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“Con Dios y mucha disciplina logré salir adelante”

Sofía Solano Gómez
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Tres niños y su padre, víctimas de su madre y esposa quien prendió fuego a su hogar, en Guadalupe de Goicoechea, es una de las tantas imágenes fuertes que han marcado a Carolina Fernández en su servicio de emergencias, en los ya 16 años que tiene como bombera.

Ella, quien también es madre y esposa, no borra de su memoria las manitas que apenas se alcanzaban a ver bajo una cobija mientras se propagaba el incendio. Se trataba de dos menores de entre seis y ocho años de edad, quienes fueron cargados en su auxilio, pero ya sin signos vitales.

El otro pequeño, un bebé en coche y su padre, finalmente fueron colocados en la cochera de la habitación junto a los dos niños que Fernández encontró. Una dramática y triste escena que recuerda con dolor.

Dedicada al servicio

Esta mujer de 43 años de edad, carga consigo, al igual que sus compañeros, 35 kilos de más por cada ocasión en que atiende un incidente. Su equipo de protección (el traje amarillo) pesa 15 kilos, mientras que el equipo de aire es una carga de 20 kilos.

De ahí la necesaria disciplina que mantiene en su diario vivir. Por las mañanas junto con sus compañeros realiza ejercicios, se capacita, se instruye y forma constantemente para mantener la fuerza y el espíritu de servicio. 

Trabaja de día por medio 24 horas diarias, en sus horas de descanso duerme con el radio a su lado. Cuenta que por instinto se despierta cuando suena porque ha ocurrido una emergencia.

Carolina trabajó cinco años en el 911, en la administración de llamadas de emergencia. Fue voluntaria de la Cruz Roja y Bomberos, por nueve y dos años respectivamente. En este tiempo también trabajó esporádicamente en emergencias privadas.

De niña nunca se relacionó con bomberos, cuenta que quizá el motivo por el cual optó por el servicio a las emergencias fue su figura paterna, quien se caracterizó siempre por ayudar a los demás.

“Si en el barrio había un corto circuito, un herido…yo iba detrás de él, esa fue mi mayor motivación”, dijo. 

“Gracias a Dios he salido adelante”

Tras su paso por la Cruz Roja conoció a dos bomberos en un curso que llevó en Estados Unidos, de regreso al país “ellos me decían: ‘métase, no hay mujeres, pero usted puede, ya la hemos visto en el trabajo’.”

Fue así como inició gracias al apoyo de sus compañeros. Primero como voluntaria en la oficina de comunicación, luego al ver a sus colegas bomberos en acción, decidió pasarse formalmente a una estación.

Entre sus mayores retos destaca el ascender de puesto, “llegué como paramédico, sabía conducir camiones, tenía licencia B3 y muchos cursos de rescate” hasta aprendió a bucear.  Superó las pruebas “muy duras” según recuerda, por ello agradece a Dios poder siempre salir adelante.

“En un principio mis compañeros no se querían juntar conmigo”. Una de sus anécdotas es cuando el maquinista de aquel entonces debía entregarle el vehículo “me desconectaba cables y cuando lo recibía tenía muchos problemas”, pero no se dejó y hasta aprendió mecánica.

De maquinista pasó a sargento, luego ascendió a teniente. 

Para llegar a ser la capitana de la estación de Bomberos de Tibás reconoce que tuvo que estudiar muchísimo, exigirse a sí misma y estar en constante búsqueda de personas que sí quieren ayudar para que respondan a sus dudas e inquietudes. En esta estación hay tres mujeres más, dos aspirantes a ser voluntarias. 

Considera que la resistencia de los bomberos más longevos ha sido mayor que con los que ingresan, aunque para ella no hay diferencia, porque además “uno tiene como ese espíritu maternal. Por ejemplo, si alguno cumple años siempre hay algún detalle y esas cosas no las tienen entre hombres”, dijo.

Para ella ser bombera es un estilo de vida, “cuando estoy en la casa más bien deseo venir al trabajo. Lo más bonito es que lo que uno hace es gratificante, la mayoría de las personas son agradecidas porque ayudaste en algo. A veces es por algo que para uno es normal como cuando llaman por una serpiente, para algunos eso es una emergencia enorme”, concluyó entre risas.

