Doña Necedad invita

  • Contrapuesta a la sabiduría anfitriona, la Necedad ofrece lo suyo… ¿Qué es? Hoy lo veremos.

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, Cenacat

El domingo anterior escuchábamos la invitación al banquete, preparado por la sabiduría anfitriona de Prov 9,1-6. Pero existe otra invitación a comer de otro banquete, preparado por “Doña Necedad” o “Doña Locura” (Prov 9,13-18). 

La Necedad aparece explícitamente como mujer y es descrita como la seductora de Prov 7,11, que es atrevida y astuta, que se viste como prostituta, se envuelve en un velo y es callejera y “birringa” (mujer ligera), como decían nuestros sabios abuelos, acechando como fiera a los muchachos incautos (ver Prov 7,7-15). 

Se personifica también a la necedad y se contrapone su actividad a la de la sabiduría. Aquí entran en escena estas dos mujeres, una princesa y una prostituta, que representan: una, la Señora Sabiduría, la otra, la Señora Necedad. Están en competición, han preparado dos banquetes opuestos, ambas se dirigen a los descerebrados y a los faltos de juicio (v. 4.16) para atraerlos a su celebración. 

El sentido de la parábola está claro: así como hay dos caminos, el del bien y el del mal, así también hay dos llamamientos para el hombre, dos banquetes a los que se le invita. El hombre debe elegir (ver Sal 1; Rom 12,21; 2 Cor 6,14-15). 

Pues bien, atendamos a su  siniestra invitación: 

La señora Necedad es turbulenta, es estúpida y no sabe nada.  Ella se sienta a la puerta de su casa, en una silla, sobre las alturas de la ciudad,  para gritar a los transeúntes que van derecho por el camino: “El que sea incauto, que venga aquí”. Y al falto de entendimiento, le dice: “¡Las aguas robadas son dulces y el pan comido a escondidas, delicioso!”. Pero él no sabe que allí están las Sombras, y sus invitados, en las profundidades del Abismo.

Como vemos, la Señora Necedad no construye nada, “está sentada a puerta de su casa”, indolente y desganada (v. 14), no se molesta en ir en busca de los invitados, sabe que pueden ser fácilmente seducidos por su engañoso encanto, los espera y coloca trampas a todos aquellos “que van derecho por el camino” (v. 15). 

Con palabras melosas los excita a lo prohibido: “El agua robada es más dulce, el pan comido a escondidas es más sabroso” (v. 17). 

Lo suyo es la lisonja del placer inmediato que, como sabemos, captura a muchos con facilidad, pero conduce a la ruina. Quien queda cautivado no sabe que, en la casa de la Necedad, “están los difuntos, son ahora sombras en el reino de la muerte” (v. 18). Pero el destino del que escucha a la Sabiduría es la vida (v. 6).

Contexto del pasaje de la Necedad

La primera parte del libro de los Proverbios acaba aquí, antes de comenzar en el capítulo 10 la parte central, llamada Salomónica, de breves sentencias y proverbios. Esta primera parte concluye con una doble metáfora, con representaciones antagónicas de un banquete.

Ya hemos visto que el autor del libro de los Proverbios, nos muestra a la sabiduría anfitriona, ofreciendo un gran banquete. Pero también la insensatez o necedad ofrece el suyo. Las dos mujeres invitan, quieren comunicar lo que son y lo que tienen; pero la diferencia es manifiesta. 

La sabiduría ofrece su banquete en una casa grande y rica, adornada de siete columnas que le dan la belleza y solidez de un palacio en el que caben todos, en su banquete no falta nada que no sea suculento y festivo, signo de todas las apetencias del corazón; la sabiduría invita a los más necesitados, recomendando que sigan el camino recto, donde se encuentran la instrucción y el aliento vital. 

Ofrece pan y vino, base de la alimentación humana y de la alegría, signos de la plenitud de una existencia bien orientada, sin rupturas ni divisiones en su interior.

