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“Llevo en el corazón ser sacerdote”

  • Pbro. Robert Chacón, Diócesis de Ciudad Quesada

Ma. Estela Monterrosa S.
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Cuando Robert era adolescente se consideraba tímido, inseguro y un poco introvertido, y aunque desde niño le llamaba la atención ser sacerdote, imaginarse al frente de una comunidad parroquial lo atemorizaba.

Sin embargo, cuando concluyó sus estudios secundarios decidió ingresar al seminario y darse la oportunidad de cumplir su sueño.

Robert es el cuarto de seis hermanos, sus padres tienen 55 años de casados recién cumplidos. Es oriundo de Santa Clara de San Carlos, donde aprendió las labores del campo como cortar caña, coger café, ordeñar y trabajar en construcción.

Su vínculo con la parroquia se dio después de realizar la Primera Comunión, cuando lo invitaron a ser monaguillo, ahí fue donde se ilusionó con ser sacerdote. Desde muy joven fue parte del comité económico de la parroquia, también colaboró como sacristán, catequista, en el coro y en la Pastoral Juvenil.

En 1993 ingresó al seminario. “Siento que soy sacerdote por vocación. Logré terminar el colegio, talvez en eso tuvo que ver el deseo de ser sacerdote. Mi párroco fue uno de los que más me motivó para hacer el proceso vocacional y el Pbro. Manuel Eugenio Salazar, hoy obispo de Tilarán –Liberia, que es amigo de la familia”, recordó.

Sus padres apoyaron su decisión, su mamá estaba entusiasmada porque uno de sus hermanos había estado en el seminario. Su papá experimentó cierta incertidumbre.

“Fue interesante porque nunca había salido de la casa por mucho tiempo. La primera vez fue para una semana de misión en Boca Arenal antes de ingresar al seminario. Luego esa sería mi primera parroquia”, recordó. 

Más detalles, en la edición impresa del 28 de octubre.

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Cerró su clínica dental y siguió el llamado de Dios

  • Pbro. Guillermo Cabezas, párroco de Barrio Unión, Cañas

Danny Solano Gómez
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Decidió vender su clínica dental, renunciar a su trabajo como profesor universitario e irse el seminario. Esto lo hizo el Padre Guillermo Cabezas, actual Párroco de Nuestra Señora del Carmen, en Barrio Unión de Cañas, Guanacaste, y promotor vocacional de la Diócesis de Tilarán-Liberia.

Nació en Guadalupe, San José, en 1970, fue un niño activo que participaba de actividades escolares como obras de teatro, bailes típicos, actos cívicos y desfiles. También comenzó a disfrutar del deporte, el dibujo y la pintura.

Fue en esa época cuando aprendió a tocar guitarra, compañera de misión inseparable, pues la lleva a los pueblos que visita y regularmente la toca para animar las misas.

Entró a la Universidad de Costa Rica (UCR), allí estudió Gerontología y Odontología. “Encontré mi vocación social la cual amé y me desarrollé con mucha intensidad (…) Allí tuve una buena formación humana y académica y amistades como hermanos”, comentó.

Al joven Cabezas le gustaba ir a las fiestas, los bailes y no se perdía por nada la Semana Universitaria. Era tan buen bailarín que incluso ganó concursos de baile. 

Al graduarse fue enviado a hacer servicio social al cantón de San Carlos, en Venecia y Aguas Zarcas. “Por un año y en una unidad móvil conocí esa zona tan hermosa del país”, contó el ahora sacerdote.

Luego, volvió a su natal San José donde abrió su clínica dental en La Trinidad de Moravia e inició sus estudios de Maestría en Gerontología, de hecho, fue contratado por la Universidad Latina para impartir clases en ese campo.

Podría haber sido calificado fácilmente como un joven exitoso con un gran futuro por delante, pero a pesar de sus logros y demás “no había encontrado la felicidad”. Salió con “algunas muchachas extraordinarias”, pero sin formalizar una relación duradera. 

“Había un vacío en mi vida que no sabía cómo llenar”, pensaba por ahí del 2001. Recordaba además que desde su ingreso a la universidad no había vuelto a participar de la Eucaristía y menos de grupos parroquiales. “Creía en Dios, pero no profesaba mi fe”, reconoció.

