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Un comisionado para los pueblos indígenas

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Editorial

Circula en redes sociales una petición hecha por el Obispo de Limón Monseñor Javier Román al Presidente de la República Carlos Alvarado, en el sentido de que se nombre un comisionado presidencial para los pueblos indígenas de nuestro país.

Dicha solicitud surgió tras el nombramiento el 17 de mayo, en el marco del Día contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, de dicha figura por parte del Poder Ejecutivo para las personas homosexuales, y tiene como objetivo establecer un punto de convergencia para canalizar sus necesidades y demandas, así como las acciones del gobierno hacia ellas.

Dicho comisionado presidencial también dará seguimiento a los planes contra la discriminación que pueda sufrir esta población en las instituciones públicas. En su presentación, el Presidente dijo que “uno de los grandes retos del Gobierno del Bicentenario será profundizar la cultura del respeto y de la no discriminación, así como del entendimiento y de la construcción a partir de lo que nos une”.

Pues bien, para el pastor limonense, si se trata realmente de un tema de derechos humanos de poblaciones excluidas y vulnerables, y de la importancia de respetar, unir y no discriminar, pues no hay ningún otro grupo en el país que merezca más atención de parte de las autoridades de gobierno que los pueblos indígenas autóctonos costarricenses, cuya realidad golpea en la cara a quien tiene el valor de entrar en contacto con ella.

“Este gobierno ha iniciado su gestión reiterando la voluntad de hacer valer los derechos humanos de todos los costarricenses, para lo cual ha nombrado la figura de un comisionado que es la persona encargada de servir como interlocutora para velar y abogar por los derechos de poblaciones específicas que así lo requieren. Pues me permito sugerirle formalmente al Señor Presidente Carlos Alvarado un comisionado para los pueblos indígenas de nuestro país, que intervenga ante las múltiples y permanentes violaciones a los derechos humanos fundamentales que sufren estos hermanos de modo sistemático y desde hace tantos años”, escribió Monseñor Román al mandatario.

Y sabe de lo que habla. Desde su llegada a la diócesis limonense hace tres años, el obispo hizo opción por quienes están en la periferia no solo geográfica, sino también humana y material de esta iglesia: los indígenas que habitan las comunidades más lejanas en las montañas de la Cordillera de Talamanca, llegando hasta ellas muchas veces luego de días a pie, para conocer y hacer suya aquella realidad, denunciarla y establecer canales de solidaridad de la Iglesia para atender sus necesidades más urgentes.

“Nuestros indígenas están muriendo de hambre, de falta de atención médica, necesitan caminos y puentes, escuelas, proyectos productivos, seguridad y fuentes de empleo. Lo invito a recorrer sus tierras para que conozca de primera mano el drama que se esconde entre las montañas de nuestro país”, agregó el obispo en su misiva.

Desde las páginas de este semanario hemos sido testigos presenciales del estado de vulneración de los derechos humanos esenciales de los pueblos indígenas de nuestro país. Hemos visto morir niños por falta de atención médica, conocido de hombres y mujeres arrastrados por los ríos o muertos por mordeduras de serpientes por falta de puentes y caminos, ser testigos del hambre y de la incompetencia total del Ministerio de Educación Pública en las zonas más alejadas.

No solicita Monseñor Román un comisionado indígena para molestar al Presidente, ni para seguir el juego ideológico de los grupos de presión que se mueven en los alrededores de Zapote. Lo hace porque es el deber de su conciencia y la misión de la Iglesia: ser voz de quienes no tienen voz. 

“Un comisionado podría interceder ante las instituciones, denunciar su falta de atención y de presencia, promover la cultura y ayudar a resolver conflictos internos en los pueblos indígenas. Desde su experiencia como ministro sabemos de su sensibilidad social y deseo de hacer bien las cosas, pues empecemos haciendo justicia con estos hermanos que verdaderamente hoy necesitan del apoyo de todos”, concluyó el pastor limonense.

A pocas semanas de haber iniciado el mandato presidencial, este es uno de los retos planteados de frente y con más valor al Presidente Alvarado. En sus manos está pasar del discurso a los hechos para que Costa Rica realmente camine por la senda del respeto de los derechos humanos de todos y todas.

Ciertamente hay mucho en juego señor Presidente. Tiene la palabra.

¡Ven Espíritu Santo!

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Editorial

Este domingo como Iglesia celebramos la Solemnidad de Pentecostés, en la que el protagonista es el Espíritu Santo enviado por Dios como ayuda y consuelo para la humanidad. 

Pentecostés constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio la forma inicial y el impulso para su misión. Y como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Homilía Solemnidad de Pentecostés, 2012), esta “forma” y este “impulso” siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. 