El contraste es grande cuando se trata luego del banquete de la Necedad: las palabras de invitación son semejantes a las de la Sabiduría; pero luego aparece el vacío y la falsedad del banquete: aguas robadas, pan a escondidas, es decir, nada que sea auténtico, sano, sincero; falta incluso el vino de la alegría; todo conduce a valles tenebrosos que no tienen esperanza ni alegría. 

Mientras que la primera ofrece su banquete de sabiduría y sensatez, la segunda ofrece las delicias de los manjares robados que conducen a la muerte y a la vergüenza. Dos mujeres, dos estilos de vida, dos recompensas. Todo un argumento para una telenovela actual, que quiera enseñar y no simplemente entretener…

Ese pan y ese vino deliciosos del primer banquete de Prov 9,1-6, son la sensatez y la prudencia, que alimenta a los inexpertos, a cuantos tienen hambre del saber auténtico. Comiendo, se asimilarán la sabiduría y participarán de ella. Esto significa que la Sabiduría, en el pan y vino, se da a sí misma: es a la vez la que invita al banquete y es el banquete ofrecido. 

En esta doble comparación de los dos banquetes, podemos ver qué es la Sabiduría y la Necedad, qué ofrecen la una y la otra: una vida abierta a Dios y a los hombres y, por el contrario, una negación y frustración de lo que constituye la felicidad y la plenitud humana.

Esta conclusión, el banquete de Doña Necedad nos recuerda la doble metáfora con que acaba el Sermón de la Montaña, en boca del sabio por excelencia, Jesucristo: el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica, y el que no lo hace; el uno se asemeja al que construye una casa sobre roca; el otro, al que la construye sobre arena… (Mt 7,24-27). El paralelismo es impresionante, lo que importa es escuchar la palabra del Señor, que nos asegura el camino del bien y de la vida; fuera de él no hay sino soledad y destrucción.

Las dos mujeres de estos domingos (Prov 9,1-18), que simbolizan la sabiduría y la necedad ¿a qué nos invitan hoy? ¿Cuál será nuestra respuesta? ¿Qué nos jugamos asistiendo o participando de su banquete, de vida o de muerte?

¡Vengan a comer!

También la sabiduría aparece como mujer anfitriona, que invita a todos a su mesa “eucarística”.

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, Cenacat

Cuántas veces hemos escuchado de nuestras madres o de quienes nos invitan a su casa, esta frase que a todos nos gusta… Pues bien, hay otra “mujer”, en el libro de los Proverbios, que nos hace esta invitación y cuya lectura escuchamos en el texto de Prov 9,1-6, el domingo 20° del Tiempo Ordinario, ciclo B:

La Sabiduría edificó su casa, talló sus siete columnas,  inmoló sus víctimas, mezcló su vino, y también preparó su mesa.  Ella envió a sus servidoras a proclamar sobre los sitios más altos de la ciudad: “El que sea incauto, que venga aquí”. Y al falto de entendimiento, le dice: “Vengan, coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé.  Abandonen la ingenuidad, y vivirán, y sigan derecho por el camino de la inteligencia”

 Contexto de este pasaje

Esta invitación de la sabiduría anfitriona, lo encontramos dentro de los capítulos 8 y 9 del libro de los Proverbios y forman un solo canto a la sabiduría. El autor sagrado la introduce en escena personificándola. Semejantes cantos y personificaciones ocurren con frecuencia en toda la literatura bíblica sapiencial, a cuyo género pertenece el libro de los Proverbios. Ya de esta “mujer anfitriona” presentábamos un artículo el domingo 20 de agosto del año 2006, en estas páginas del Eco Católico. El tema de la mujer es muy común en la literatura sapiencial, hasta el punto de que la misma Sabiduría divina se personifica en la mujer ideal (ver Prov 31,10-31).