 

 

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“Hice nueve intentos de suicidio pero Dios me libró porque me ama”

Laura Ávila Chacón
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July (nombre ficticio), ha tenido una vida dura. Desde muy pequeña estuvo expuesta a la violencia intrafamiliar, situación que cargaba como una culpa por ser la hija mayor. Se trataba de un sentimiento que crecía con el tiempo pero que ella nunca dejaba salir. Solo callaba y callaba…

Un día, en medio de las discusiones de sus padres gritó que se quería matar. Aquello fue como una espada que le traspasó el corazón. Su papá recomendó llevarla al hospital psiquiátrico, y su mamá consiguió a alguien que la escuchaba y la tranquilizaba un poco, pero aquella idea seguía rondando su cabeza.

Cuando cumplió 15, July ya fumaba en su cuarto a escondidas de su madre, que pensaba que encerrándola en la casa la protegía de sus ideas suicidas. El dinero se lo pedía a su papá, que prefería dárselo él a que ella fuera a la calle a buscarlo.

Aquel círculo vicioso se acentuó con el drama de varios amores fallidos, reflejo del deseo de July de salir de la situación que la oprimía desde niña.

A corta edad tuvo que hacerse cargo de sus dos hermanos, dado que su madre salía a trabajar para poder traer algo de comida a la casa.

Asumir esa responsabilidad hizo nacer en ella una repulsión a los hijos. No quería saber nada de niños y menos que pasaran por las cosas que ella había vivido.

Pidió por eso esterilizarse siendo todavía joven, posibilidad que se le negó en varios hospitales. Luego quiso ser religiosa, todo buscando una respuesta al vacío que sentía en su vida. Descartada esa opción, cayó en una profunda depresión existencial. July se preguntaba si tenía sentido vivir sin un propósito.

Y como si todo eso fuera poco, pasó por una terrible experiencia de abuso sexual que radicalizó todos sus traumas. Ya no dormía ni comía. “No era yo, lo único que hacía era caminar y caminar sin rumbo, era lo único que me calmaba un poco”, recuerda.

Verla así, conmovió a su papá, que la llevaba a regañadientes a misa a cambio de ropa. Él quería acercarla del modo que fuera a Dios. Ella se valía de aquel deseo para obtener cosas que de otro modo no conseguiría. Nunca fue por convicción hasta que un día repartieron unas invitaciones a la Pastoral Juvenil de la parroquia.

En la invitación venía el contacto de un médico psiquiatra que se convirtió en su ángel. Con él conversaba de todo lo que a nadie la había contado jamás. Sus consejos la fueron ayudando a salir del abismo en el que se encontraba.

Junto a otros jóvenes de la parroquia aprendió lo que nunca en su casa había visto: comprensión, ayuda mutua, trabajo en equipo, solidaridad, perdón, amor…

Al principio pensaba que se iba a “panderetear”, pensando en una idea errónea acerca de la Pastoral Juvenil, pero luego encontró en el grupo la familia que siempre quiso tener.

Su sanación estaba en marcha. En una vigilia todo aquello que llevaba cargando desde niña reventó. Lloró, lloró y lloró. Le imploró a Dios romper todas las cadenas que la ataban y que la hicieron, en el transcurso de los años, intentar suicidarse nueve veces.

La vida empezó a tener sentido para July. Iba a misa porque quería y comenzaba a sentir que de todo el sufrimiento tenía que salir algo bueno para ella.

Quería una familia, retomó los estudios y cuando la Pastoral Juvenil ya no fue para ella, por su edad, permaneció aun así un año más.

“Mi relación con Dios ahora es de amor, es cercana, es de paz, claro a veces hay recuerdos que me mueven todo, pero trato de cultivarle el amor a mis hijos”, relata hoy, serena, July en su humilde casa en San José.

“Ahora soy abierta al diálogo, sé que Dios que nos ama y me libró para que pudiera dar testimonio de su amor”, agrega.

Con 37 años, July repasa su vida con más paz, consciente de que trabajará en romper cadenas hasta el final de su vida. Para lograrlo, se apoya en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde encuentra la fuente que llena cualquier vacío, por grande y profundo que sea.

 

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“A la gente le digo que no tengan miedo de darse”

  • Xinia Araya trabaja como miscelánea con pacientes VIH 

Danny Solano Gómez
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Doña Xinia Araya recuerda a aquel joven de 30 años con VIH, a quien ella le limpiaba la habitación. Con el tiempo se hicieron amigos, él le contó sobre su vida, de cómo su familia lo rechazó por ser homosexual y cómo llegó hasta el Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, en Cartago, una institución encargada de brindar atención integral a pacientes con VIH y SIDA.