Si en la torre de Babel reinó el caos y la división, por el contrario Pentecostés es la fiesta de la unión, la comprensión y la comunión humana.

Para nadie es un secreto la realidad que nos circunda, envuelta en la paradoja de sentirnos todos más cerca unos de otros, como efecto de los nuevos medios de comunicación en la que las barreras del tiempo y del espacio han sido superadas, pero donde cada vez es más difícil procurar el entendimiento y la comunión entre las personas.

En nuestro propio país, las divisiones están a la orden del día, y se expresan en posiciones aparentemente irreconciliables sobre el modelo de nación que se desea construir, en el egoísmo ideológico y la exclusión de quien piensa distinto. 

Parece que habláramos idiomas diferentes. Cómo cuesta entendernos, ser capaces de colocarnos en la realidad de los demás, salir de nuestras comodidades y seguridades, ceder, negociar, llegar a acuerdos…

A pesar del barniz de tolerancia, que hasta como moda se le quiera aplicar, lo cierto es que vivimos en una sociedad dividida, en la que de modo permanente se mira con sospecha a los demás, persisten los desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a menudo prevalece la contraposición.

No somos capaces de identificar lo que nos une, y por el contrario, ponemos énfasis en lo que nos aleja. Es una pena sentirnos un mismo pueblo solo alrededor de asuntos efímeros, terminado los cuales volvemos a nuestras trincheras de siempre.

Los costarricenses somos testigos de sucesos diarios en los que nos miramos al espejo cada vez más agresivos y huraños; donde comprendernos parece demasiado arduo y preferimos buscar el propio yo, y los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La respuesta está en la Sagrada Escritura, y en la misma solemnidad que celebramos este domingo. Sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, es decir, una capacidad renovada de comunicar y de relacionarnos con los demás. 

“Es lo que sucedió en Pentecostés”, nos relata el Papa emérito. “Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión” (Idem).

¿Qué es necesario para que se renueve esa acción del Espíritu Santo en nuestra vida personal, familiar y social? En primer lugar se debe de pedir, es decir, falta la oración humilde y sincera a Dios para que con la fuerza de su amor se derriben en nosotros todas las barreras que nos impiden salir al encuentro de los hermanos, y en segundo lugar, es necesario disponernos a la acción del Espíritu de Dios, esto es, conservar la docilidad del espíritu y orientar la voluntad al querer del Creador.

De nada sirven el orgullo y la autosuficiencia, ni la táctica del cálculo humano, siempre interesado y cruzado por ideologías que trastocan la realidad, lo único importante es el silencio para escuchar la voz de Dios, y ahí, en el corazón, actúa el Espíritu Santo, poniendo en él los sentimientos, las palabras y las acciones correctas que traerán la unidad, la alegría y la paz.

Y un detalle que no puede quedar por fuera: cuando el Señor hace venir el Espíritu Santo sobre los apóstoles, junto a ellos estaba su Madre, la Santísima Virgen María. Ella, como primera cristiana, bienaventurada y amorosa, no descuida nunca la obra de su Hijo. Se mantiene siempre junto a la Iglesia en el camino de la vida, la anima y orienta.

Ella es también intercesora del poder del Espíritu Santo, y por tanto, podemos pedirle con confianza que la gracia de Dios nos disponga para su acción.

Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: “¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”.

Alfie Evans, en el punto de choque de dos antropologías

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Editorial

El caso del pequeño Alfie Evans, el niño británico con una enfermedad neuronal degenerativa incurable que murió luego de ser desconectado de un ventilador artificial por orden de la justicia de su país y en contra de la voluntad de sus propios padres, muestra de modo cruel el punto de choque entre dos antropologías.

Por un lado, el totalitarismo utilitarista e inhumano que mira en un niño enfermo a un residuo social sin valor y no teme desecharlo, y por el otro, la visión centrada en la dignidad humana que coloca la persona en el centro indistintamente de su condición y defiende la vida hasta su término natural.

Una cuestión que ya San Juan Pablo II vio y denunció con gran claridad. Dos visiones del ser humano se enfrentan en el mundo y el escenario de guerra es la familia. Por una parte, la del hombre dueño de sí mismo y que quiere ejercer su dominio sobre la realidad. Por la otra, la de un hombre abierto al misterio, que busca en  la vida llevar a cumplimiento de manera plena su propia humanidad. En pocas palabras, cultura de la vida y cultura de la muerte. 

La tensión generada entre ambas corrientes generó en este caso un movimiento de escala global, en el que intervino hasta el propio Papa Francisco, quien puso a disposición de los padres de Alfie toda la ayuda necesaria, incluido un helicóptero y el ofrecimiento del Hospital Niño Jesús, del Vaticano, para trasladar y recibir al pequeño Alfie.