Veamos el texto en cada una de sus partes:

- Las siete columnas (Prov 9,1): el número siete es símbolo de perfección; existe una teoría que propone de que las siete columnas son siete poemas de igual expansión contenidos en los capítulos 2-7 del libro de los Proverbios. Esta estructura no se habría conservado en el estado actual del texto. Otra teoría propone que las siete columnas de la casa de la sabiduría podrían aludir a su perfección (el número siete goza del simbolismo de cierta cifra perfecta en la Biblia), pero más probablemente se refieren a las siete colecciones de proverbios, que se incluyen en este libro después del Prólogo (1,1-9,18): la primera de Salomón (10,1.22,16), las Sentencias de los sabios (22,17-24,22), otras Máximas de los sabios (24,23-34), la segunda de Salomón (25,1-29,27), las Palabras de Agur (30,1-14), los Proverbios numéricos (30,15-33) y las Palabras de Lemuel (31,1-9). Al ser siete las colecciones presentadas, se está simbolizando la perfección de la sabiduría enseñada en el libro, que abarca tanto la propia de Israel como la de los pueblos vecinos.

- El banquete (Prov 9,2) La carne y el vino son alimento de fiesta; es de destacar la diferencia con la mesa de la Necedad en la que solamente hay agua y pan (Prov 9,17), como veremos el próximo domingo. El banquete, especialmente en el mundo oriental antiguo, era signo de esplendidez y de gratuidad, de comunicación y participación. Quien participaba en él, se identificaba con el que lo ofrecía, entraba en la misma atmósfera y compartía no sólo la mesa, sino también la conversación, el pensamiento y la alegría.

- El pan y el vino (Prov 9,5): La imagen del banquete como la del “vino mezclado” están empujando al lector hacia ese ámbito del amor desde el cual la sabiduría alcanza toda su plenitud. De ahí que el autor haga, a lo largo del libro, una ferviente llamada a buscar y amar la sabiduría, como también a dejarse amar por ella (ver Prov 4, 8; 7,9). De forma que esa persona ha de considerarse dichosa (Prov 9, 34). Pero también el pan y el vino servidos evocan el banquete eucarístico, parece una anticipación del banquete celestial (Mc 14,25). 

Desde una lectura cristiana de este texto de Prov 9,1-6, en Jn 2 y Jn 6, Cristo no sólo ofrece el vino de la sabiduría y el pan de la enseñanza, sino también su carne y sangre eucarísticas. Este lenguaje recuerda al israelita el banquete escatológico prometido por el Señor en Is 25,6 y en Is 55,1-5. Los cristianos pensamos espontáneamente en la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-14) y en el banquete mesiánico servido por el mismo Cristo (Lc 12,37; Mt 8,11). El banquete eucarístico está también representado como hemos apuntado antes.

Como vimos el domingo anterior, en el capítulo 8 aparece la sabiduría como la primera criatura de Dios que lo acompaña en todas las obras de la creación. Pero la personificación poética de la sabiduría, no implica por sí sola la afirmación de una persona realmente existente fuera de Dios: se trata de un canto de alabanza al Creador que hizo todas las cosas sabiamente. El sentido literal de este canto de Prov 9,1-6 no dice tampoco nada sobre la existencia de la segunda persona divina, el Hijo de Dios y Sabiduría del Padre. Esto, como vimos, lo hará San Juan en el prólogo de su Evangelio (Jn 1,1-18).

Siguiendo el juego literario de la personificación, el autor sagrado, en la segunda parte de su himno (capitulo 9), nos habla de la Sabiduría que edifica su casa entre los hombres y prepara un banquete para todos los que lo desean.  

Así pues, en cualquier caso se trata de una sabiduría que viene de Dios para los seres humanos. 

