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¿Jesús fundó una nueva religión?

“Monseñor: me ha sorprendido la afirmación del teólogo José Comblin. Él afirma que Jesús no fundó una nueva religión. ¿Usted qué piensa acerca de esta afirmación? Le pregunto porque veo que contesta a todo tipo de dudas. Muchas gracias”.

Ofelia Chávez - Colombia

Su pregunta, estimada Ofelia, me trajo a la memoria el relato personal de un padre dominico. Él pertenecía a una familia judía en la que se practicaba la religión propia de ese pueblo. Joven aún, pidió el Bautismo y los demás sacramentos y, más tarde, entró en la Orden de Santo Domingo. Cuando se le preguntaba acerca de su “conversión”, con tono alegre nos respondía: “yo nunca me convertí, yo sigo siendo judío, y para serlo de verdad, descubrí que debía aceptar a Jesús, el Mesías, el mejor de los judíos”. Y añadía: “¡Ustedes que llegaron del paganismo, tuvieron que convertirse, yo no!”.

Esta anécdota nos ilumina para entender cómo comprender la afirmación del teólogo José Comblin. En efecto, Jesús mismo, en una ocasión le preguntó a los suyos quién decían que era Él. Cuando Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”, Jesús le felicitó, diciéndole: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). Jesús es pues, el Mesías, el Ungido, prometido por Dios a su pueblo y esperado por Israel. 

Desde este punto de vista, bien podemos afirmar que Jesús no vino para dar origen a una nueva religión, sino, para dar cumplimiento a la esperanza de Israel. Todo el Antiguo Testamento es una larga preparación a la venida de Jesús, el Mesías Liberador.

Muy iluminadoras son, al respecto, las palabras de los ángeles en la noche de Navidad, a los pastores, en Belén. Éstos se llenaron de temor, por eso el Ángel les dijo: “no teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10).

Este mensaje corresponde plenamente a lo que San Lucas pone en los labios de María en su oración (el Magnificat) cuando ella declara: “Dios acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como había anunciado a nuestros padres, en favor de Abraham y de su linaje por los siglos” (Lc 1, 54-55).

Nos bastan estas dos referencias bíblicas para situar a Jesús plenamente en el contexto de la historia de salvación que desde Abraham culmina en Él, quien le da cumplimiento.

Sin embargo, hay otro aspecto del pensar y del actuar de Jesús. El “misterio” de Jesús, es decir, de su enseñanza (Evangelio o Buena Noticia) y de su actuar nos sorprenden plenamente. Si, por una parte, Él se manifiesta en perfecta continuidad con el Antiguo Testamento y, entonces, con la religión judía, por otra parte, Introduce novedades absolutamente inesperadas, ya en el orden de las verdades que nos ha revelado, como el misterio trinitario, ya en el orden de las nuevas propuestas éticas o morales. Pensemos, por ejemplo, en las bienaventuranzas ampliadas en los conocidos seis “pero yo les digo…” 

Él mismo nos asegura que no ha venido a abolir la Ley y los profetas, sino, a dar cumplimiento y este cumplimiento resulta totalmente nuevo. Por ejemplo, dijo a sus oyentes: “han oído que se dijo ojo por ojo y diente por diente, pero yo les digo: no resistan al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra… A quien te pida dale y al que desees que le prestes algo, no le vuelvas la espalda… Amen a sus enemigos…” (Mt 5, 38-39.42.44).

Y no hay que olvidar que la razón profunda y última por la cual los jefes de los judíos querían matar a Jesús, y para ello lo presentaron a Pilatos, consistió en que Jesús se equiparaba con Dios. Por eso, es que los mismos jefes le dijeron a Pilato: “nosotros tenemos una Ley y según esa Ley, debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios” (Jn 19, 7).

Si, por una parte pues, nos llama la atención y hasta nos sorprende la continuidad con el Antiguo Testamento y con la religión judía, de todo cuanto Jesús predicó y realizó, por la otra, también nos sorprende, y sin duda aún más, la fuerte discontinuidad y las impactantes novedades de todas sus propuestas.

Podemos entonces concluir, que si nos fijamos en la continuidad podemos afirmar que Jesús no dio comienzo a una nueva religión, sino, que la perfeccionó, es decir, a su propia religión, la judía. Sin embargo, si nos fijamos en las novedades tan trascendentales que propuso, también podemos afirmar que dio origen a una nueva religión, la que precisamente por Él se llama cristiana.

 

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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“No se casi nada de la Biblia,¿me hablaría de ella?”

