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Profetismo en nuestro tiempo

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

Nicaragua se desangra y nuestros hermanos sufren la indefensión ante un Gobierno represivo que para disuadirlos incurre en asesinatos, ejecuciones, torturas y detenciones, especialmente, contra los jóvenes.

Por ello, en unidad fraterna con los obispos de este hermano país y solidarios con la aflicción y el duelo que embarga a este pueblo que hoy clama por el respeto de los derechos a la vida, la integridad personal, la libertad de expresión y el acceso a la justicia coartados por el régimen de Daniel Ortega, celebré la Sagrada Eucaristía con cientos de nicaragüenses que residen en Costa Rica, el pasado domingo 24 de junio, para pedir al Señor el don de la paz para esa nación.

Este pueblo merece una convivencia pacífica y ser gobernado con transparencia, equidad y justicia. Nicaragua quiere encaminarse hacia la paz, recobrar la esperanza y reconstruirse con dignidad. 

La Iglesia ha sido luz en medio del conflicto actuando de un modo propositivo y esperanzador. La Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) se ha empeñado en proclamar “el Evangelio de la paz”1 mediando y colaborando con todas las instancias para cuidar este inapreciable don, mostrando que la dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. “Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.” 2

Efectivamente, ha sido una Iglesia profética no porque siembre la discordia y la confrontación, no porque ande censurando a otros y reprobando públicamente sus falencias, sino porque entiende la íntima conexión que existe entre la evangelización y la promoción humana.  

Hemos visto una Iglesia que quiere compartir con sinceridad y buena voluntad el mensaje de Cristo, no movida por anhelo de protagonismos o por ideología alguna, ni como pseudo políticos, sino como “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”. 3

Como enseña el Papa Francisco, la Iglesia privilegia el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa pues “no necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.”4 

Si queremos encarnar esta misión profética debemos, también, ser pacientes pues, como señala el Papa Francisco, “el inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.”5

El contexto social, político e institucional en Costa Rica es otro, pero la misión es la misma, a saber, ser el fermento de Dios en medio de la humanidad… “anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino”.6

No renunciemos a ser una Iglesia profética, menos cuando se perciben tiempos de conflicto, antes bien, promovamos y valoremos todas las iniciativas de diálogo, contribuyamos en la cimentación de acuerdos y sirvamos a la causa de una sociedad más justa y fraterna, que no justifique privilegios de personas o grupos, en detrimento de otros sectores de la población. 

1Cf. Ef. 6,15

2Evangelii Gaudium, 218

3Cf. 1Cor 4,1

4Evangelii Gaudium, 239

5Ídem, 82

6Ídem, 114

Cómo ser Iglesia en la post-cristiandad?

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

Pbro. Víctor Manuel Salas H.
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Lo primero que hay que darse cuenta es que hace más de 50 años sucedió el Concilio Vaticano II. Gracias al empuje de San Juan XXIII y el Beato Pablo VI. El Concilio nos da luces interpretativas para enfrentar éste período que nosotros mismos hemos empezado, ya que  se han cometido muchos errores y horrores. Desde luego muchos aciertos, pero lo otro es más diciente. La historia ya nos lo está cobrando y muy caro. Estoy seguro que por hechos no hemos aprendido la lección.

Hay que empezar por vernos desde otra perspectiva. Esto sería muy sano y adecuado. Tenemos que pensar y actuar desde otros parámetros. Volver a los principios que nos identifican como creyentes en Jesucristo y su plan salvífico en favor de la humanidad. Hemos dejado muchos de esos postulados de lado. El Concilio Vaticano II y las Conferencias Episcopales Latinoamericanas nos lo han recordado. Hemos tenido en América Latina grandes obispos pensantes y santos. En Costa Rica también, Mons. Thiel, Mons. Sanabria, Mons. Coto Monge.

Tenemos que dejar a un lado este duelo eclesial de la pérdida del lugar de los privilegios y ubicarnos sensatamente. Tenemos que caer en la cuenta del nuevo estado de la Iglesia, además de los escándalos y de una acción eclesial que no responde; en general, a los nuevos tiempos, ya que era un programa de la nueva cristiandad. Hay que buscar caminos, estamos en tiempos de post-cristiandad.

Hay que dejarse de ilusiones, no hay vuelta atrás. Desde el Siglo XXI empezó este período y el contragolpe es la nueva cristiandad. En América, con la conquista española y portuguesa este proceso se retrasó, pero en el siglo XVIII se acrecentó hasta el día de hoy. La historia continúa y no podemos vivir de “recuerdos de glorias idas”, tenemos que enfrentar el presente con esperanza y como un reto.