Ella lo cuidaba, fue como una mamá para él. La víspera de su fallecimiento lo vio muy triste. Siempre cuando hay alguien muy grave ella reza con el paciente la Coronilla de la Divina Misericordia, esa vez no había podido porque ya era muy tarde. Entonces le pidió al Señor que le permitiera verlo con vida un día más para rezar juntos. 

“Cuando me vio me ofreció una sonrisa. Rezamos y a los 20 minutos falleció. Sentí la mano de Dios dándome algo que le había pedido”, contó.

Esta vecina de Ujarrás de Paraíso, se casó y tuvo dos hijos. Comenzó su servicio en la Iglesia, primero limpiando el templo y lavando las vestimentas del sacerdote. 

Un día fue a visitar a una familiar que vivía y cuidaba chicos en el Albergue Pueblito en Paraíso. Su esposo, un agricultor que buscaba mejores oportunidades en el centro, le propuso que también fueran a vivir allí y cuidaran de niños. Tuvo a su cargo a 12 muchachos y muchachas por seis años.

Primeros encuentros con pacientes VIH

Cuando colaboraba en Pueblito conoció a una mujer que le habló acerca del Hogar Nuestra Señora de la Esperanza. Pertenecía a un grupo de visitadores que iban a las casas de pacientes con VIH y la invitó a las reuniones con los Padres Capuchinos. 

Doña Xinia se sincera y admite que al principio tuvo ciertos temores, en parte por la poca información que tenía respecto al virus. 

Aun así cuando su amiga le invitó a ir a una de las casas aceptó. Se acuerda que en aquella oportunidad le ofrecieron una taza de café y ella la tomó nerviosa. 

No obstante, conforme conoció más acerca del VIH y los pacientes, sus temores se alejaron, pronto se convertiría en una visitadora. 

Se acuerda cuando la gente le decía que cómo se le ocurría hacer semejante cosa, que la podían contagiar, que estaba loca. “La gente tenía muy satanizada la enfermedad, y aun hoy tienen prejuicios, por eso cuando tengo la oportunidad les explico”, expresó. 

Cuando el Hogar de la Esperanza inauguró las instalaciones actuales ella se hizo voluntaria. “El que usted se incomode, que salga de su confort para ayudar a otra persona, es decir, cuando usted cambia un pañal, baña a una persona, es algo que no paga ninguna plata, es algo que te llena de paz, me sentía muy bien. Yo amo este lugar”, mencionó.

A finales del 2012, la situación económica en su casa no era la mejor, su marido le pidió buscar un empleo para salir adelante con los gastos. Un día se encontró con una conocida y esta le contó que trabajaba para el Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, muchos recuerdos volvieron a su cabeza y doña Xinia le contó su historia de voluntariado.

Para Navidad, de rodillas imploró a Dios un trabajito donde pudiera continuar su servicio como Ministra Extraordinaria de la Comunión y sacristana en la iglesita de su pueblo.

El 30 de diciembre la llamaron del Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, la administradora le dijo que alguien le había contado que ella estaba buscando empleo y que había un puesto vacante.

Doña Xinia dijo inmediatamente que aceptaba, ni siquiera preguntó cuál puesto era ni cuánto era el salario. Así empezó una nueva etapa como miscelánea en el Hogar.

Dice que ha aprendido mucho, aquí ha forjado su carácter y ha mejorado como persona. Siempre se ha caracterizado por su trato cariñoso con los pacientes, de hecho, a los que no les incomoda, suele darles un abrazo.

Los jueves ella limpia y adorna la Capilla del Hogar, prepara un altar bien bonito, pone música y coloca una velita por cada paciente y cada colaborador. 

“A la gente le digo que no tengan miedo de darse, la Madre Teresa decía: “Ama hasta que duela, si duele es buena señal”, hay que hacer las cosas para Dios no para los seres humanos, si lo hacemos para Dios, él siempre recompensa”.

 

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“Llevo en el corazón ser sacerdote”

  • Pbro. Robert Chacón, Diócesis de Ciudad Quesada

Ma. Estela Monterrosa S.
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Cuando Robert era adolescente se consideraba tímido, inseguro y un poco introvertido, y aunque desde niño le llamaba la atención ser sacerdote, imaginarse al frente de una comunidad parroquial lo atemorizaba.