“Monseñor, le escribe Evelin, pero a decir verdad, yo no soy Evelin…..pongo este nombre porque es de persona educada evitar los anónimos. Crecí en la Iglesia Católica, aunque mi familia nunca ha sido muy practicante. No hace mucho, casi toda mi familia se pasó a los evangélicos y ahora hablan mucho de la Biblia. Yo no sé casi nada de ella, pero quisiera permanecer católica y por eso frecuento la Iglesia más que antes. Monseñor, ¿me dice algo usted de la Biblia? Muchas gracias”.

Evelin - San José

Estimada Evelin, le felicito por su decisión: siga en la Iglesia Católica y acreciente y mejore las expresiones de su fe cristiana. Además conviene recordar que la pertenencia a un grupo evangélico (o secta, en Costa Rica son unos 3000) dura de unos 10 a 15 años; luego unos de sus miembros migran a otro grupo, unos pocos permanecen en él y la mayoría -desafortunadamente- termina en la indiferencia religiosa.

Su pregunta acerca de la Biblia merecería una amplia respuesta. Le indico aquí lo esencial. La palabra Biblia viene del griego y significa “pequeños libros”. El mismo nombre pues nos dice que no se trata de un solo libro, sino de un conjunto de libros, unos más extensos que otros. Exactamente son 73: 46 pertenecen al Antiguo Testamento y 27 al Nuevo Testamento.

El Antiguo Testamento fue escrito en el transcurso de casi mil años por varios autores. Se trata de una prolongada preparación a la definitiva Alianza entre Dios y los hombres, Alianza que ha sido sellada con la sangre de Cristo. El Nuevo Testamento nos presenta la gran manifestación del amor de Dios por medio de su Hijo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, quien se hizo hombre por obra del Espíritu Santo y nació de María la Virgen. El, Nuestro Señor Jesucristo, no escribió obra alguna. Los 27 libros del Nuevo Testamento fueron escritos o por los apóstoles o por otros discípulos suyos.

Lea la respuesta completa que da Monseñor Vittorino Girardi, Obispo emérito de Tilarán-Liberia en el Eco Católico.

 

 

 

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¿Por qué las misas terminan siempre con avisos?

¿Por qué las misas terminan siempre con avisos?

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Si Dios es misericordioso, ¿por qué mi mamá no puede comulgar?

“Monseñor: He comentado con varias personas de Iglesia mi caso y todos me han dado su parecer, pero yo sigo con mi inquietud. Me he preguntado: si Dios es misericordioso ¿por qué mi mamá, que se casó civilmente con mi papá, que estaba divorciado, no puede comulgar? Ella lo desearía muchísimo. ¿Hay una respuesta para mí?”

Yamileth Chacón L. - Alajuela

Estimada Yamileth, usted se refiere a una verdad fundamental y de mucho consuelo, de nuestra doctrina cristiana, cuando dice que Dios es infinitamente misericordioso. En la primera carta de San Juan leemos la maravillosa Buena Noticia: “Dios es Amor” (1Jn 4, 8) y es Amor de misericordia ¡de eso no cabe duda! Sin embargo, de esta afirmación no cabe deducir que todo está permitido… ya que Dios todo lo perdona.

Sería trágico separar la misericordia de la verdad. He aquí un ejemplo: el médico cuando le dice la verdad al enfermo, no se la dice por “malo”, por falta de misericordia, sino, precisamente, porque quiere su bien, su salud. Si un médico le dice a un joven que ha caído en la droga o en el alcohol que si continúa así, se encamina a la autodestrucción y a la muerte, no se lo dice porque “no es misericordioso”, sino, precisamente porque es misericordioso y toma en serio la situación del enfermo, buscando su bien.

Dios es nuestro Padre, nos ama inmensamente y si nos dice “no pequen”, es porque el pecado nos daña. ¡Cuántos sufrimientos nos causa el pecado! Pensemos en el sufrimiento causado por el odio, la violencia, el narcotráfico, el abuso del impulso sexual (de cada cuatro niños que nacen en Costa Rica, uno es de papá “desconocido”…), los robos, la venganza, la corrupción, los adulterios… Es verdad, hay sufrimientos que no están necesariamente vinculados al pecado, pero lo que más hace sufrir a Costa Rica, hoy como siempre, es el pecado en todas sus horribles formas.