Vamos hacia adelante, aceptando con responsabilidad lo que nos corresponde, enmendando el pasado, proyectando el futuro. Tenemos la presencia de grandes santos como el Santo Hermano Pedro, San Martín, Santo Rosa de Lima, San Toribio de Mogrovejo, Mons Romero. Aunque hay otros que se han encargado de empañar la vida de santidad que la Iglesia puede ofrecer al mundo, no podemos perder el rumbo. Nos tocará la conversión, personal, de las familias, de la Iglesia, de las estructuras eclesiales y de la acción evangelizadora.

Es urgente y prioritaria una acción eclesial que verdaderamente sea evangelizadora, con mayor conciencia social en la formación de los candidatos al presbiterado, fortaleciendo el estudio y reflexión de la Doctrina Social Cristiana, con mayor claridad en la misión y la promoción de la persona, ubicándonos en el lugar del pobre y con medios pobres. Salir al encuentro de una humanidad herida y violenta, ofreciendo creíblemente el evangelio, como Juan el Bautista, señalando el camino.

¡Basta ya de  nostalgias absurdas! Pero si enseñar a orar, a vivir los sacramentos, a ser solidarios, a poder escuchar…a tender puentes…No podemos detener el reloj de la historia. Sin caer en triunfalismos, la Iglesia tiene mucho que dar al mundo y es la santidad de Nuestro Señor que engrandece el alma humana.

Especialmente los presbíteros tenemos que mirarnos a nosotros mismos y pedir perdón descubriendo cuáles son nuestras motivaciones, para poder ser actores de cambio espiritual en medio del mundo que con derecho nos cuestiona.

Tenemos que entrar en diálogo con la diferencia, con todos, absolutamente con todos. Promover el diálogo al interior de la Iglesia, generar espacios de escucha, dejarnos de tanto clericalismo malsano que nos hace intolerantes y hace daño. Tenemos que estudiar, reflexionar y generar cambios necesarios. Darle la palabra a los laicos, que no es una concesión, es un derecho que le hemos quitado, ocuparnos de los pobres, pero de verdad. No hacer gastos innecesarios al interior de la Iglesia institucional, dejarnos  de ocuparnos tanto del poder, la imagen, el dinero, saber leer los signos de los tiempos, evaluar los procesos kerigmáticos y catequéticos. Nada a la fuerza funciona. 

Hay que convencer, integrar, atender, valorar, evaluar, trabajar en equipo, dar la palabra, responsabilizar, crear comunión, saber detenerse y emprender caminos. Emprender procesos evangelizadores, abandonando la cultura de la ocurrencia pastoral.

Una Iglesia direccionada hacia el Reino. El proyecto Aparecida lo clarifica y da pautas, para convocar, dar sentido espiritual a la evangelización, enseñar a ser personas y personas de fe, saber leer la realidad: la violencia en las calles, asesinatos, el narcotráfico como “opción” para ambiciosos facilistas, el lavado de dinero, la trata de personas, ver nuestros errores a lo interno como eclesialidad.

Hay que romper con la ensoñación pastoral y algo que nos está haciendo mucho daño, y es que algunos poseen una actitud de añoranza y la quieren institucionalizar. No los dejaremos, estamos contigo Papa Francisco.

El autor es Msc. en Psicología Comunitaria y Teología Pastoral. Párroco del Roble de Puntarenas. Para comentarios: Tel. 8380-3684.

Niñez y migración

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

A raíz de la política de ‘tolerancia cero’ con la inmigración ilegal, el gobierno de Donald Trump ha detenido y procesado a cientos de familias que ingresaron a Estados Unidos de forma clandestina, aislando a los menores de edad para enviarlos a otros albergues. La situación de sufrimiento y desolación a la que son sometidos estos niños, cuyas imágenes en “jaulas” y desgarradores audios, siguen conmoviendo a la comunidad internacional, es fehacientemente, violatoria de los derechos humanos.

Estamos ante una crisis humanitaria que crece diariamente por el temor, angustia e indefensión de las personas que tienen que vivir en las sombras de la sociedad, expuestas a condiciones de persecución, discriminación y deportación que las llevan, irremediablemente, a la desesperanza.

También tenemos muchas familias costarricenses que no han podido ver realizada su plena inserción en la sociedad civil. De hecho, con gran indignación y dolor conocíamos, recientemente, la noticia de que un niño de seis años, originario de nuestro país, fue hallado solitario en el desierto de Arizona.

