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“Mi África está aquí”

  • Ruth Gamboa Zúñiga, la querida evangelizadora de Parrita e isla Chira

Laura Ávila Chacón
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En su memoria se acumulan miles de experiencias vividas en la misión. Muchos son recuerdos felices, pero hay otros tristes y hasta dolorosos. No hay reclamos ni reproches. Así es la vida, así es el plan de Dios y es perfecto.

Hablamos de Ruth Gamboa, la sembradora incansable de la semilla del Evangelio en comunidades como Quepos, Parrita y su amada Isla Chira, en el golfo de Nicoya.

Hablar con Ruth hoy, en su casa en La Chinchilla de Cartago, es encontrarse con una mujer realizada y en paz. Ruth sonríe mientras repasa su vida, no se queja aún cuando la aguijonea el dolor y la enfermedad, que entrega cada día a Dios como una ofrenda.

Desde joven Ruth descubrió que quería ser misionera. En su parroquia de Pavas se enamoró de la dulce tarea de anunciar a Cristo. Visitaba comunidades, animaba grupos, daba catequesis… hasta que alguien le habló de la misión ad gentes, es decir, donde no se conoce a Jesús…

La primera estación fue en Panamá, en el Darién, la densa selva en la que todavía hoy solo los muy valientes se atreven a misionar. Ahí, junto a las misioneras claretianas recorrió calles y montañas visitando a los indígenas, a los campesinos y a las poblaciones afrodescendientes. Lideró proyectos de formación y asistencia social.

Una llamada la haría volver a Costa Rica: su amigo el Padre Carlos Alberto González había sido nombrado párroco en Parrita, en la naciente Diócesis de Puntarenas. El sacerdote estaba solo frente a 38 comunidades que debía atender, y la primera persona en quien pensó fue en Ruth.

Le pidió que le ayudara un año a organizar la parroquia, y en efecto, ella pidió permiso y llegó para encargarse de la formación. En esta parroquia se consagró a Dios.

El trabajo era intenso y la vida de Iglesia comenzaba a gestarse. En esa primera Semana Santa llegaron grupos de jóvenes misioneros atraídos por el carisma del Padre González. 

El Domingo de Ramos, en el parque de la comunidad, el sacerdote predicó con un entusiasmo sobrenatural que todavía conmueve a Ruth. Al día siguiente salió para Playa Bandera, su plan era bañarse en el mar, que amaba, desayunar e ir a visitar los pueblos.

Tres veces le dijo a Rut “sea buena” antes de irse. Ruth perdió la paz. Insistentemente lo llamó durante el día y el Padre no contestaba. A las dos de la tarde se fue a buscarlo y su premonición se cumplió. Ahí, frente al mar estaba el carro del Padre junto a todas sus cosas. Él no apareció sino hasta el día siguiente devuelto por el mar. Se había ahogado. Su amigo, su hermano, su alma gemela ya no estaba. Lloró, lloró y lloró. No entendía por qué pasaban las cosas…

Regresó y todavía con más fuerza se dedicó a la evangelización, al punto de que, en broma, los padres de la diócesis le decían la “párroca” de Parrita. Cuando se nombró un nuevo sacerdote terminó su servicio y se fue a Quepos.

Un día conversando con Monseñor Oscar Fernández, le dijo en broma que estaba dispuesta a ir a cualquier parte, incluso a isla Chira si él se lo pedía. Para su sorpresa se lo pidió, y la isla se convirtió en su nuevo hogar. Ahí, junto al Padre Gustavo Meneses organizó la misión. Formaba catequistas, dirigía las celebraciones de la Palabra y construyó la casa de la Iglesia junto al templo. Al hombro, literalmente, metió el cemento, la varilla y los blocks de la construcción, lo que le provocó una hernia en su espalda.

En Chira se movilizaba en moto por los pueblos, donde animaba las celebraciones, vivía el espíritu ecuménico y fomentaba la pastoral juvenil. Llegó a tener 60 jóvenes comprometidos. 

