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Desarrollo con justicia social

Escrito por Eco Catolico el . Publicado en Editorial

Los magistrados de la Sala Constitucional no encontraron vicios de fondo ni de procedimiento al proyecto de ley 20.580, Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, más conocido como el Plan Fiscal.

Allanaron de este modo el camino para su aprobación en la Asamblea Legislativa, confirmando además que solo se necesita mayoría simple para convertirlo en ley de la República.

Como es de esperar, hay sectores que alaban y agradecen la decisión, mientras que otros la rechazan y critican, cada cual con sus argumentos y explicaciones. El tema es que el Estado de Derecho, al que unos y otros se adhieren para defender sus propias posiciones, debe de ser reconocido y respetado.

Así las cosas, el Plan Fiscal transformará de un modo importante algunas facetas de la vida económica nacional y permitirá acceder a recursos que el Ejecutivo necesita para cumplir sus obligaciones inmediatas.

Hay coincidencia de que se trata de un paso que evita, al menos por un tiempo, una crisis económica de gran magnitud, que hubiera disparado el desempleo y la pobreza. Tampoco es la panacea para todos los problemas del país, eso está claro.

Ciertamente el país frenó en seco al borde del abismo, pero está lejos de tener las condiciones necesarias para garantizar una vida digna para todos, y mucho más lejos aún de ser un modelo de desarrollo inclusivo y solidario. Las asimetrías sociales están creciendo, el descontento y el pesimismo son generalizados y la pobreza lejos de disminuir, aumenta sin que nada parezca que pueda frenarla.

Por eso ahora, junto a la Reforma Fiscal, debe de impulsarse con la misma energía y liderazgo una agenda de reactivación económica y debe de mantenerse una estricta vigilancia sobre el gasto del sector público, de modo que haya contraparte con las nuevas medidas e impuestos.

Debe de evitarse a toda costa el despilfarro y una mayor estratificación de la sociedad costarricense a base de privilegios y prebendas que elevan desproporcionalmente el ingreso de unos costarricenses a espaldas de otros. Vendría muy bien una revisión profunda de la estructura del Estado, así como la adopción de métricas que permitan evaluar el desempeño de los servidores públicos.

Evidentemente hay que rechazar también, con determinación, que en momentos en que el sector sindical pasa por una crisis de liderazgo por el fuerte desgaste de la huelga, se pretenda aplastar el movimiento social sin reconocer su relevancia en el ámbito de la justicia social y la lucha por las conquistas laborales históricas.

Es decir, estamos en un momento de la vida nacional en el que se impone la serenidad, el balance y una visión integral de desarrollo y la dignidad humana. No se pueden abandonar los principios de solidaridad sobre los que se sustenta el pacto social costarricense, más bien, es momento para abonar al encuentro y acercamiento entre todos los grupos sociales. Seguir abriendo heridas, remarcando las diferencias y ensanchando la distancia entre unos y otros solo traerá más conflictos.

¿Cómo hacerlo? Renunciando unos y otros a buscar el propio interés en favor del bien de todos, aportando de modo proporcional a la vida en común, rechazando la corrupción, el desperdicio de recursos, la pérdida de tiempo, la evasión de las obligaciones, el lucro desbocado y la violación de los derechos laborales.

Cada quien, desde su realidad y posibilidades, está llamado a aportar para construir la Costa Rica que todos merecemos, un país en paz, con desarrollo, justicia y muy atento a la promoción humana de los pobres y otros grupos en las periferias de la exclusión.

Y con mucha más razón los creyentes, que al inicio del Adviento proclamamos la grandeza del Dios que viene y que se nos ha revelado en Jesucristo su Hijo nuestro Señor. 

Que el reino de bondad, esperanza, alegría y paz que nos vino a traer, encuentre en nosotros cumplimiento y plenitud. Amén.

 

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“Tu lo dices. Soy rey”

Escrito por Eco Catolico el . Publicado en Editorial

Este domingo, con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, llegamos al final del año litúrgico y con él nos abrimos a la contemplación del misterio del Dios que vino, que viene y que vendrá en el Adviento.