Aplicando todo esto a su caso, estimada Yamileth, si Cristo refiriéndose al Matrimonio cristiano declaró solemnemente: “lo que Dios une no lo separe el hombre” (Mt 19, 6), de modo que no cabe casarse con un o una divorciada, es porque, el divorcio siempre implica sufrimiento. Me viene a la memoria un joven seminarista el día en que salía de vacaciones a su casa, entristecido me decía: “y ahora ¿con quién voy? Mi papá está con otra, y mi mamá con otro… ¿y yo, de quién soy?”

La respuesta completa que da Monseñor Vittorino Girardi, Obispo emérito de Tilarán-Liberia a nuestra lectora, encuéntrela en el Eco Católico.

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¿En realidad existe la Justicia Divina?

“Mi prometido y yo estuvimos juntos por 7 años; no sólo soporté más de lo debido a lo largo de todo ese tiempo, ya sea por tonta o enamorada o por ambas razones. Él todo lo terminó con un mensaje de texto. En medio de mi dolor y soledad le pedí a Dios consuelo. Pasan los meses y estoy en terapia psicológica. 

Hace poco confirmé algo que sospechaba desde la separación, a saber, que él me había dejado por otra mujer y que llevaba mucho tiempo cortejándola y ahora están juntos como un par de tortolos, mientras que a mí me tenía en el limbo de nuestra relación, aguardando y haciendo de las suyas mientras yo rogaba al Altísimo por ver un cambio en mi novio a pesar de que me consumía día tras día como un cuchillo que corta lentamente. 

Hoy por hoy recojo los pedazos de mi corazón preguntándome si realmente Dios me escucha para que sane mis heridas y dolor. Me pregunto: ¿Por qué si fui yo la que aguanté todo, perdoné mil cosas o rogué a Dios para remediar los nudos de nuestra relación? ¡Y ahora me toca estar en terapia psicológica armando mi vida de nuevo, mientras que a él Dios lo premia con una relación nueva! ¿Dónde está, en este caso, la Justicia Divina?

Marianne Martínez C. - San José

Estimada Marianne: la lectura de su correo de “indignada”, me ha hecho recordar al conocido personaje de la Biblia Job… él también sorprendido por tantas desgracias (perdió a todos sus hijos, sus bienes, su salud y la comprensión de su esposa) siente la tentación de poner en el “banquillo de los acusados” a Dios mismo, para preguntarle, casi con rabia: ¿En dónde está tu justicia? ¿Por qué me tratas a mí tan injustamente? (cfr todo el capítulo 31 del libro de Job). 

Y es que es muy común la tentación de pensar que hay una justa retribución en este mundo de tal modo que los supuestamente “malos” deban ser castigados a lo largo de su vida terrena y que a los buenos “todo” les deba salir bien… ¡Pero no es así! En este mundo hay malos que (al menos, según nuestros criterios) triunfan y hay buenos cuya vida pareciera un prolongado fracaso. 

Es verdad, se cosecha lo que se siembra, pero no necesariamente en este mundo. Jesús nos lo hizo comprender con varias parábolas y de entre ellas con la del rico epulón y el pobre Lázaro. La vida del primero era de “pura fiesta” y la de Lázaro, cubierto de llagas “muriéndose de hambre” (cfr Lc 16,19-31). Pero el final, el verdadero y único final, es radicalmente opuesto: el del rico epulón “entre tormentos”, y el de Lázaro con Abraham en el Reino de los Cielos… Cada cual cosecha lo que siembra. 

En el libro del Eclesiástico leemos: “Al principio Dios creo al ser humano y lo dejó en mano de su libertad. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante, fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que prefiere” (15,14-17). 

Bien lo sabemos: la referencia constante de todo esto es Jesús mismo, el Inocente por excelencia, condenado a morir como el peor de los malhechores. Sin embargo es él quien triunfa sobre toda forma de injusticia. La última palabra no la tuvieron los que le condenaron, sino Cristo inocente con su triunfo sobre la misma muerte. 

Ánimo, Marianne, la última palabra es el del Bien, de la Justicia, de la Vida, porque ésta le corresponde a Dios. 

Y ahora una pregunta para usted, Marianne. Si su prometido es como usted misma me lo describe, ¿está del todo segura que ha sido una “injusticia” el hecho de que la dejara a usted? O ¿no habrá sido más bien una liberación?

Santa Teresita del Niño Jesús, ella también testigo y víctima de no pocas injusticias, se atrevió a escribir: “Si Dios nos quita (o permite que nos quiten) una posible alegría, es porque tiene otra mayor preparada para nosotros”.

Fiémonos de Dios y démosle gracias por todo y por siempre. Estamos en buenas manos, las suyas, las de Nuestro Padre.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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