Hasta el gobierno italiano concedió, de modo ejemplar y en tiempo récord, la nacionalidad al niño, oportunidad que fue igualmente ignorada por los jueces. 

Los tres recursos presentados por los padres fracasaron en el máximo tribunal de justicia británico, aferrado a un necio progresismo legalista que mostró con toda frialdad hasta dónde es capaz de llegar, al desconocer la autoridad de los padres para convertir a un menor indefenso e inocente, en un rehén sentenciado a muerte en el mismo hospital que debió por todos los medios evitársela.

El utilitarismo es la doctrina que mejor define las actuaciones médicas y judiciales del Reino Unido. Bajo su influencia, prevalece una visión materialista, donde sólo se consideran los aspectos científicos, pragmáticos y útiles, es decir, los puramente materiales. La tesis británica supone que el pequeño Alfie era persona, pero dejó de serlo al entrar en un “estado semivegetativo”. Esta posición individualista, cosificadora del cuerpo biológico en una determinada fase de la existencia reclama, entre otros, “el derecho a vivir y a morir con dignidad”. 

Estamos ante una visión cientificista de la corporalidad: hay cuerpos, como el de Evans, que para ellos no son personas y ello supone una instrumentalización del cuerpo, haciendo de la autonomía la regla y norma última del obrar; llevando a la desprotección total de estos “cuerpos biológicos”, “insensibles”, pudiendo ser manipulados, y considerando incluso lícito en el plano ético y jurídico suprimir la ventilación artificial, o hasta la eliminación de la persona desde criterios economicistas de productividad o improductividad del gasto.

Es la misma cultura de la muerte que en el mundo propugna la eutanasia para los ancianos y para los enfermos. La que ve en el control de la natalidad la respuesta a la codicia de unos pocos para quienes los pobres son una amenaza, y la que proclama el aborto como un “derecho humano”, llamando “producto” al bebé concebido y en gestación.

Es la cultura de la muerte la que está detrás de la nefasta ideología de género, que desconoce las diferencias biológicas entre hombres y mujeres para abrir la puerta a la legalización de las uniones homosexuales y su adopción de niños.

No es poco lo que está en juego. El pequeño Alfie está ahora en los brazos de Dios donde descansará eternamente. A nosotros, que nos llamamos hijos y seguidores del que es la Luz del mundo, nos toca hacer que su vida, y su muerte, no sean en vano.

La jornada del primero de mayo

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Editorial

La jornada del primero de mayo

 

Se acerca la celebración del Día Internacional del Trabajo, en la Solemnidad de San José Obrero, el próximo 1 de mayo.

Este día coinciden una serie de eventos muy importantes para el país, como la Santa Misa ofrecida por el Arzobispo de San José, con un carácter tradicionalmente centrado en iluminar la situación social, la marcha de los trabajadores por las calles de San José convocada por los sindicatos, con sus consignas y reivindicaciones, y desde luego, la integración de la nueva Asamblea Legislativa, con la elección de su nuevo directorio, el último mensaje del Presidente Luis Guillermo Solís y los demás actos protocolarios.

Se trata de momentos fuertes en un día particularmente intenso que este año revisten de un carácter especial, no sólo por estar a las puertas del cambio de gobierno, sino también por la crispación alrededor del debate en el Congreso de la República del Plan de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, más conocido como el Plan Fiscal.

Dicho plan, postergado en el tiempo, es como una papa caliente que nadie quiere sostener. Tal es así que hasta los futuros diputados piden que no se vote, lo cual no es sino un mal augurio para el deber de poner orden en la economía del país.

Lo curioso es que en Costa Rica nadie duda de la necesidad de hacer reformas que nos eviten caer en una grave crisis económica y social, pero nadie quiere ser el primero en asumirlas. Todos saben que si el barco se hunde, se hunde con todos, pero nadie se atreve a repararlo.

Por un lado los gremios sindicales y los trabajadores públicos rechazan tocar sus condiciones laborales, salariales y de beneficios, que en algunos casos, hay que decirlo, están salidos de toda medida y prudencia. Los llaman conquistas pero en realidad son abusos que de hecho les fueron concedidos en condiciones económicas, políticas y sociales que ya no existen.

Las cámaras empresariales por su lado, presionan porque no se les graven más sus actividades, bienes, ganancias y capitales, aduciendo riesgos de despidos y faltas a la competitividad, sin asomo de querer sacrificar por el país ni siquiera una pequeña parte de los ingresos que generan sus millonarios negocios aquí y en el extranjero. Es una barbaridad y una ilegalidad que debe investigarse por ejemplo que entre las empresas más grandes y poderosas se reporten ganancias nulas para no pagar impuestos.