A pesar de ello, la inquietud por la misión ad gentes seguía viva en su corazón. Por eso cuando se fundó el Centro de Formación y Animación Misionera en Honduras no lo pensó y se inscribió. Su sueño era ir a África, pero nuevamente Dios sería quien le mostraría sus planes.

Estando allá se caía con frecuencia, ya estaba operada de la hernia pero el dolor lejos de disminuir se incrementaba. Exámenes iban y venían y ningún médico daba en el punto.

Fue tal el malestar que pasó un año sin poder caminar. Era algo difícil de soportar, pero lo aceptaba pensando que Dios la estaba preparando para la misión.

Un día le hicieron una biopsia y el resultado fue que tenía una infección encapsulada en la columna. Pasó tres meses en el hospital con antibióticos antes de volver a su casa e iniciar la rehabilitación. Tenía todos los músculos atrofiados. Aprendió a caminar de nuevo pero el dolor persistía. Vino una nueva operación y el diagnóstico final: sufre una enfermedad degenerativa hereditaria que afecta los músculos, la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth.

Ruth comprendió entonces que su nueva tierra de misión era la casa de sus padres, donde hoy vela por ellos y por su propia salud. Los dolores no se han ido, pero ella les ha dado sentido en la oración y el ofrecimiento a Dios.

Ruth entrega al Señor su padecimiento por quien lo necesite. Ora por enfermos, por misioneros, por sacerdotes, por sus amados pueblos de Puntarenas, por los obispos, por el Papa… y descubrió que el plan de Dios era convertirla en una misionera en el dolor. El dolor es fecundo y ella lo sabe, por eso hoy, convencida y feliz asegura que “mi África está aquí”.

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“No me arrepiento de decir sí”

  • Hna. Norma Virginia Allen Brown, misionera comboniana costarricense

Ma. Estela Monterrosa S.
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La Hermana Norma Allen es alegre y presume entre risas el ser la única costarricense afrodescendiente religiosa. A sus casi 60 años ha vivido incontables experiencias misioneras, como sentir la amenaza de muerte en más de una ocasión, lo que incluso la hizo enojarse con Dios durante un año.

Es oriunda de Ciudad Neilly, aunque creció en San José. Ella conoció la congregación porque los Misioneros Combonianos atendían su parroquia, Sagrada Familia, y a través de ellos conoció la rama femenina. “Yo me hice religiosa un mes antes de casarme”, recordó.

Tras su ingreso a las Misioneras Combonianas ha servido en Ecuador, México, Italia y Escocia. Al profesar sus votos perpetuos la enviaron a Uganda y tiempo después estudió Ginecología y Obstetricia en México y un postgrado en Administración Hospitalaria en Estados Unidos. Concluidos los estudios volvió a Uganda a dirigir un centro de salud, labor que ejerció durante diez años.

De África, dijo, aprendió que el misionero debe sentarse, ver, oír y callar. “Uno llega con la intención de ponerlos ‘a nuestro nivel’, pero lo que debe hacer es aprender qué quieren ellos, respetar las tradiciones y preguntar -para entender- por qué hacen las cosas de determinada forma”, afirmó. Después de 17 años en África está convencida de que, si bien ella fue a evangelizar, más bien la evangelizaron a ella, “es gente muy fuerte”, dijo.

Afirmó que en las dificultades de la misión se vive y se siente el trabajo codo a codo con Jesús. “Te hace sentir y te hace ver que no estás sola, que Él está contigo y cuando no puedes más, te carga”, añadió. 

Un millón de experiencias

La vida misionera, su labor frente al centro de salud o al cuidado de las hermanas mayores le ha dejado un sin fin de anécdotas que ahora cuenta en las parroquias como forma de alentar a los católicos para apoyar las misiones comprando rosarios o artículos de la congregación.