Una extendida costumbre ha prodigado la imagen de Cristo Rey con elementos propios de los reinos terrenales. Dotado de trono, corona, capa y cetro, las referencias pueden hacernos perder el verdadero sentido de lo que celebramos.

Si el mismo Señor Jesús afirma que su reino no es de este mundo, no deberíamos representarlo de este modo, sino tal cual se nos revela en los evangelios, con una realeza que podríamos llamar paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino que sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero fue vendido por treinta monedas…

Para Jesús reinar no es mandar, pero sí obedecer al Padre, entregarse a Él, para que se cumpla su designio de amor y salvación. Así hay plena reciprocidad entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto el tiempo del reino de Cristo es el lapso de la sumisión de todo al Hijo y de la entrega de todo al Padre.

Visto así, entendemos cómo y por qué debemos abrir nuestra existencia al reinado de Jesús y permitir que sea el Rey de nuestra vida y que como tal tome el control de ella con su gracia santificante.

Una vida transformada en el amor de Cristo Rey es necesariamente fructífera en el servicio a los hermanos, porque encuentra sentido en el darse por completo a ejemplo del Salvador.

Como nos recuerda el Papa Francisco, la salvación no inicia por la confesión de la realeza de Cristo, sino de la imitación de las obras de misericordia mediante las cuales Él ha realizado el Reino. (Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey, 23 de noviembre, 2014)

“Quien las cumple demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque ha hecho espacio en su corazón a la caridad de Dios. En el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor, sobre la proximidad y la ternura hacia nuestros hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o menos en el reino de Dios, nuestra colocación en uno o en otro lado”, explica el Santo Padre. 

Jesús, prosigue Francisco, con su victoria nos ha abierto su reino, pero depende de cada uno de nosotros entrar, ya iniciando en esta vida. “El reino inicia ahora, haciéndonos concretamente cercanos al hermano que nos pide pan, vestido, acogida y solidaridad. Y si realmente amaremos a aquel hermano, a aquella hermana, seremos empujados a compartir con él o con ella lo que tenemos de más hermoso, o sea Jesucristo y su Evangelio”.

Este domingo, tratemos de alejar todos aquellos elementos que nos podrían distraer del sentido profundo de lo que celebramos, y vivamos con entusiasmo el reinado de Cristo que colma nuestros días de compromiso, esperanza y paz. Así sea.

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Oídos para escuchar, manos para dar…

Escrito por Eco Catolico el . Publicado en Editorial

El día de su elección, el Papa Francisco sorprendió al mundo con la escogencia de su nombre, en honor al pobrecillo de Asís, así como con su deseo de una Iglesia pobre para los pobres. 

A lo largo de sus ya casi seis años de pontificado, se ha prodigado en gestos que buscan testimoniar la esencia del seguimiento de Cristo en relación a quienes habitan en las periferias de la existencia, materiales, espirituales y sociales.

Uno de estos gestos fue la instauración, recién el año pasado, de la Jornada Mundial de los Pobres, como un momento de reflexión y acción a favor de quienes en el mundo sufren por el abandono, la soledad, la indiferencia y el olvido.

Este domingo se celebra dicha jornada, con el llamado del Papa a escuchar el grito de los pobres, para responder a su dolor con generosidad y liberarlos de la opresión que pesa sobre ellos y sus familias.

Este clamor cobra vigencia en rostros concretos que, también en nuestro país, sufren la marginación y la miseria, una realidad que dolorosamente va en aumento tal y como lo denunciamos la semana pasada en nuestro Gran Tema.

Costa Rica padece una incapacidad sistemática en la lucha contra la pobreza, porque a pesar de que cada año se agregan miles de millones en recursos a multitud de planes, proyectos y transferencias, la cantidad de personas en situación de vulnerabilidad se mantiene e incluso tiende a aumentar.

A julio de este año 1.142.069 personas se encontraban bajo la línea de pobreza en el país. Representan un 22.9% del total de la población, un 0.8% más que el año pasado.