Sin embargo, cuando concluyó sus estudios secundarios decidió ingresar al seminario y darse la oportunidad de cumplir su sueño.

Robert es el cuarto de seis hermanos, sus padres tienen 55 años de casados recién cumplidos. Es oriundo de Santa Clara de San Carlos, donde aprendió las labores del campo como cortar caña, coger café, ordeñar y trabajar en construcción.

Su vínculo con la parroquia se dio después de realizar la Primera Comunión, cuando lo invitaron a ser monaguillo, ahí fue donde se ilusionó con ser sacerdote. Desde muy joven fue parte del comité económico de la parroquia, también colaboró como sacristán, catequista, en el coro y en la Pastoral Juvenil.

En 1993 ingresó al seminario. “Siento que soy sacerdote por vocación. Logré terminar el colegio, talvez en eso tuvo que ver el deseo de ser sacerdote. Mi párroco fue uno de los que más me motivó para hacer el proceso vocacional y el Pbro. Manuel Eugenio Salazar, hoy obispo de Tilarán –Liberia, que es amigo de la familia”, recordó.

Sus padres apoyaron su decisión, su mamá estaba entusiasmada porque uno de sus hermanos había estado en el seminario. Su papá experimentó cierta incertidumbre.

“Fue interesante porque nunca había salido de la casa por mucho tiempo. La primera vez fue para una semana de misión en Boca Arenal antes de ingresar al seminario. Luego esa sería mi primera parroquia”, recordó. 

En el seminario estuvo hasta que concluyó Filosofía, pero salió y estuvo fuera 4 años. “Dios llama y uno responde, pero es una respuesta libre y eso implica hablar. Al llegar al tercer año el rector me dijo que podía seguir o retirarme con toda tranquilidad”.

En ese momento, el Pbro. Oswaldo Brenes (qdDg) era su director espiritual. Con él conversó y decidió salir para experimentar que podía pasar.

Al salir del seminario buscó trabajo como profesor de religión, estudió Educación Religiosa, además de ser bachiller en Filosofía. También, obtuvo una licenciatura en Administración Educativa.

Trabajó en centros educativos de Santa Rosa, Fortuna, Ciudad Quesada y María Inmaculada. A los 26 años lo nombraron asesor de Educación Religiosa (1999).

Pero volvió al seminario porque la inquietud persistía a pesar de la estabilidad laboral. “Me pasaba que me gustaba escuchar y aconsejar a las personas y sentía que quería pasar de ahí, pero no podía. Ahora entiendo que lo que sentía era que no podía confesar y ser director espiritual. Un sacerdote tiene una ventaja y es que quien lo busca llega con la disposición de abrirse y uno puede aprovechar ese espacio para ayudar”.

Robert recibió la ordenación sacerdotal el 11 de diciembre del 2004 a los 33 años en la Catedral de Ciudad Quesada de manos de Mons. Ángel San Casimiro.

Plenitud en el sacerdocio

De su ministerio, dijo, disfruta muchas cosas. “Me gusta mucho atender a los feligreses, confesar, dar dirección espiritual, interactuar con la gente, celebrar la Eucaristía, aunque hay días de mucho cansancio, también son de mucha plenitud, hay experiencias que no tienen precio”, comentó.

Agregó que le gusta contemplar la vida de los santos, porque son experiencias humanas reales. “Surge la idea, si ellos pudieron uno puede. En uno surge el deseo de ser santo. Esas experiencias no son inventadas”.

En su ministerio, agregó, a veces es testigo de situaciones difíciles que afectan a la comunidad y que siente como si le afectaran a él también. “Por ejemplo, la situación que viven actualmente los pequeños productores de piña, los inmigrantes que vienen a la parroquia, las familias que reciben ayuda de la Pastoral Social que reparte 20 o 30 diarios”.

El padre Robert ha ejercido su ministerio sacerdotal como vicario en Venecia y en Monterrey. En Boca Arenal, San Miguel de Sarapiquí y Pital como párroco y además fue director del Colegio Diocesano Eladio Sancho. Ahora, “Dios me ha regalado algo especial que es ser director espiritual en el Seminario Nuestra Señora de los Ángeles”, comentó. 