Recordó una época en que Uganda atravesaba una guerra civil y la población sufría una epidemia de fiebre amarilla. Hizo lo que pudo en el centro de salud, ubicado a 9 horas de la capital, porque no había posibilidad de conseguir medicamentos. “Muchos se salvaron”, dijo. Durante su servicio, le tocó hacer de dentista y hasta de cirujana, aunque es ginecóloga.

En una ocasión la mordió una cobra, sin que ella se percatara de la presencia del animal ni de la mordedura, solo que de pronto le costaba respirar y se le hinchó la pierna. Como pudo se arrastró a la capilla y se quedó dormida. Cuando despertó, la llevaron a un hospital, pero le dijeron que le iban a amputar la pierna así que se escapó y se fue al centro de salud que dirigía. Su pierna se pudo salvar.

En otra ocasión, iba manejando una ambulancia cuando le dispararon y la hicieron volcar. Luego le apuntaron con un arma y trató de negociar con los asaltantes que después de angustiosos momentos la dejaron libre. “Yo me enojé con Dios por eso. Pensaba que no era justo que yo diera mi vida por servir a los demás y que Él permitiera que eso me pasara. No me confesé durante un año hasta que en un viaje a Costa Rica me fui a confesar. Lloré mucho. Ese día entendí que yo ya había dado mi vida y que, si moría, yo lo había aceptado cuando dije que quería ser misionera”, dijo.

Después de África estuvo en Italia cuidando a las hermanas mayores, aseguró que es una forma diferente de misionar, pues encontraba a Cristo en ellas al recordarles todo lo que habían hecho por Él y por los demás, con lo que partían en paz.

Esa forma de despedir y tranquilizar a las personas en el ocaso de su vida la aprendió en África, donde una tribu acostumbraba a dejar a sus muertos en la selva, pero antes le recordaban al difunto que había comido de las plantas, los animales, que había tenido descendencia y todo lo que había logrado en su vida.

Recordó a una hermana que, a sus 92 años, grave, sentía miedo de la muerte, entonces ella le pidió que pensara cuando había sido maestra, a cuántos niños enseñó, lo que hizo en Sudán. Percibió un brillo especial en sus ojos, le preguntó si estaba viendo a Jesús y la anciana le dijo que sí, entonces la animó a irse con él y le pidió que orara por la congragación. “Ella cerró los ojos con una gran paz y pensé ‘yo quiero morir así’”.

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Dios se manifestó cuando todo parecía perdido

Laura Ávila Chacón
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La misericordia de Dios llena de luz el hogar de Paula Sáenz Soto, una artista de arte sacro, conocida como “Paula en el Bosque”.

Pero no siempre fue así. De hecho su historia de fe inicia en medio del dolor, la desesperanza y la incomprensión sobre los planes de Dios.

Paula, y su esposo Gustavo querían ser papás, un deseo muy natural de todo matrimonio, pero luego de muchos intentos, tratamientos y operaciones, un diagnóstico devastador producto de la endometriosis que padece Paula terminaría por acabar con sus esperanzas: para los médicos no había forma de que ella quedara embarazada.

Derramaron lágrimas e hicieron súplicas que parecía que en el cielo nadie escuchaba. Los cuestionamientos llegaron ¿Por qué a nosotros?, ¿Qué hicimos mal?, preguntas que toda pareja en esa situación se haría.

Las heridas de aquel largo e infructuoso proceso los llevaron a desistir de su deseo de ser papás, y cuando todo estaba oscuro, Dios se manifestó.

Luego de un examen de rutina, para su sorpresa, estaba embarazada. Y para confirmarles que aquello era pura gracia de Dios, sacando cuentas se dieron cuenta que Paula había quedado encinta el 6 de enero, día de Epifanía de aquel año.

Su pequeño milagro se llama “Gabriel”, un nombre que no es casualidad, sino que fue cuidadosamente elegido porque significa “fuerza de Dios”, para quien nada es imposible.