Muchos son los factores que influyen en el resultado de esta medición hecha por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, pero lo cierto es que se trata de hermanos sin capacidad de solventar sus necesidades más elementales, y que cuentan con pocas opciones para salir de su difícil situación.

Todos conocemos una persona pobre, y tenemos contacto diario con ellas, en la calle, en el trabajo, en la Iglesia, en la escuela o el colegio… el problema es terminar pensando que es normal que haya quienes no tengan ni la comida del día, o que es parte de la cotidianidad que alguien vea su dignidad mancillada por la indiferencia de quienes, pudiendo hacer algo en su favor, decidimos egoístamente mirar hacia otra parte.

Aquí se dirige en concreto el mensaje del Papa para la Jornada Mundial de los Pobres de este domingo, como una tensión que busca derribar el muro de la insensibilidad que muchas veces separa a los pobres de quienes podemos, y debemos, contribuir a su dignificación.

Y no se trata de un asunto ideológico, aunque la política y los políticos tienen una enorme e ineludible obligación frente al flagelo de la pobreza. Se trata de misericordia, de amor y coherencia entre la fe que se predica y la que se lleva a las obras.

Y la solicitud del Papa por eso es tan sencilla pero tan profunda a la vez: quiere que este domingo cada uno de los que nos decimos discípulos de Cristo compartamos la mesa con alguna persona pobre, y que abramos los oídos del corazón para escucharlos, para ser capaces de ponernos en su lugar y mirar juntos la mejor manera de romper el del círculo de la indiferencia.

Esta acción, sencilla por demás, puede hacer la diferencia entre un mundo justo y solidario, y aquel, tan promovido hoy en día desgraciadamente, que privilegia el tener sobre el ser, el acumular sobre el compartir.

Nos alegra saber que, en las diócesis, por iniciativa de los obispos o de sus equipos de pastoral social, este domingo se abrirán espacios para vivir esta jornada, junto a los pobres y demás preferidos del Señor.

Quiera Dios que todos atendamos el llamado del Papa, eco del permanente llamado de Cristo a través de su Palabra y su ejemplo, y que, dejando atrás las cadenas del egoísmo, hagamos lo propio para cambiar, con las herramientas del amor, la vida de una persona y, de paso, permitir que Dios igualmente transforme la nuestra. 

Que tengamos siempre oídos para escuchar y manos para dar. El Señor, que no se deja ganar en generosidad, nos sabrá recompensar.

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197 años de vida… ¿independiente?

Escrito por Super User el . Publicado en Editorial

Decir setiembre es pensar en la Patria. Este mes trae a nuestra mente el recuerdo de los pioneros que forjaron los cimientos de nuestra nación y de todos aquellos que, a lo largo de casi dos siglos de historia, siguen construyéndola sobre principios como el bien común, la solidaridad y la legalidad.

Tendemos a pensar que la Patria la hacen exclusivamente quienes están transitoriamente en el poder, o aquellos que materialmente, y de modo heroico, han ofrendado su vida por la libertad, la democracia y la paz, sin embargo, se trata de una misión más amplia que nos concierne a todos.

Hace Patria el trabajador honesto y esforzado, el empresario justo y responsable, la ama de casa abnegada, el estudiante aplicado, el servidor público honrado y consecuente, el sacerdote humilde y fiel, el inmigrante agradecido y respetuoso… en fin, todos contribuimos desde nuestro servicio y condición a forjarla y engrandecerla.

Por el contrario, se oponen al auténtico patriotismo la corrupción, la vagancia, la indiferencia, la injusticia, la falta de lealtad, el egoísmo y la rapiña de los recursos que son de todos.

Siempre hay personas que, incluso sin proponérselo, desde sus principios y valores personales, aportan todos los días a que Costa Rica sea un mejor país, sin embargo, hay otros que por el contrario, parece que cada día se levantan con la intención de dañar el país, y con él a todos los que formamos parte.

Pertenecen a aquellos que por ignorancia o maldad, son incapaces de ponerse en la realidad de los demás. No pueden o no quieren asumir como propia la condición, necesidades y sentimientos de sus hermanos. Piensan solo en sí mismos y su beneficio, en la perpetuación de sus comodidades y en el modo de vivir mejor aunque sea a costa de los que menos tienen.

