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¿Qué es la “segunda muerte” que aparece en el Apocalipsis?

Monseñor, en el libro del Apocalipsis, el cual me resulta de difícil interpretación, me encontré con la expresión “la segunda muerte”; ¿me puede iluminar un poco más acerca de su sentido y por qué el Autor le llama así?”.

Mayra González Ch. - Cartago

Estimada Mayra: La palabra Apocalipsis es la transcripción de un término griego que significa revelación. Se trata de una revelación ofrecida por Dios, de hechos y realidades ocultas, conocidas sólo por Dios y que se refieren, en especial, al futuro. Y tal revelación se da por medio de visiones. Éstas, a su vez, no tienen valor por sí mismas, sino por el simbolismo que encierran. En el Apocalipsis todo, o casi todo, tiene valor simbólico: los números, las cosas, las partes del cuerpo y los mismos personajes que entran en escena…

Ahora bien, la dificultad mayor en su lectura procede precisamente de la complejidad de los símbolos de no fácil interpretación, cuando además, muchos de ellos proceden de profetas del Antiguo Testamento, como son Ezequiel y Daniel.

En cualquier caso, estimada Mayra, más allá de las dificultades de interpretación, tengamos presente que la intención del Autor sagrado no es la de infundir miedo, sino la de animar con la certeza de que la Comunidad Cristiana está sostenida por la fuerza de Cristo, quien nos repite, como a los Apóstoles: “Pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Vuelvo ahora, a su pregunta. La “segunda muerte” debe ser entendida por su contraposición a la “muerte corporal” que sería, pues, la primera y que nos afecta a todos indistintamente. Según el autor del Apocalipsis, que en esto piensa como el Autor del Cuarto Evangelio, lo que todo creyente debe temer como el “mal supremo”, es la separación de Dios; esa sería la muerte en sentido pleno, no tanto la muerte corporal.

No hay que olvidarlo: nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos (Mt 22, 32). La muerte corporal en lugar de separarnos de Dios es paso a la verdadera Vida. Lo que es realmente muerte, es la separación eterna de la misma fuente de la vida que es Dios. Esa es la “segunda muerte”, según el Apocalipsis.

Son varios los textos que a ella se refieren. Aquí se los transcribo: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte” (2, 11); “Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino, que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán por Él mil años” (20, 6); “La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego -ese lago de fuego es la muerte segunda- y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (20, 14-15); “Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (21, 8).

Son afirmaciones que espontáneamente nos hacen recordar la súplica que el Ángel enseñó a los pastorcitos de Fátima Lucía, Francisco y Jacinta: “¡Oh Jesús mío!, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno y lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.

 

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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¿Cómo controlo a mi hijo en misa?

Tengo dos hijos pequeños: los llevo conmigo a misa, pero no sé cómo “controlarlos”, particularmente al más pequeño ¿Qué me aconseja, Monseñor?”.

María Carvajal - Alajuela

La felicito, estimada María, por ser madre y por serlo como buena cristiana que “celebra” la propia fe y que siente la obligación de celebrarla con sus hijos. Lo que se aprende siendo niños no se olvida ni se borra de la propia conciencia. 

Sin embargo, y lo digo para todos los lectores del Eco Católico, no es suficiente llevar a los propios hijos a la Santa Misa. Es necesario ayudarles poco a poco para que vayan comprendiendo su valor y su belleza. No están en el templo como en un “parque” (!perdón por la expresión!). Hay que enseñárselo con indicaciones concretas. He aquí algunas que consideramos muy útiles.

Hay que explicarles a los niños que “vamos a misa” para encontrar a Jesús que nos invita a su casa porque quiere hacer fiesta con nosotros y darnos su amor; enseñarles a santiguarse bien, con orden, y a enviarle a Jesús y a María su madre, el beso, como lo hacen con sus papás. Hay que darles buen ejemplo llegando a misa, en horario, tener el propio hijo cerca, ayudándole a comportarse correctamente, sin correr de un lugar a otro y, en conformidad con su edad, estimular su atención a los momentos de la celebración. Dejarle irse “libremente” por el templo no significa educar su libertad, sino todo lo contrario. En el templo, que es la casa de Jesús, hay que estar sentados cuando escuchamos su Palabra y de pie cuando Jesús se ofrece por todos nosotros. Tendremos que ayudarles para que recen bien el Padrenuestro y sepan intercambiar el signo de la paz. Es muy bello que ellos nos acompañen cuando nos acercamos recibir la Santa Comunión o que estén sentados, cerca de nosotros, si por alguna razón no podemos comulgar. 