“En el futuro no me veo fuera del ministerio. Hasta donde Dios me lo permita haré lo mejor y daré mi mayor esfuerzo. Cuando llego a una parroquia busco tres cosas: animar, acompañar y formar. Llevo en el corazón la vocación de ser docente”.

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“He sido un chineado de Dios”

  • Padre David Fuentes, Diócesis de Limón

Laura Ávila Chacón
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El Padre David Fuentes nació en 1971. Su infancia transcurrió en el seno de una familia católica. Sus padres fueron don Cecilio Fuentes Arias y doña Evelia Quirós Araya. 

Su vocación a la vida sacerdotal se remonta precisamente a estas raíces de la fe de su familia, cosa que comprendió luego de ordenarse como presbítero en 1998.

“Entendí a través del tiempo mi vocación por mis papás, mis abuelos y por un animador comunitario al que siempre encontraba rezando en la capilla del Santísimo”, afirma el sacerdote, incardinado a la Diócesis de Limón y que actualmente estudia derecho canónico en España.

Desde aquel momento en su mente y corazón siempre estuvo la idea del sacerdocio, hasta que un día decidió solicitar su ingreso al seminario, pensando en que si lo aceptaban podría ser señal de que era el camino que Cristo quería para él.

El ejemplo del animador fue determinante “Él organizaba misas, reunía la comunidad y siempre rezaba para que en el pueblo hubiera una vocación religiosa”, recuerda.

El llamado a la vida religiosa se le manifestó de diferentes maneras y en diferentes etapas de la vida. “Mi decisión vocacional se presentó como un misterio de Dios. Él me fue llevando por sus caminos de manera natural, es decir, no fue de modo extraordinario sino en lo ordinario que él se me manifestó”.

Desde entonces, ha podido palpar la mano de Dios siempre en su ministerio, por eso se describe como “un chineado del Señor”.

“He visto la mano de Dios en la gente que me ha apoyado, colaborado y aún continúan apoyándome a través de la oración, eso siempre lo he visto como un signo de Dios, Él me ha preparado el camino en mi ministerio”, afirma.

El Padre David fue ordenado por imposición de manos de Mons. José Francisco Ulloa Rojas, primer obispo de Limón, en la antigua catedral. Aún tiene viva en su mente la frase que escogió para ese momento tan especial, en unión de sus seres queridos y todos los fieles de la diócesis. La frase es “Hagan lo que él les diga”, un recuerdo, que según el sacerdote, todavía le da fuerza hoy.

La vocación es un misterio de amor

El Padre David afirma que la vocación siempre nace en el seno de una familia. “Para mí la familia es y será semillero de vocaciones. En mi caso gracias a Dios he contado con el amor y el cariño de mis padres y mis cinco hermanos”, explica.

Meditando sobre el sacerdocio, asegura que “es un misterio de amor entre un Dios que llama por amor y un hombre que responde libremente y por amor”. La vocación sacerdotal, recuerda, no es una carrera con una meta definida, sino una historia de amor con los hermanos que más necesitan. 

“El sacerdote está llamado a ser puente entre Dios y los hombres, porque muchas personas necesitamos este encuentro con Jesucristo que se nos hace presente en la Eucaristía”.

Con este deseo de servir, el Padre David se propuso terminar sus estudios en psicología, como un complemento de su vocación sacerdotal.

“La intención primera fue mantenerme actualizado en los estudios, porque creo que un sacerdote ocupa estar formado, por eso, cuando terminé los estudios en el seminario, me hice el propósito de seguir ligado a la universidad, no por sacar una carrera sino por mantenerme actualizado y eso ha sido de mucha utilidad en mi ministerio y vida personal, lo recomiendo a mis compañeros sacerdotes”, afirma. 

Actualmente, dada la necesidad de instaurar una primera instancia del Tribunal Eclesiástico en Limón, el Padre David fue enviado a estudiar derecho a España, a la Universidad de Salamanca, por iniciativa de Mons. Javier Román, su obispo.

Allá estará Dios mediante durante los próximos tres años, tiempo durante el cual guardará el agradecimiento a todos los que de una u otra forma han contribuido a su crecimiento como sacerdote y como persona. En particular a sacerdotes como Evelio Salazar, Francisco Trejos y Manuel Eugenio Salazar.

“A todos les agradezco de corazón la ayuda, la orientación y el consejo al igual que a los laicos, que también son parte de mi vida, son escuela, animación y alegría”, concluyó.

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