Son los malos patriotas que dividen el país, las instituciones, las empresas y las familias, que siembran el odio y la cizaña, que sacan partido del caos y el desconcierto, que prefieren la confrontación al diálogo, que no ven más allá de sus narices y sin contemplación borran las líneas que separan el bien del mal siempre pensando únicamente en su provecho.

Ignoran la voluntad del pueblo, y al dictado de corrientes de pensamiento, gustos y modas, legislan, sentencian o ejecutan acciones que transforman la sociedad desde sus cimientos. Con subterfugios legales, cambios del lenguaje y sutiles introducciones en leyes y reglamentos van cambiando aquello que de frente, con honestidad y transparencia, no podrían lograr.

Son los mismos que se gozan debilitando la familia, que promueven el libertinaje sexual, aplauden el divorcio, esterilizan niñas, promueven el aborto y hacen de la economía, la comunicación y el arte factores de manipulación y dominación cultural.

Bajo la bandera de los derechos humanos estiran conceptos, tergiversan y cambian el sentido a su gusto y antojo. No buscan el bien ni les interesa la verdad. Llegan incluso al descaro de manipular la evidencia científica a su antojo para redefinir, por ejemplo, el inicio de la vida humana.

Frente a este panorama, cabe preguntarse con honestidad si celebramos 197 años de vida independiente o si por el contrario, lo que deberíamos hacer en el marco de las fiestas patrias es preguntarnos seriamente lo que hemos hecho con nuestro país y el camino para recuperarlo.

Ingenuo aquel que se deslumbra en el patriotismo maquillado, sonoro y multicolor, nacionalista y vaciado de humanidad, alejado de la realidad y de los retos que enfrentamos como nación, donde, como repetía el recordado arzobispos Monseñor Román Arrieta, “o nos unimos, o nos hundimos”.

Mirar para otro lado cuando el daño a la Patria avanza a vista y paciencia de todos es un acto de suprema irresponsabilidad que nos llevará al despeñadero de la vida en sociedad, oponiéndonos, distanciándonos y volviéndonos irreconocibles unos a otros en una espiral de odio que solo producirá cosas negativas.

Que esta celebración de la independencia nacional sirva para que abramos los ojos y nos demos cuenta de que solo juntos podemos hacer grande a Costa Rica, levantarla de donde la han dejado postrada y hacer de ella una nación donde se viva en desarrollo, armonía, reconciliación y paz.

Es el deber con nosotros mismos, con nuestro pasado pero especialmente con el futuro, con los costarricenses que todavía están por nacer y por quienes merece dar el mayor esfuerzo.

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La Sagrada Familia migrante

Escrito por Super User el . Publicado en Editorial

Amenazada su vida por el imperio, impulsada por el Espíritu Santo, la Sagrada Familia de Nazaret toma camino en dirección a Egipto, donde encuentra un lugar seguro para establecerse. 

Es lo que leemos en el evangelio de San Mateo: “Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes”, (Mt 2,13-15).

Los historiadores no se ponen de acuerdo en la fecha de la muerte de Herodes, pero si coinciden en que Jesús y sus padres vivieron varios años lejos de su tierra, como auténticos migrantes.

Este pasaje, que para muchos creyentes pasa casi desapercibido, es fundamental para comprender la visión cristiana de la migración como fenómeno humano de todos los tiempos, expresión natural del instinto de supervivencia y como lugar privilegiado para la práctica de las virtudes de la fe.

Acoger al peregrino es de hecho uno de los consejos evangélicos más repetidos a lo largo de la Sagrada Escritura, al punto de ser parte del sermón de las bienaventuranzas, en el cual el Señor recuerda que para ganar la vida eterna, es necesario acogerlo a él mismo en los forasteros.

Este contexto de fe debería de resultar suficiente para sentir rechazo y vergüenza por los hechos de los últimos días sucedidos en nuestro país, a través de los cuales, algunas personas se han manifestado de un modo repudiable contra los nicaragüenses que han llegado en las últimas semanas como resultado de la crisis política y social que viven en su país.