Y ahora, viendo las cosas desde el Nuevo Testamento, especialmente desde el prólogo al Evangelio según san Juan, podemos descubrir una intención más profunda en este himno, sobre todo si tenemos en cuenta el dinamismo profético de unas palabras que son también palabras de Dios y no sólo del autor sagrado: Cristo es en realidad aquella Sabiduría (o Palabra) de Dios que “era ya en el principio de todas las cosas, por quien todas éstas fueron creadas”, “que habitó entre nosotros”, “en quien puso el Padre todas sus complacencias”, que vino al mundo “para que tengamos vida y la tengamos abundante” y que invita a todos los hombres a sentarnos a su mesa: la mesa de la “palabra que da la vida” y del “pan bajado del cielo”. 

Todo esto es lo que nos enseña aquella sabiduría anfitriona, atenta como nuestras madres, que siempre nos llama a la mesa: “vengan a comer”.

La mujer en Proverbios

A lo largo de los años que llevamos en el Eco Católico, presentando a los protagonistas de la Biblia, las mujeres han tenido un papel muy importante, no solo en cada una de nuestras reflexiones dominicales, sino especialmente en la historia de la salvación. Desde Eva, pasando por Sara, Rebeca, Raquel, Miriam, etc, hasta las diversas mujeres de los libros históricos, ellas han desempeñado un protagonismo especial, partiendo de sus experiencias, desde su condición femenina hasta convertirse en modelo o todo lo contrario, con su simbolismo judío y cristiano.

A partir de hoy, vamos a ver a la mujer desde la perspectiva de los sabios de Israel, desde la reflexión del libro de los Proverbios, tomándolas en su significado profundo para la familia, la sociedad de aquellos tiempos y ¿por qué no? para nosotros, cristianos del siglo XXI. Pues ellas aparecen en sus diversas realidades personales, familiares, sociales, culturales y religiosas como quienes merecen ser tenidas en cuenta y cuya voz debe ser escuchada. 

De hecho, ya en artículos de años pasados, habíamos mencionado a la sabiduría bíblica personificada, desde la reflexión que hacían los autores del libro de los Proverbios, que es quien mejor presenta a las mujeres con su fuerte carga simbólica (recordemos a Doña Sabiduría, en Prov 9,1-5, Eco Católico 20 de agosto 2006).   Ahora bien, es necesario (y diríamos casi obligado), comenzar nuestra presentación de las diversas mujeres del libro de los Proverbios, haciendo notar una realidad que parece obvia: tanto el libro en su redacción final como los proverbios o refranes aislados, que se remontan a épocas muy anteriores, reflejan una concepción de la mujer que responde al punto de vista masculino,  propio del modelo cultural de la época. 

Desde la imagen ideal que pueda estar detrás del bello poema alfabético de Prov 31,10-31 (la mujer de valía o la “perfecta casada”), hasta los proverbios más sarcásticos como el del “anillo de oro en la trompa de un cerdo, es la mujer hermosa pero sin juicio” (Prov 11,22) todo se aborda desde una óptica masculina, olvidando los intereses, las inquietudes y los problemas de las mujeres que sufrían, por lo menos en igual medida que los hombres, las dificultades familiares y de convivencia. Es decir, son varones que escriben o reflexionan sobre ellas.

Otros especialistas afirman que, a pesar de esto, detrás del “padre/maestro” que advierte al “hijo/-discípulo” contra los peligros de  la “extraña” en Prov 2,16-19; 5,20-23; 6,24-29, hay una posible voz femenina, apoyándose en las tradiciones de mujeres que reprendían en el Cercano Oriente y en el hecho que quien cuenta la escena, parece hacerlo a través de una ventana (ver, por ejemplo Prov 7,6-12; 31,1-3). No podemos dejar de pensar que ellas puedan estar detrás de estas “advertencias escenificadas”…

Los diversos papeles de estas mujeres

Temáticamente hablando, en el libro de los Proverbios la mujer adopta distintos roles o papeles. Algunos responden a la realidad sociocultural del Israel bíblico: la mujer peleona, la esposa, la madre, la extranjera, la prostituta, la mujer de otro..., etc. Otros se identifican con figuras literarias más complejas: Doña Sabiduría, Doña Locura o Necedad, la mujer de valía... 