El Papa Francisco,  quien ha  calificado  de “populista” esta política migratoria donde, en nombre de la protección de las fronteras, se dividen familias y destrozan las vidas de niños inocentes, nos recuerda “la carga de consecuencias sobre la vida familiar pues las experiencias migratorias resultan especialmente dramáticas y devastadoras, tanto para las familias como para las personas, cuando tienen lugar fuera de la legalidad… también cuando conciernen a las mujeres o a los niños no acompañados, obligados a permanencias prolongadas en lugares de pasaje entre un país y otro, en campos de refugiados, donde no es posible iniciar un camino de integración.”1

La inmensa mayoría de estas familias, conformadas por niños, mujeres, viudas, jóvenes frustrados en sus aspiraciones, entre otros, salieron de sus países de origen forzados por las circunstancias, buscando un futuro mejor.

Muchas de ellas pretendían superar una crisis económica, garantizar oportunidades laborales o de estudios, y no pocas, han huido de la represión política para buscar la paz y la seguridad de sus miembros. Somos testigos del sufrimiento de muchas familias por la separación de aquellos seres queridos que han emprendido el camino de la migración.

La situación de las familias migrantes no puede dejarnos indiferentes, antes bien, debe mover nuestras conciencias dormidas. No es suficiente con lamentarnos sin esforzarnos como sociedad para implementar acciones en este campo. 

La Sagrada Familia de Nazaret también experimentó estas circunstancias desoladoras en su huida a Egipto2 convirtiéndose, para nosotros creyentes, en ese referente con el que identificamos a las familias de migrantes y refugiados, y que nos mueve a darles esperanza y fortaleza en momentos difíciles pues, principalmente, tienen necesidad de nuestra caridad, justicia y solidaridad: “Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40).

Superemos la indiferencia y la búsqueda del propio bienestar para promover en nuestros países la responsabilidad fraterna y el desarrollo de políticas sociales y económicas que destierren el drama migratorio de tantos hermanos. 

Sepamos tender la mano generosa y misericordiosa con quienes han migrado a nuestro país, buscando vivir en paz y justicia. El amor cristiano no tiene fronteras.

1 Papa Francisco, Amoris Laetitia #46

2 Cf. Mt 2,15

“Sean para sus hijos como San José”

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

En medio de la algarabía y la expectativa que genera el Mundial de Futbol y, coincidiendo con el primer partido de la Selección Nacional, el pasado domingo celebramos el “día del padre”. 

El contexto, sin duda, contribuyó a imprimir el carácter festivo de la ocasión, pero, a la vez, distrajo la atención que merece el sincero reconocimiento a tantos hombres que, día a día, consagran su vida a su vocación de papás pues, ser papá es, efectivamente, una gracia y un llamado de Dios.

Me sumo a las felicitaciones que recibieron, rezo por todos los papás difuntos y pido a Dios que cada uno de ustedes sepa imitar de Dios Padre en el cuidado atento y fiel por sus hijos para que, como enseña el Papa Francisco, “sean para ellos como San José: custodios de su crecimiento en edad, sabiduría y gracia. Custodios de su camino, educadores. Y caminen con ellos.” 1

Quiero destacar, la necesidad de analizar con una mirada serena el papel del hombre y del papá en la familia, afín de hacerlos, todavía, más conscientes del precioso don que les ha sido confiado pues, la presencia del padre marca la vida familiar, la educación de los hijos y su integración en la sociedad. 

“Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía está vigente el fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer inhibe el desarrollo de sanas relaciones familiares.” 2

La Palabra de Dios nos exhorta a todos: «Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). 

Justamente, en este ambiente mundialista, tenemos noticias relacionadas con el vergonzoso fenómeno del maltrato familiar y, en particular, la violencia que se ejerce contra las mujeres, y que no constituyen una muestra de “hombría” sino una censurable degradación de la fuerza masculina.

El hombre debe tener profundo respeto por la igual dignidad de la mujer y por ello, decía san Ambrosio: “No eres su amo sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor». 

Otro tanto podríamos señalar respecto a la actitud prepotente con que los papás irrespetan y humillan a sus hijos. El sentido de autoridad y responsabilidad debe desligarse de todo insulto, maltrato y descalificación. De allí que la imagen de San José, vigilante pero cercano y amoroso, sea ese referente privilegiado para meditar sobre la forma como actuamos en familia.