Ninguno de los que ha participado en la bajeza de esas marchas o manifestaciones podría llamarse discípulo de Cristo migrante, ni hijo de la iglesia, desinstalada por esencia y misión.

Igualmente, quienes creen que no es asunto suyo el dolor de los hermanos que sufren. Como nos recuerda el Papa Francisco, “la cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace muchas veces insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia”. 

Y si como se sospecha, dichas manifestaciones tienen un trasfondo político en su convocatoria u organización, las autoridades deben de investigar y llegar hasta las últimas consecuencias.

Los nicaragüenses que dejan atrás su familia, trabajos y amigos no vienen a Costa Rica por gusto. Lo hacen, como los ticos que migran a Estados Unidos, por necesidad, y por el legítimo deseo de una vida mejor.

Huyen de un régimen déspota que amenaza sus vidas y su futuro. Que no repara en disparar a quien se oponga a su deseo de perpetuarse en el poder, que no escucha, no dialoga y no va a ceder en paz.

¿Quién de nosotros, si hubiera tenido la oportunidad de tender una mano a la Sagrada Familia de Nazaret en Egipto no lo hubiera hecho? ¿Abriríamos la puerta de nuestra casa a Jesús, José y María para compartir con ellos la mesa? ¿Desaprovecharíamos la ocasión para tener al Hijo de Dios a nuestro lado y conversar con él?

Pues todos los costarricenses tenemos esa oportunidad en este momento. Miles de familias nicaragüenses tocan nuestras puertas en busca de ayuda. En su rostro se dibuja el rostro de Cristo, que vive y camina en ellos.

Esta actitud de acogida, propia del discípulo, no riñe ni en lo más mínimo, con el deber de orden y de seguridad al que están llamadas las autoridades.

Que nadie se llame a engaño. La aplicación humana y sensata de la ley, incluidas las medidas de control migratorio, no se oponen al deber cristiano hacia los migrantes, sino que más bien lo llevan a su mejor cumplimiento, pues una persona con sus documentos en regla, tiene más oportunidades de establecerse, de acceder a los servicios básicos y lograr la vida digna a que tiene derecho por su dignidad de hijo e hija de Dios.

Una cosa no se opone a la otra, como es obvio que no se debe exponer a nadie a riesgos sin necesidad, y que siempre es muy útil la ayuda que los creyentes podamos ofrecer a través de los canales organizados de modo oficial a través de las instituciones del Estado o de la misma Iglesia, como es la Pastoral Social-Cáritas.

Igualmente, quien transgrede la sana convivencia, atenta contra la vida o la propiedad de los demás, de la nacionalidad que sea, debe de enfrentar el peso de la ley y la acción de las autoridades, que están en la obligación de actuar en apego al derecho pero con severidad y diligencia.

Costa Rica vive una ola migratoria que en otras épocas ya ha recibido, y que se repite en el mundo cada día. Se trata de fenómenos constantes en la historia de la humanidad, que al final siempre resultan en ganancia para quienes saben aprovecharlos, y no solo desde el punto de vista económico, sino también desde aspectos como la cultura y la fe.

Debemos elegir la posibilidad de instaurar una sociedad costarricense más noble, mientras formamos las nuevas generaciones con una educación que no puede dar nunca la espalda a los “vecinos”, y a todo lo que nos rodea. Porque construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica del enemigo para pasar a la lógica de la recíproca solidaridad, dando siempre lo mejor de nosotros.

Lo que se necesita, en síntesis, es una visión renovada, permeada por el Evangelio, acerca de la migración y los migrantes. Porque como decían nuestros abuelos con sabiduría: “Lo que se comparte, se multiplica”.

Que del rechazo nominal al odio y a la xenofobia, que de modo tan evidente ha sido expresado en los últimos días, pasemos a la acogida, la integración y la promoción de los hermanos migrantes. Que por más que les demos, siempre seremos nosotros los que ganaremos más en amor y bondad, que tanta falta hacen a nuestras relaciones humanas en el mundo de hoy.

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