Todo esto debe estar acompañado por la invitación a nuestros niños que “vivan” algún momento de oración, por la mañana, por la noche… No se trata solo de dejar crecer a nuestros niños, sino de ayudarles a crecer.

Estamos seguros que estas sugerencias presuponen una paciente catequesis familiar. Está en juego el amor de los padres y el respeto hacia “lo sagrado” de la personita del propio niño. Solo papás que “saben vivir la misa”, saben acompañar y educar a sus hijos pequeños a este maravilloso encuentro con Jesús-Amigo. No hay que esperar a que sean “grandes” pues eso daña su crecimiento.

Monseñor Vittorino Girardi S.

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿Qué son los géneros literarios de la Biblia?

“Desde hace algún tiempo sirvo como catequista, y siento la necesidad de conocer más nuestra doctrina cristiana y entonces también sobre La Biblia. 

Hace poco me encontré con esta afirmación: “Para una correcta lectura de la Biblia hay que tener presentes los géneros literarios de que sus Autores Sagrados se han servido para redactar los textos”. 

No creo haber entendido del todo el sentido de tal expresión. Monseñor, ¿me lo puede aclarar?”

Doris Herrera L. - Ciudad Quesada

La Biblia, estimada Doris, es una producción literaria que se ha ido formando a lo largo de muchos años y en la que se refleja además de la cultura judía, varias otras con que el pueblo judío tuvo relación. Nos resulta pues como una pequeña biblioteca, y no solo por el número de los libros que la componen, sino también por la variedad de formas literarias que encontramos en esos libros. Cuando hablamos de géneros literarios, nos referimos precisamente a lo que expresamos diciendo formas literarias. Este hecho se da en cualquier cultura. En efecto se va escogiendo una u otra forma literaria, según la intención que se tenga al momento de querer expresar, por ejemplo, una verdad, un hecho histórico, un sentimiento… Cualquiera sabe distinguir una forma literaria, propia de una composición poética, de una narración histórica, de una exhortación, de un reproche, de una amenaza, o de un himno de alabanza, etc, etc.

Además hay modos distintos de valorar el mismo género o forma literaria. Uno de los ejemplos más claros es el que corresponde al género literario histórico. Para nosotros, un texto histórico debe haber sido escrito como resultado de una investigación precisa y exacta de los hechos, mientras que para los Autores Sagrados ya del Antiguo como del Nuevo Testamento, los hechos, están subordinados a la intencionalidad religiosa. 

He aquí un ejemplo de los más sencillos: San Lucas nos informa que Jesús señaló y envió a otros setenta y dos discípulos de dos en dos delante de sí por todas las aldeas y lugares que iba a visitar (Lc 10, 1). Nos sorprende que San Lucas nos informe de setenta y dos discípulos, un número que es inusual y sin embargo cuando nos enteramos que en los conocimientos geográficos de la época, setenta y dos era el número de las naciones paganas, entendemos entonces que la primera intención de San Lucas no era tanto la de informarnos acerca del número exacto de los discípulos enviados, cuanto insistirnos acerca de la universalidad de la misión de la Iglesia.

La atención a los géneros literarios implica también poner atención al uso de palabras y expresiones que son inteligibles solo en el contexto y mentalidad del Autor Sagrado. He aquí un ejemplo más. El profeta Ezequiel escribe: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra sus sepulcros y les saque de sus sepulcros pueblo mío, sabrán que yo soy el Señor.” (37,12-13). A primera vista tanta insistencia en el uso de la palabra sepulcro podría hacernos pensar en el gran tema de la resurrección, cuando el profeta Ezequiel solo se refiere a la acción misericordiosa de Dios para sacar a su pueblo de la tierra de exilio para guiarlo de nuevo a la Tierra Santa.

Los ejemplos que podríamos dar son muchísimos. La lectura de la Sagrada Escritura nos pide el esfuerzo de entrar en la cultura de los autores que la escribieron, en su estilo y en sus intenciones, y no siempre este esfuerzo nos puede resultar fácil porque el paso de una cultura a otra siempre implica tomar distancia de lo que es “lo nuestro”, lo acostumbrado. 