Recordó que: “Fue entonces cuando quise realizar acción social desde mi profesión a una causa noble y me contacté con los Amigonianos en San Jerónimo de Moravia, y un día a la semana calzaba muelas y realizaba limpiezas a los jóvenes en riesgo social que acudían al convento a aprender un oficio”. Por entonces comenzó a llamarle la atención la paz que se vivía en ese lugar. 

Luego, inició su colaboración con el grupo de Adultos Mayores en la Parroquia San Vicente, en Moravia, en calidad de gerontólogo. “Lo que no supe era que me iba a vincular en ese grupo de Iglesia. Fue un inicio que me dio mucha satisfacción y gozo”, declaró.

Al año ya asistía a Misa y a la Iglesia. Precisamente fue en una Hora Santa en Moravia cuando escuchó el llamado de Dios. “Recuerdo estar viendo el crucifijo del altar mayor y oír la voz de Dios en donde me manifestaba que su muerte fue por amor a mí y que me llamaba a seguirlo como sacerdote”, dijo.

Más detalles en el Eco Católico del 7 de octubre.

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“A los pobres tenemos que ayudar y servir”

Padre Marvin Benavides, Desamparados, Arquidiócesis de San José

Sofía Solano Gómez
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Un seguidor del Club Sport Herediano, “del team”, así se considera el Presbítero Marvin Danilo Benavides Campos, quien lleva en sus venas la sangre futbolera por herencia de su padre, Danilo Benavides,  jugador de primera división en este equipo años atrás.

De sus padres, don Danilo y doña Betty, heredó la bondad y sencillez. Vivió sus primeros seis años de vida en el barrio El Carmen y más tarde Cubujuquí, también en Heredia, comunidad que se convirtió en su hogar. 

Aquí inició su camino de fe, siendo monaguillo en la capilla de la Medalla Milagrosa; cercano a grupos de Iglesia desde pequeño. Recuerda que cuando estaba en sexto grado le dijo a su madre que quería entrar al seminario y ella le dijo que no.

“Mi madre me dijo: es mejor que estudie y tenga un machete en la vida para que se defienda. Por el momento no, hasta que tenga edad de tomar decisiones”, rememora el sacerdote. 

Sin embargo, creció y siempre con deseos de entrar al seminario, estudió en un colegio vocacional, se graduó, trabajó, tuvo novia, ingresó a la universidad y en este momento de su vida sintió de nuevo la inquietud vocacional.  

Esta inquietud él la describe como en dos etapas, una infantil de esas que nacen como una ilusión de los niños y la otra, que con el tiempo fue madurando y se hizo realidad. 

Experiencia de fe mariana

En su experiencia de fe, evoca a su figura paterna, infaltable un domingo a misa, que iba a la Eucaristía de las cuatro de la mañana, bien temprano porque tenía que trabajar. Luego, él con sus hermanos iba también con su mamá. 

Todos sus servicios han tenido carácter mariano, su primer nombramiento una vez ordenado en 1987, por imposición de manos de Mons. Román Arrieta, fue en el Hospital México, cuya patrona es la Virgen de Guadalupe.

El sacerdote sirvió también en la Parroquia María Reina del Universo, en Pavas, pasó luego a Santa Ana y de nuevo estuvo en María Reina. Continuó en la Parroquia El Perpetuo Socorro, en Sabana Sur. 

Tiempo más tarde, fue rector en la Medalla Milagrosa en calle 20, San José, de allí pasó a la Parroquia Nuestra Señora de La Merced y ahora tiene tres años y nueve meses en la Parroquia Nuestra Señora de los Desamparados.  

A lo largo de sus 30 años de servicio, dice sentirse “muy realizado y feliz en el sacerdocio”, disfruta lo que hace y vive intensamente “desde la experiencia de oración hasta la experiencia pastoral.”

Dentro de las oportunidades que ha querido vivir destaca el compromiso con los pobres y con los más necesitados. Recuerda que en el inicio de su ministerio, a finales de los ochenta, la cuidad de Pavas era de “color zinc” porque “todo era gris” como “el color de la pobreza”, según se decía él mismo en aquel entonces.