En los capítulos 1-9 el centro de atención lo ocupan Doña Sabiduría y Doña Locura, con pocas referencias a la mujer como esposa (Prov 5,15-19) y como madre (Prov 1,8; 4,3; 6,20). En los capítulos 10-29 las mujeres que aparecen son casi todas, por el contrario, esposas y madres. En Prov 31,1-9 es una mujer, reina y madre, la del príncipe llamado Lemuel, la que habla en primera persona. En Prov 31,10-31, al final del libro, se encuentra el retrato de la mujer de valía, la mujer ideal, la “perfecta casada” o ama de casa. Es muy probable que al ser presentadas en estos textos, los autores se valgan de mujeres de la vida real, como sucede entre nosotros (por ejemplo, al hablar de las cualidades de nuestras madres).

Por otra parte, el libro de Proverbios proporciona una gran información sobre el rol familiar y el comportamiento social de las mujeres. Entre los logros a destacar, figura el de la monogamia (una sola pareja), ya que no hay alusiones a otras esposas en la misma casa, y el de la igualdad de la madre con el padre en el hogar.  Llama la atención sobre el rol de la mujer en este libro de Proverbios, por encima de su papel de madre o maestra, como sabia consejera de los hombres. 

Al respecto, son llamativos los discursos de Doña Sabiduría, Doña Necedad e incluso de la “mujer extraña” pronunciados como mujeres sabias (ver Prov 1,20-33; 9,1-6.13-18). La tradición de las mujeres sabias en el Antiguo Testamento tuvo una gran importancia en el pueblo de Dios. El editor final del libro de los Proverbios tuvo a su disposición un repertorio de imágenes y roles femeninos, entresacados de la Torá (la Ley) y los Profetas que, de manera consciente o no, influyó en la elección de la imaginería femenina que aplicó a la sabiduría personificada. Sin embargo, las mujeres de comportamiento inmoral que se asoman en los dichos del libro de los Proverbios, no serían sino estereotipos (Prov 5,20-23; 6,32; 7,1-4). Un estereotipo es una imagen estructurada y aceptada por la mayoría de las personas, como representativa de un determinado colectivo, grupo o comunidad.

En nuestras presentaciones sapienciales de estas protagonistas reales y simbólicas, iremos viendo a la sabiduría, a la mujer “loca” (necedad), a la esposa, a la amante, a la madre, a la extraña, a la adúltera, a la seductora, a la malvada, a la prostituta, a la mujer de valía o mujer ideal. Todas ellas tienen mucho qué decirnos o enseñarnos a todos, pues “la mujer sabia edifica su casa, pero la necia con sus manos la destruye…” (Prov 14,1). “Hijo mío, atiende a mi sabiduría, ten en cuenta mi inteligencia…aleja de la mujer ajena tu camino, no te acerques a la puerta de su casa… Bebe agua de tu propio manantial, la que brota de tu propio pozo, alégrate con la esposa de tu juventud…” (Prov 5,1.8.15.18b).

Los hijos de Coré

Los hijos de Coré  

 

Los hijos de Coré nos dejaron un tesoro musical en sus salmos.

 

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

El domingo anterior vimos a Asaf, músico, levita y compositor de una colección de salmos. Pero en el Salterio también aparecen los llamados “hijos de Coré”, como autores de una colección sálmica. ¿Quiénes fueron ellos? Su antepasado común fue Coré, a quien junto con Datán y Abirán, fueron famosos por organizar un motín contra Moisés. Su historia trágica la encontramos en el capítulo 16 del libro de los Números. Coré era primo hermano de Moisés y Aarón (Éx 6,18-21), y, al igual que ellos, de la tribu de Leví, la encargada del culto y la única tribu hebrea legítima en Israel, que ejercía el sacerdocio hasta los tiempos de Jesús.