Paula y Gustavo comprendieron entonces que en aquel camino de sufrimiento, Dios siempre estuvo a su lado, los cuidó y permitió que todo lo humanamente posible se hiciera, y que cuando parecía que no había salida, cuando no quedaba más que la resignación, su infinito amor se manifestara con ternura y poder. Solo había que confiar.

Hoy, su matrimonio de 21 años con su hijo son testimonio de lo que sucede cuando todo se abandona y entrega en las manos de Dios.

Luego del nacimiento de Gabriel, Paula volvió a quedar embarazada, pero debido a su endometriosis, perdió a su segundo bebé.

Todas estas experiencias le sirven ahora para acompañar a mujeres que llegan a su taller sufriendo situaciones similares, y muchas veces sin saberlo buscan una respuesta que encuentran en el diálogo y el consejo con ella. 

Una vida nueva, junto a la Virgen

Aquel milagro, sin embargo, obró en Paula y su familia mucho más de lo que se podría pensar. La “vida ruidosa” quedó atrás para esta artista, que desde aquella vivencia decidió dedicar su talento a Dios. Hoy Paula en el Bosque es una reconocida marca de arte sacro que transmite a quien lo aprecia siempre un mensaje único y personal. Sus obras se aprecian incluso fuera de nuestro país, en el Vaticano, San Giovanni Rotondo y Fátima.

Paula encuentra en la oración la fuente de su inspiración, y en particular en el rezo del Santo Rosario, la fuerza para seguir creando arte para Dios.

Ella atribuye a la Madre del Cielo la intercesión por su milagro y por su nueva vida, una existencia transformada en el amor de Dios.

Ese gusto por las cosas de Dios Paula lo canalizó por medio del estudio de la teología y el servicio en la Iglesia. Deseaba conocer más para amar más.

Su ingreso al arte sacro fue a través de una representación de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Desde entonces pinta solo temas relacionados con la fe.

En su taller hay variedad de iconos de Jesús y María, Sagradas Familias, ángeles, pasitos y todo tipo de temáticas religiosas. Es su forma de agradecer, hablar de Dios y evangelizar.

Siempre, antes de empezar a pintar, Paula llama a la persona que le pidió el cuadro y le pide que comience a rezar. A todos les recomienda el Santo Rosario, la oración mariana por excelencia. “Creo que Dios me utiliza como instrumento para llegar a otras personas”, resume sentada en su taller, feliz, plena y agradecida.

Muchos testimonios recibe a diario de su trabajo. Incluso tiene, sin costo alguno para quien se lo pida, cintas de la Virgen de la Dulce Espera que han sido bendecidas, a fin de que ayuden a personas a enfrentar situaciones difíciles de su vida de la mano de la Virgen, tal y como ella lo hizo. Esa fe y ese amor, asegura, nunca quedarán sin respuesta de parte de Dios.

Artículo publicado en Eco Católico el 2 de diciembre.

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“Llevo en el corazón ser sacerdote”

  • Pbro. Robert Chacón, Diócesis de Ciudad Quesada

Ma. Estela Monterrosa S.
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Cuando Robert era adolescente se consideraba tímido, inseguro y un poco introvertido, y aunque desde niño le llamaba la atención ser sacerdote, imaginarse al frente de una comunidad parroquial lo atemorizaba.

Sin embargo, cuando concluyó sus estudios secundarios decidió ingresar al seminario y darse la oportunidad de cumplir su sueño.

Robert es el cuarto de seis hermanos, sus padres tienen 55 años de casados recién cumplidos. Es oriundo de Santa Clara de San Carlos, donde aprendió las labores del campo como cortar caña, coger café, ordeñar y trabajar en construcción.

Su vínculo con la parroquia se dio después de realizar la Primera Comunión, cuando lo invitaron a ser monaguillo, ahí fue donde se ilusionó con ser sacerdote. Desde muy joven fue parte del comité económico de la parroquia, también colaboró como sacristán, catequista, en el coro y en la Pastoral Juvenil.