La pobreza de Pavas lo hizo sensible a abrirse al compromiso con los pobres. Desde entonces ha tratado de impulsar y apoyar proyectos en las parroquias donde ha estado.

Por ejemplo, en La Merced vivió una de las experiencias más fuertes de su vida, pues es un lugar donde se aglomeran todos los sectores de pobreza: migrantes nicaragüenses, habitantes de calle, aquellos que ejercen la prostitución, etc…

Por ello, agradece a las Hermanas Calcuta, con quienes realizó un trabajo pastoral para darles de comer, pero sobre todo por haberle enseñado a él a atender a Jesús, “la enseñanza más grande fue saber ver en el pobre, en el marginado, a Jesús”, expresó.

Y agregó: “Vi como las hermanas trataban a los indigentes, llegué a la cuenta de que no estaban dando de comer, sino que estaban atendiendo a Jesús en una calidad y una manera espectacular, era ver a Jesús en el rostro de las personas”.

El sacerdote ha implementado algunas otras acciones, pues para él es parte de su compromiso de vida de fe: no quedarse con la indiferencia ante situaciones de pobreza y miseria. 

Con la Asociación Casa Hogar San José, trabaja por los habitantes de calle y las personas farmacodependientes, desde hace más de 15 años. Afirma: “no podemos olvidarnos de los pobres, son la máxima necesidad, a ellos tenemos que ayudar y servir.” 

Faceta de coleccionista  

En otras facetas de la vida del Padre Pollo, como le dicen de cariño, no es casualidad el montón de llaveros, carros, pasitos y artículos del Club Sport Herediano que hay en su oficina parroquial. 

El Padre colecciona, además de dentro de su oficina, en la Casa Cural, otra gran cantidad de llaveros en una especie de murales, carros en repisas, incluidos con los que solía jugar en la infancia y más adentro de la casa hay un área para los pasitos, de distintos artes y tamaños. 

Las colecciones son regalos hechos por la gente o porque él mismo las ha adquirido por gusto. 

Sobre su apodo, explica que se lo pusieron en el seminario, pero que hay más padres “pollos” y dos “pollones”, pero prefirió no dar nombres.

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“He sido un chineado de Dios”

  • Padre David Fuentes, Diócesis de Limón

Laura Ávila Chacón
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El Padre David Fuentes nació en 1971. Su infancia transcurrió en el seno de una familia católica. Sus padres fueron don Cecilio Fuentes Arias y doña Evelia Quirós Araya. 

Su vocación a la vida sacerdotal se remonta precisamente a estas raíces de la fe de su familia, cosa que comprendió luego de ordenarse como presbítero en 1998.

“Entendí a través del tiempo mi vocación por mis papás, mis abuelos y por un animador comunitario al que siempre encontraba rezando en la capilla del Santísimo”, afirma el sacerdote, incardinado a la Diócesis de Limón y que actualmente estudia derecho canónico en España.

Desde aquel momento en su mente y corazón siempre estuvo la idea del sacerdocio, hasta que un día decidió solicitar su ingreso al seminario, pensando en que si lo aceptaban podría ser señal de que era el camino que Cristo quería para él.

El ejemplo del animador fue determinante “Él organizaba misas, reunía la comunidad y siempre rezaba para que en el pueblo hubiera una vocación religiosa”, recuerda.

El llamado a la vida religiosa se le manifestó de diferentes maneras y en diferentes etapas de la vida. “Mi decisión vocacional se presentó como un misterio de Dios. Él me fue llevando por sus caminos de manera natural, es decir, no fue de modo extraordinario sino en lo ordinario que él se me manifestó”.

Desde entonces, ha podido palpar la mano de Dios siempre en su ministerio, por eso se describe como “un chineado del Señor”.

“He visto la mano de Dios en la gente que me ha apoyado, colaborado y aún continúan apoyándome a través de la oración, eso siempre lo he visto como un signo de Dios, Él me ha preparado el camino en mi ministerio”, afirma.