Coré aparece como rebelde en el texto de Núm 16,1ª.2b.3-4.11.16-24.27ª.35. Fue el jefe de un grupo de doscientos cincuenta hombres, que se rebelaron contra Moisés y Aarón, porque, según ellos, ambos reclamaban una autoridad sagrada y unas funciones religiosas que no tenían razón de ser, en una comunidad donde se suponía que todos eran iguales. Tanto él,  como Datán y Abirán, fueron sometidos al juicio de Dios con la prueba de los incensarios, y el juicio se inclinó a favor de Moisés y Aarón, pero en contra de Coré y sus secuaces, que fueron devorados por el fuego mientras ofrecían el incienso (Núm 16,4-7.18-24.35). Coré es presentado como nieto de Leví (ver Núm 16,1). De forma que los llamados “hijos de Coré”, son quizá los descendientes del nieto de Leví del mismo nombre, pero que no murieron en aquella refriega, tristemente célebre en la historia bíblica.

Pues bien, con el título de “Salmo de los hijos de Coré” tenemos once salmos (Sal 42. 44-49. 84-85. 87-88). Además, sobre la familia de Coré y su familia para atribuirles la paternidad de once salmos, encontramos en el primer libro de las Crónicas la siguiente noticia: “Los porteros del campamento de los hijos de Leví fueron: Salún, hijo de Coré, hijo de Ebiasaf, hijo de Coraj, y sus parientes, los coreítas, de la misma familia” (1 Crón 17,19). 

Ellos se ocupaban del culto como guardianes de la entrada de la tienda, lo mismo que antaño sus antepasados custodiaban la entrada del campamento del Señor, oficio que volvieron a tener después del destierro de Babilonia (1 Crón 9,19; Esd 11,19). La relevancia de la familia coreíta vino a través de la tradición de sus antepasados. Coré y su familia eran los que tenían reservada la responsabilidad del culto.

Y su nombre vuelve a aparecer en el libro del Eclesiástico: “Unos extraños se aliaron con él (Aarón) y en el desierto le tuvieron, los seguidores de Datán y de Abirán, y la banda enfurecida de Coré” (Eclo 45,18). Hasta en el Nuevo Testamento encontramos una referencia a Coré y la rebelión que había organizado: “¡Ay de ellos!, Han tomado el camino de Caín; por afán de lucro han caído en la aberración de Balaán, y han perecido en la aberración de Coré” (Jds 11). 

Los nombres de sus hijos los encontramos en el libro del Exodo: “Hijos de Coré: Aser), Elcaná y Abiasat. Son los clanes coraítas” (Ex 6,24). Por tanto y dado el prestigio y reconocimiento familiar, a los hijos de Coré,  Aser, Elcaná y Abiasaf, se les ha otorgado la autoría de esos 11 salmos del conjunto del Salterio. En general, los salmos de la colección coreíta se caracterizan por su devoción al templo y a sus solemnidades litúrgicas (Sal 42-43; 84), lo mismo a la ciudad santa, morada del Señor (Sal 46-48; 87). El estilo suele ser expresivo y patético, con un profundo sentido nacional. Veamos los siguientes versículos del salmo 42,1-6:

 

Como la cierva sedienta

busca las corrientes de agua,

así mi alma suspira

por ti, mi Dios.

Mi alma tiene sed de Dios,

del Dios viviente:

¿Cuándo iré a contemplar

el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi único pan de día y de noche,

mientras me preguntan sin cesar: “¿Dónde está tu Dios?”.

Al recordar el pasado,

me dejo llevar por la nostalgia: ¡cómo iba en medio de la multitud y la guiaba hacia la Casa de Dios, entre cantos de alegría y alabanza, en el júbilo de la fiesta!

¿Por qué te deprimes, alma mía? ¿Por qué te inquietas?

Espera en Dios, y yo volveré a darle gracias, a él, que es mi salvador y mi Dios.