Es hermoso ver como el hijo lleva arraigado en su corazón el recuerdo imperecedero que dejó su papá con su ejemplo laborioso, abnegado y generoso por ello, mi llamado a todos los padres a hacer de la familia su prioridad, fortaleciéndose espiritualmente y pidiendo a Dios, Padre amoroso, su ayuda para permanecer cálidos, interesados, cariñosos, constantes, comprensivos y pacientes al lado de sus hijos. 

Todo papá, está llamado a ser presencia del amor divino en el núcleo de la familia que Dios le ha regalado, este es el único modelo que debe imitar y de esa forma hacer experimentar a sus hijos, el amor infinito de Dios Padre de todos. 

1 Papa Francisco, 19 de marzo del 2014

2 San Juan Pablo II, EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO, #25

La solidaridad como estilo de vida

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

Monseñor José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

El mensaje central de Jesús es sencillo y directo: “Ustedes deben amarse los unos a los otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.”1  Su “mandamiento” no es un precepto más; el Señor nos enseña que el amor es el camino para seguirle y este es un camino concreto, “un camino que nos conduce a salir de nosotros mismos para ir hacia los demás.”2

Detenerse ante Cristo que sufre, y practicar la solidaridad con Él, es el deber de cada cristiano y, para servir y amar a Jesús así, debemos reconocer a Cristo en esos “rostros sufrientes que nos duelen”3 pues, “cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis”.4

Graves acontecimientos han golpeado a pueblos hermanos. Por una parte, Nicaragua ha vivido un baño de sangre que dejan ya 134 muertos, la inmensa mayoría jóvenes, primeramente, por la represión del Gobierno ante el reclamo de la reforma de la Seguridad Social y en estas últimas fechas, por las protestas generalizadas contra el régimen de Daniel Ortega, sin que, por ahora, se vislumbre una solución pacífica a esta crisis que hunde en el dolor y en la inseguridad a este amado pueblo.

El mismo Papa Francisco ha declarado: “Expreso mi cercanía en la oración a ese amado país, y me uno a los obispos en la petición del cese de toda violencia” para que “se evite un inútil derramamiento de sangre y las cuestiones abiertas sean resueltas pacíficamente y con sentido de responsabilidad”.

Asimismo, nuestros hermanos guatemaltecos han experimentado el caos y la destrucción por los efectos del volcán de Fuego con más de una centena de muertos, casi 200 desaparecidos y unos 3.000 heridos y evacuados; en lo que se considera una de las más grandes tragedias de los últimos años en este país, previéndose aún, el riesgo a nuevas erupciones.

Allí, también, el Santo Padre, en un conmovedor mensaje “ofrece sufragios por el eterno descanso de los fallecidos y oraciones por todos los que sufren las consecuencias de ese desastre natural” y pidió, que “se transmita el sentido pésame de Su Santidad, junto con expresiones de consuelo, a los familiares que lloran la pérdida de sus seres queridos”.

La credibilidad de la Iglesia se encuentra en su misericordia, dice el Papa Francisco y, en ambos casos, la Iglesia ha asumido una presencia destacable, acompañando y auxiliando a los que sufren, sobre todo a los más pobres, y manifestando con su testimonio que “no se trata solo de encontrar a Cristo en los pobres, sino también de que los pobres perciban a Cristo en nuestros actos”.5

En este mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, pidamos que al rememorar ese amor que brota de Cristo, todos nosotros tengamos la fuerza y el coraje de entregarnos y servir a estos hermanos. Estos hechos, definitivamente, deben movernos a la solidaridad para que, estos hermanos países puedan enfrentar con serenidad espiritual y esperanza cristiana tan difíciles pruebas.

Que nuestras oraciones al Padre misericordioso y Señor de la vida en favor de Nicaragua y Guatemala sean constantes sabiendo que Él, con su infinita bondad, consolará la aflicción de quienes lloran la muerte de sus seres queridos.

La compasión es el modo de ser de Dios y mirar las personas con amor compasivo es parecerse a Él, por ello, la colecta que hemos realizado llegará a hermanos guatemaltecos,  como un gesto de nuestra fraternidad y solidaridad con quienes más necesitan. No nos cansemos de hacer el bien.


1 Evangelio según San Juan 13,34-35

2 Papa Francisco, Rezo del Regina Coeli, 10 de mayo de 2015

3 Documento Aparecida 8.6

4 Evangelio según San Mateo 25,40

5 Papa Francisco, 15 de marzo de 2017