En 1993 ingresó al seminario. “Siento que soy sacerdote por vocación. Logré terminar el colegio, talvez en eso tuvo que ver el deseo de ser sacerdote. Mi párroco fue uno de los que más me motivó para hacer el proceso vocacional y el Pbro. Manuel Eugenio Salazar, hoy obispo de Tilarán –Liberia, que es amigo de la familia”, recordó.

Sus padres apoyaron su decisión, su mamá estaba entusiasmada porque uno de sus hermanos había estado en el seminario. Su papá experimentó cierta incertidumbre.

“Fue interesante porque nunca había salido de la casa por mucho tiempo. La primera vez fue para una semana de misión en Boca Arenal antes de ingresar al seminario. Luego esa sería mi primera parroquia”, recordó. 

En el seminario estuvo hasta que concluyó Filosofía, pero salió y estuvo fuera 4 años. “Dios llama y uno responde, pero es una respuesta libre y eso implica hablar. Al llegar al tercer año el rector me dijo que podía seguir o retirarme con toda tranquilidad”.

En ese momento, el Pbro. Oswaldo Brenes (qdDg) era su director espiritual. Con él conversó y decidió salir para experimentar que podía pasar.

Al salir del seminario buscó trabajo como profesor de religión, estudió Educación Religiosa, además de ser bachiller en Filosofía. También, obtuvo una licenciatura en Administración Educativa.

Trabajó en centros educativos de Santa Rosa, Fortuna, Ciudad Quesada y María Inmaculada. A los 26 años lo nombraron asesor de Educación Religiosa (1999).

Pero volvió al seminario porque la inquietud persistía a pesar de la estabilidad laboral. “Me pasaba que me gustaba escuchar y aconsejar a las personas y sentía que quería pasar de ahí, pero no podía. Ahora entiendo que lo que sentía era que no podía confesar y ser director espiritual. Un sacerdote tiene una ventaja y es que quien lo busca llega con la disposición de abrirse y uno puede aprovechar ese espacio para ayudar”.

Robert recibió la ordenación sacerdotal el 11 de diciembre del 2004 a los 33 años en la Catedral de Ciudad Quesada de manos de Mons. Ángel San Casimiro.

Plenitud en el sacerdocio

De su ministerio, dijo, disfruta muchas cosas. “Me gusta mucho atender a los feligreses, confesar, dar dirección espiritual, interactuar con la gente, celebrar la Eucaristía, aunque hay días de mucho cansancio, también son de mucha plenitud, hay experiencias que no tienen precio”, comentó.

Agregó que le gusta contemplar la vida de los santos, porque son experiencias humanas reales. “Surge la idea, si ellos pudieron uno puede. En uno surge el deseo de ser santo. Esas experiencias no son inventadas”.

En su ministerio, agregó, a veces es testigo de situaciones difíciles que afectan a la comunidad y que siente como si le afectaran a él también. “Por ejemplo, la situación que viven actualmente los pequeños productores de piña, los inmigrantes que vienen a la parroquia, las familias que reciben ayuda de la Pastoral Social que reparte 20 o 30 diarios”.

El padre Robert ha ejercido su ministerio sacerdotal como vicario en Venecia y en Monterrey. En Boca Arenal, San Miguel de Sarapiquí y Pital como párroco y además fue director del Colegio Diocesano Eladio Sancho. Ahora, “Dios me ha regalado algo especial que es ser director espiritual en el Seminario Nuestra Señora de los Ángeles”, comentó. 

“En el futuro no me veo fuera del ministerio. Hasta donde Dios me lo permita haré lo mejor y daré mi mayor esfuerzo. Cuando llego a una parroquia busco tres cosas: animar, acompañar y formar. Llevo en el corazón la vocación de ser docente”.

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“He sido un chineado de Dios”

  • Padre David Fuentes, Diócesis de Limón

Laura Ávila Chacón
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El Padre David Fuentes nació en 1971. Su infancia transcurrió en el seno de una familia católica. Sus padres fueron don Cecilio Fuentes Arias y doña Evelia Quirós Araya. 