 

Los motivos que predominan en la primera estrofa (v.v. 2-5) son: la cierva, el agua, la sed, las lágrimas, el pan y la nostalgia del templo de Jerusalén y de sus celebraciones festivas. Ausencia de agua y nostalgia son elementos que se tocan y se funden entre sí. Encontramos una imagen enérgica, la de la cierva que brama de sed en busca de corrientes de agua. La persona que compuso este salmo siente una terrible sed de Dios. A esto, viene a añadirse la pregunta maliciosa: “¿Dónde está tu Dios?”. El estribillo (v.v.6.12) se pregunta por el motivo de la aflicción del salmista a la esperanza de volver a encontrarse con Dios en el templo.

Por tratarse de una súplica individual, podemos rezarlo personalmente, pues a veces nos da la impresión de que Dios está ausente de nuestra vida y de nuestros sufrimientos. Conviene rezar este salmo completo (v.v.1-12) cuando nos sentimos oprimidos; cuando sentimos nostalgia de su presencia; cuando tenemos hambre y sed de él; cuando se aflige nuestra alma y nos sentimos abatidos...

 

¿Quién fue Asaf?

¿Quién fue Asaf?


Conozcamos a Asaf, cantor y músico, cuyo legado lo tenemos en el Libro de los Salmos.

 

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

A lo mejor, cuando leemos (o cantamos) los salmos o nos encontramos con ellos en la Biblia, además de aquellos que se han atribuido al rey David, famoso por sus cualidades musicales, descubrimos que varios de ellos, comienzan con este título: Salmo de Asaf (Sal 50,1), o también Maskil de Asaf (Sal 78,1). La palabra “maskil” se traduce, por lo general, como “poema didáctico”. ¿Quién fue Asaf, del que se nos presenta como autor de los salmos 73 al 83, dentro del conjunto de los Salmos del Antiguo Testamento?

Asaf fue el antepasado de un grupo de levitas, que desempeñaban el oficio de cantores en el templo de Jerusalén. Fue un célebre músico del tiempo de David, levita y uno de los directores de la música del templo (1 Crón 15,17; 16, 5; 25,1-2). Este cargo parece que fue hereditario en su familia (Neh 7,44; 11, 22. Se le llama también “profeta” en 2 Crón 29,30, y su nombre se halla prefijo en doce Salmos (Sal 50; 73-83), escritos tal vez para que él o su familia los cantara. Fue descendiente de Leví por medio de Guersón (1 Crón 6,39.43). Durante el reinado de David (años 1010-970 a.C), los levitas nombraron a Asaf cantante principal y cimbalista. Asaf acompañó el arca cuando ésta se trasladó desde la casa de Obededom a la “ciudad de David” (1 Crón 15,17- 19. 25-29).

El arca, como sabemos, era el cofre que contenía las tablas del Decálogo o Diez Mandamientos y era muy venerado entre los judíos, pues era el signo de la presencia del Señor en medio de su pueblo (Éx 25,10-27). Había permanecido mucho tiempo fuera de Jerusalén, por lo que el rey David decidió llevársela a la ciudad, organizando para ello una magna celebración litúrgica y comunitaria (ver 2 Sam 6).

Fue allí, en esa celebración, cuando aparece por primera el nombre de Asaf: “David ordenó a los jefes de los levitas, que organizaran a sus hermanos los cantores con instrumentos musicales, arpas, cítaras y címbalos, para que los hicieran resonar alegremente. Los levitas designaron a Hemán hijo de Joel; entre sus hermanos, a Asaf hijo de Berequías; y entre los hijos de Merarí, sus hermanos, a Etán hijo de Cusaías.… Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar címbalos de bronce…” (1 Crón 15,16-17.19).