El Padre David fue ordenado por imposición de manos de Mons. José Francisco Ulloa Rojas, primer obispo de Limón, en la antigua catedral. Aún tiene viva en su mente la frase que escogió para ese momento tan especial, en unión de sus seres queridos y todos los fieles de la diócesis. La frase es “Hagan lo que él les diga”, un recuerdo, que según el sacerdote, todavía le da fuerza hoy.

La vocación es un misterio de amor

El Padre David afirma que la vocación siempre nace en el seno de una familia. “Para mí la familia es y será semillero de vocaciones. En mi caso gracias a Dios he contado con el amor y el cariño de mis padres y mis cinco hermanos”, explica.

Meditando sobre el sacerdocio, asegura que “es un misterio de amor entre un Dios que llama por amor y un hombre que responde libremente y por amor”. La vocación sacerdotal, recuerda, no es una carrera con una meta definida, sino una historia de amor con los hermanos que más necesitan. 

“El sacerdote está llamado a ser puente entre Dios y los hombres, porque muchas personas necesitamos este encuentro con Jesucristo que se nos hace presente en la Eucaristía”.

Con este deseo de servir, el Padre David se propuso terminar sus estudios en psicología, como un complemento de su vocación sacerdotal.

“La intención primera fue mantenerme actualizado en los estudios, porque creo que un sacerdote ocupa estar formado, por eso, cuando terminé los estudios en el seminario, me hice el propósito de seguir ligado a la universidad, no por sacar una carrera sino por mantenerme actualizado y eso ha sido de mucha utilidad en mi ministerio y vida personal, lo recomiendo a mis compañeros sacerdotes”, afirma. 

Actualmente, dada la necesidad de instaurar una primera instancia del Tribunal Eclesiástico en Limón, el Padre David fue enviado a estudiar derecho a España, a la Universidad de Salamanca, por iniciativa de Mons. Javier Román, su obispo.

Allá estará Dios mediante durante los próximos tres años, tiempo durante el cual guardará el agradecimiento a todos los que de una u otra forma han contribuido a su crecimiento como sacerdote y como persona. En particular a sacerdotes como Evelio Salazar, Francisco Trejos y Manuel Eugenio Salazar.

“A todos les agradezco de corazón la ayuda, la orientación y el consejo al igual que a los laicos, que también son parte de mi vida, son escuela, animación y alegría”, concluyó.

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“Dios lo vale todo”

  • Pbro. Luis Aguilar Monge, Parroquia Limón 2000, Diócesis de Limón

Laura Ávila Chacón
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¡Soy sacerdote porque el Señor me llamó! Con esta frase el Pbro. Luis Aguilar, párroco de Limón 2000, en la Diócesis de Limón, habla de cómo descubrió su llamado a seguir a Cristo a través del sacerdocio. 

Recuerda que ya a los cinco años, gracias a la fe de su familia, la presencia de Dios en su vida era evidente. Como niño alegre que siempre fue, jugaba con sus primos y amigos pero con una condición: que el primer juego del día fuera de “hacer misa”.

Su “feligresía” entonces era numerosa y muy devota. “Algo que cualquier sacerdote se desearía”, recuerda el Padre Luis en medio de risas.

El momento más esperado era la comunión, pues el pequeño Luis se las arreglaba para tener siempre a la mano una bolsa de papas tostadas. Su asamblea pasaba una y otra vez para “comulgar” hasta que se acabaran.

Aquello que podía parecer tan inocente, terminó calando en el corazón del joven Luis, que poco a poco fue entendiendo todo como el plan amoroso del Creador en su vida.

Para entonces, su abuela, ya fallecida, le enseñó siempre a tener devoción en misa, por eso se sentaba siempe adelante en el templo y prestaba atención a cada detalle.

El deseo de amar a Dios siguió creciendo. Luego de la Primera Comunión en el año de 1992, participó en grupos vocacionales y ya en noveno año de colegio, la orientadora Sandra Garro, a quien le guarda un cariño y un agradecimiento eterno, luego de pasarle a él y sus compañeros varios test, le preguntó si alguna vez había pensado en ser sacerdote.

Más detalles en Eco Católico del 02 de setiembre.

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