En cualquier caso, siempre nos acercamos a la Palabra de Dios con gran respeto y veneración porque sabemos que la Biblia no es una obra literaria como las demás… no es solo obra humana sido fruto de la inspiración del Espíritu Santo.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿La Iglesia reconoce las apariciones a Santa Faustina?

“¿La Iglesia confirmó la veracidad de las apariciones de Jesús de la Divina Misericordia formalmente o todavía existe “miedo” a que no sean de Dios las mencionadas apariciones? Muchas gracias”.

Andrés Seas - San José

Estimado Andrés, hay un punto bien importante que siempre hay que tener presente. Cuando la Iglesia canoniza, es decir, declara santa a una persona, está presuponiendo que no hay errores teológicos en su vida y que no ha habido “mentiras” en sus posibles escritos. Sobre este doble presupuesto, resulta fuera de toda duda la veracidad de todo cuanto Santa Faustina Kowalska ha dejado escrito en su diario. Ella nos narra con plena fidelidad a la verdad, lo que ha sido el trato de Jesús con ella.

Ahora bien, con esto la Iglesia deja confirmado que Santa Faustina nos ha dicho la verdad y que en sus escritos no hay ningún error teológico. Hasta ahí llega la intención de la Iglesia. No pretende afirmar que todas las apariciones y mensajes referidos por Santa Faustina correspondan en sus más mínimos detalles, a lo que realmente aconteció… nada impide que Santa Faustina, aún con la más recta intención, haya podido olvidar algún detalle o describirlo de una manera no del todo precisa. No son pocos los santos y santas que al momento de describir las gracias especiales que recibían de Nuestro Señor, confiesan en sus escritos, la sensación de cierta incapacidad para expresar de la manera más exacta y congruente lo que les iba aconteciendo… lo que más nos interesa es saber con plena certeza que los escritos de Santa Faustina no hay ningún error teológico y que ella relata sus “vivencias religiosas” con absoluta veracidad.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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¿Por qué ya no se pone agua bendita en la entrada de los templos?

“¿Por qué ya no se usa el agua bendita en las entradas a los templos? Según tengo entendido, si una persona se santigua con devoción con el agua bendita, atrae la gracia divina y purifica su alma. Me parece que sería conveniente “recuperar” esa tradición al menos antes de la entrada para la celebración de la Misa. Muchas gracias y mis respetuosos saludos”.

Freddy Méndez R. - San José

Estimado Freddy, yo también soy de aquellos fieles que añoran el poderse santiguar con el agua bendita al momento de entrar al templo. Creo que me están influyendo los recuerdos de mi infancia: me atraía y me edificaba ver a alguna mamá mojar sus dedos y pasarle un poco de agua bendita al hijo o hija que por ser aún “bajito” no podía alcanzar la pilita del “agua bendita” (como la llamamos en mi tierra), o ver un esposo que hacía lo mismo con su esposa. Eran humildes gestos de familia que expresaban su belleza y su grandeza.

Sin embargo, con el tiempo, se fue imponiendo una justificada preocupación por la higiene: hoy ya no se ve bien ni conveniente que todos los que entren al templo, puedan mojar sus dedos en la misma agua y así, poco a poco se fue abandonando esa tradición. Aún se puede ver en alguna capilla que llaman “semipública”, como la de algún convento de religiosas, pero ya no en la entrada de los templos parroquiales.

Esto no quiere decir que la Iglesia haya abandonado el “rito del agua bendita”. Su significado es del todo claro: gracias al Bautismo, “hemos renacido del agua y del Espíritu” (cfr. Jn 3,5) y entonces es del todo lógico y natural que, especialmente durante la época pascual, se empiece la celebración eucarística con la bendición del agua  y su aspersión sobre los fieles, en lugar del usual acto penitencial. Ese rito constituye una invitación, (a la vez que lo simboliza) a “recuperar” la pureza que Dios nos concedió con el santo Bautismo.

Por otra parte, hay otros muchos momentos litúrgicos y de “piedad popular”, en que la Iglesia usa el “agua bendita”; pensemos por ejemplo, en el rito de las múltiples bendiciones, en la celebración de las exequias de difuntos, etc. Lo importante es que todo acontezca, como usted amigo Freddy lo dice en su correo, “con fe y devoción”; son éstas como el alma de todas nuestras celebraciones y ritos, desde los más sublimes, como lo son la Consagración Eucarística y la Santa Comunión, hasta el rociar con agua bendita, nuestras habitaciones.

Monseñor Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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