El debut de Asaf fue dentro de la ceremonia más importante del reinado de David. Es decir, con la llegada del arca a la ciudad santa, Asaf cantó y tocó durante ese magno evento y presenció todo cuanto ocurrió dentro del mismo. Él vivió la emoción que acompañó la procesión, vio al rey David danzar alegremente delante de Dios, y a todo el pueblo entusiasmado uniéndose a ellos, mientras entraban a la ciudad. Crónicas lo describe así: “Todo Israel subió el Arca de la Alianza del Señor entre aclamaciones y al son de trompetas, címbalos, arpas y cítaras” (1 Crón 15,28). Desde entonces, Asaf sirvió junto con Hemán y Etán delante del tabernáculo, dirigiendo la música y el canto (1 Crón 6,31-44.) Se dice de Asaf que era un “hombre de visiones”, que “profetizaba con el arpa”, al igual que de Hemán y Yedutún, llamado “vidente del rey”, quizás el mismo que Etán (1 Crón 25,1-6; 2 Crón 29,30; 35,15.)

Los hijos o descendientes de Asaf continuaron formando un grupo especial en el marco orquestal y coral del templo de Jerusalén, y tuvieron un papel importante en la inauguración del templo, al llevar allí el Arca de la Alianza desde el monte Sión, evento organizado por el rey Salomón (2 Crón 5,12) De igual manera, su presencia fue notoria en el tiempo de la reforma del rey Ezequías (2 Crón 29,13-15), así como cuando se celebró la gran fiesta de Pascua, durante el reinado del piadoso rey Josías (2 Crón 35,15- 16).

Algunos de sus descendientes estuvieron en el primer grupo de judíos que regresó a Jerusalén del destierro de Babilonia (Esd 2,1 41; Neh 7,24). Los encabezamientos de los Salmos 50 y 73 al 83 atribuyen esas canciones a Asaf. No obstante, parece muy probable que el nombre se use allí, con referencia a su familia, de la que era su cabeza paterna, puesto que no hay duda de que algunos de los salmos (Salmos 79-80), narran sucesos posteriores a los tiempos en que vivió Asaf.

Finalmente (y como cosa curiosa), Asaf aparece como uno de los antepasados de Jesús, cuando el evangelista San Mateo lo presenta así: Abías, padre de Asaf; Asaf, padre de Josafat (Mt 2,7c.8ª). En realidad, Mateo al mencionar a un rey judío llamado Asa (1 Rey 15,9-24), pone Asaf y al cambiar el nombre de otro rey llamado Amón (2 Rey 21,19-26), lo llama Amós, que fue uno de los más célebres profetas del pueblo de Dios, como queriendo enseñarnos, con este pequeño juego de nombres, que también los Salmos y profetas alcanzan su plenitud en Cristo.

 

Su legado

Los salmos atribuidos a Asaf se distinguen por su elevación moral y con frecuencia en ellos se medita y se canta la historia de Israel, su historia de salvación. Bien sabemos que toda historia se cuenta o se narra, pero Asaf tuvo la dicha y creatividad de cantarla, en especial, las intervenciones de Dios a favor de Israel, como Pastor de su pueblo. Su colección forma parte de la Tercera Colección del Salterio (Sal 73-89), destacando el esquema teológico de la historia de Israel, con una fuerte intención didáctica (ver Sal 78). Fue un extraordinario músico, cantante y compositor.

Pero también fue un sabio, pues especialmente en el salmo 73, plantea el problema que vimos en el libro e historia de Job (como también en los salmos 38 y 49): la prosperidad de los malos en esta vida,  como escándalo de los buenos y de los justos, que sufren injustamente. Algo que a todos nos sigue inquietando y preguntando si vale la pena perseverar en la bondad, sin obtener ninguna ganancia. Pero, al final, sabemos que quienes se jactan de su prosperidad y vanidad, esto se acaba tarde o temprano, porque todo es apariencia pasajera. Asaf nos enseña que lo mejor es apoyarse en Dios, cuando los problemas superan nuestra capacidad y comprensión, como también ánimo en la búsqueda de respuestas, que nos hagan recobrar la serenidad y una fe firme en su providencia, que todo lo conduce. Nos hace interrogarnos en dónde ponemos realmente nuestra felicidad y confianza.

 

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