Su vocación a la vida sacerdotal se remonta precisamente a estas raíces de la fe de su familia, cosa que comprendió luego de ordenarse como presbítero en 1998.

“Entendí a través del tiempo mi vocación por mis papás, mis abuelos y por un animador comunitario al que siempre encontraba rezando en la capilla del Santísimo”, afirma el sacerdote, incardinado a la Diócesis de Limón y que actualmente estudia derecho canónico en España.

Desde aquel momento en su mente y corazón siempre estuvo la idea del sacerdocio, hasta que un día decidió solicitar su ingreso al seminario, pensando en que si lo aceptaban podría ser señal de que era el camino que Cristo quería para él.

El ejemplo del animador fue determinante “Él organizaba misas, reunía la comunidad y siempre rezaba para que en el pueblo hubiera una vocación religiosa”, recuerda.

El llamado a la vida religiosa se le manifestó de diferentes maneras y en diferentes etapas de la vida. “Mi decisión vocacional se presentó como un misterio de Dios. Él me fue llevando por sus caminos de manera natural, es decir, no fue de modo extraordinario sino en lo ordinario que él se me manifestó”.

Desde entonces, ha podido palpar la mano de Dios siempre en su ministerio, por eso se describe como “un chineado del Señor”.

“He visto la mano de Dios en la gente que me ha apoyado, colaborado y aún continúan apoyándome a través de la oración, eso siempre lo he visto como un signo de Dios, Él me ha preparado el camino en mi ministerio”, afirma.

El Padre David fue ordenado por imposición de manos de Mons. José Francisco Ulloa Rojas, primer obispo de Limón, en la antigua catedral. Aún tiene viva en su mente la frase que escogió para ese momento tan especial, en unión de sus seres queridos y todos los fieles de la diócesis. La frase es “Hagan lo que él les diga”, un recuerdo, que según el sacerdote, todavía le da fuerza hoy.

La vocación es un misterio de amor

El Padre David afirma que la vocación siempre nace en el seno de una familia. “Para mí la familia es y será semillero de vocaciones. En mi caso gracias a Dios he contado con el amor y el cariño de mis padres y mis cinco hermanos”, explica.

Meditando sobre el sacerdocio, asegura que “es un misterio de amor entre un Dios que llama por amor y un hombre que responde libremente y por amor”. La vocación sacerdotal, recuerda, no es una carrera con una meta definida, sino una historia de amor con los hermanos que más necesitan. 

“El sacerdote está llamado a ser puente entre Dios y los hombres, porque muchas personas necesitamos este encuentro con Jesucristo que se nos hace presente en la Eucaristía”.

Con este deseo de servir, el Padre David se propuso terminar sus estudios en psicología, como un complemento de su vocación sacerdotal.

“La intención primera fue mantenerme actualizado en los estudios, porque creo que un sacerdote ocupa estar formado, por eso, cuando terminé los estudios en el seminario, me hice el propósito de seguir ligado a la universidad, no por sacar una carrera sino por mantenerme actualizado y eso ha sido de mucha utilidad en mi ministerio y vida personal, lo recomiendo a mis compañeros sacerdotes”, afirma. 

Actualmente, dada la necesidad de instaurar una primera instancia del Tribunal Eclesiástico en Limón, el Padre David fue enviado a estudiar derecho a España, a la Universidad de Salamanca, por iniciativa de Mons. Javier Román, su obispo.

Allá estará Dios mediante durante los próximos tres años, tiempo durante el cual guardará el agradecimiento a todos los que de una u otra forma han contribuido a su crecimiento como sacerdote y como persona. En particular a sacerdotes como Evelio Salazar, Francisco Trejos y Manuel Eugenio Salazar.

“A todos les agradezco de corazón la ayuda, la orientación y el consejo al igual que a los laicos, que también son parte de mi vida, son escuela, animación y alegría”, concluyó.

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