra Costa Rica, ya no es la de mi juventud! Leo con interés sus respuestas en el Eco y le agradezco desde ahora lo que me vaya a decir y pido por sus intenciones”.

Mario Quirós L. – Cartago

 

Estimado don Mario, ante todo, muchas gracias por su oración: es un gran regalo.

¿Qué hacer? Su pregunta me trajo a la memoria, dos textos muy luminosos en que encontramos la respuesta a su justa inquietud. El primer texto corresponde a lo que leemos en el número 16 de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Alegrías y Esperanzas) del Concilio Vaticano II. El número 16 habla de la dignidad de la conciencia humana, y en él se afirma: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” 

Esa es la tarea fundamental de cada uno de nosotros: escuchar la voz de la propia conciencia y dejarse guiar por ella, que -como acabamos de leerlo- es la voz de Dios. No lo olvidemos: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (cfr Gn 1, 26) y aunque esta imagen haya sido como “manchada” o “desfigurada” por el pecado original, ella no ha sido “destruida”.

Es verdad, llevamos dentro malas inclinaciones, lo que el catecismo nuestro llama concupiscencia, pero en todos nosotros hay también una “bondad fundamental”, como la llamaba San Juan Pablo II, que se refleja, precisamente, en la voz de nuestra conciencia. En ella, pues, encontramos una guía segura para continuar por el recto camino… Eso, sin embargo, no quita que la conciencia pueda ir opacándose y oscureciéndose a tal punto que su voz ya no sea claramente advertida. 

En la medida en que el ser humano se deje desviar por los instintos e impulsos negativos, más difícil le resultará escuchar la voz de su conciencia. Lo expresa muy claramente el viejo refrán: “si no vives como piensas, terminarás pensando como vives”, a tal punto que se puede llegar a llamar mal el bien y bien el mal. Se llega a justificar lo injustificable, y así, padecer de una dolorosa ceguera espiritual.

El segundo texto que usted, don Mario, me hizo recordar, es una sección del discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes reunidos en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en el 2005, a los pocos meses de haber sido elegido Papa. 

El discurso era para jóvenes, no para seminaristas o monjitas, pero les exhortaba a una heroica santidad. Les decía: “Es el numeroso ejército de los santos conocidos o desconocidos, por medio de los cuales el Señor, a lo largo de la historia, ha abierto delante de nosotros el Evangelio. ¡Lo está haciendo todavía! […] Los santos son como las huellas luminosas que Dios deja en la historia y siempre los santos son los verdaderos reformadores. Sólo de los santos, sólo de Dios viene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. Sólo de dirigir nuestro rostro al Dios viviente, que es nuestro Creador, la garantía de nuestra libertad, y lo que es verdaderamente bello y bueno. 

La revolución verdadera consiste únicamente en dirigirnos, sin reservas, a Dios, que es la medida de lo que es correcto, y que, a la vez, es el amor eterno. ¿Y qué es lo que podría salvarnos, si no es el amor?

Siempre, pero hoy en día, con mayor urgencia, en nuestra amada Costa Rica, la luz y la esperanza nos vienen de la escucha atenta y humilde de nuestra conciencia, y de la mirada filial y agradecida a Dios. 

La peor tentación es la de “marginar” a Dios, que equivale, como siglos de historia ya lo han manifestado, a marginar y victimar a la única creatura que es su “imagen”, el ser humano.

 

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