El gobierno, con la puerta de salida en frente, no fue capaz en estos cuatro años de dar el ejemplo, de luchar de frente y a tiempo contra la corrupción y reducir el gasto en aquellos rubros que pudo hacerlo, como la publicidad y otros gastos de Casa Presidencial, pues está claro que una buena parte del presupuesto nacional ya tiene, por ley, destinos específicos intocables.

El pueblo llano mira y sufre las consecuencias, pero también va acumulando un descontento que en nada beneficia la democracia y la paz social. Estamos pues, jugando con fuego.

Así las cosas, el país no tiene a estas alturas el consenso requerido para avanzar en las reformas fiscales, a pesar del esfuerzo de última hora que supuso el Plan Fiscal, que en otro editorial ya habíamos calificado de muy tardío pero igualmente necesario.

Como casi siempre pasa aquí, el problema solo cambia de dueño, y ahora es la administración del Presidente electo Carlos Alvarado la que tendrá que hacer frente al país con la canasta vacía de recursos en una mano, y con una llena de promesas en la otra.

Este 1 de mayo debería ser entonces, muy por el contrario, un momento de reflexión nacional, de mesura, prudencia y de compromiso con el bien común. Un día para preguntarnos qué estamos dispuestos a darle al país, para luchar contra la tentación del egoísmo y para realzar lo que nos une en lugar de poner el acento en lo que nos divide como nación.

Que en esta jornada el ataque, la crítica, la descalificación y la frivolidad cedan a la conciencia, el esfuerzo conjunto, el diálogo y el encuentro. Y que como la familia costarricense que somos celebremos de un modo distinto, con esperanza, alegría y responsabilidad, el Día del Trabajador. 

 

Paz en la Tierra

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Editorial

Paz en la Tierra

 

La paz, anhelo de la humanidad, parece una utopía lejana a la luz de los nuevos acontecimientos en Oriente Medio. Siria, un país ya de por sí golpeado por el terrorismo y la guerra civil, es ahora lugar de disputa de potencias globales que se juegan en su territorio grandes intereses económicos, políticos y geoestratégicos.

Su Presidente, Bashar al Assad, es acusado de utilizar armas químicas contra la población civil. El último de los salvajes ataques sucedió en la ciudad de Duma, al sur del país y dejó al menos 50 personas muertas y unas 500 gravemente heridas.

En respuesta, el Presidente de Estados Unidos Donald Trump ordenó un bombardeo aéreo a posiciones militares sirias, con el apoyo de la aviación británica y francesa.

El intercambio de amenazas no se ha hecho esperar. Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza, hablo de un caos global si la acción militar estadounidense se mantiene, un tono muy similar al usado desde la Casa Blanca para justificar el ataque.

Cualquiera podría preguntarse por qué el interés de Rusia, Estados Unidos, Inglaterra y Francia en Siria. Se trata por un lado de los recursos naturales presentes en el país, especialmente petróleo, y el hecho de que Siria es ruta de paso de los grandes gasoductos rusos que calientan Europa especialmente en los meses de invierno.

No se podrían desconocer tampoco los intereses políticos en juego, en una zona donde convergen realidades históricas tan fuertes y contrastantes como los estados de Israel, Palestina e Irán, por citar solo tres.

Ello convierte a la antigua nación bíblica en escenario de graves violaciones a los derechos humanos de las personas inocentes, víctimas de un conflicto en el que son el último de los intereses en juego.

La guerra, nos recuerda la Iglesia, es siempre una derrota de la humanidad, ante la cual es necesaria una acción internacional decidida y valiente, alejada de posiciones complacientes, que por carentes de firmeza y coherencia, terminan siendo cómplices de las muertes provocadas.

Como una paradoja, se cumplen en este 2018, nada menos que 55 años de la encíclica Pacem in terris (Paz en la Tierra) del Papa Juan XXIII, hoy santo.

En esta extraordinaria pieza del magisterio social católico, el Papa Bueno tomaba posición ya en 1963 frente a un conflicto que amenazaba con convertirse en una nueva guerra mundial. Hablamos de la crisis de los misiles en Cuba, donde, nuevamente, Rusia y Estados Unidos se disputaban la hegemonía política, económica e ideológica global.

Si se ve fríamente y con realismo, pocas cosas han cambiado desde entonces. La ONU, nacida ante el repudio del holocausto nazi para prevenir que precisamente nuevas barbaries así se pudieran repetir, ha sido incapaz de evitar conflictos y matanzas prácticamente en todo el mundo desde entonces.

Cabe cuestionar el papel simbólico, casi figurativo, de la ONU ante los graves hechos verificados desde su creación en América Latina, África, Asia y últimamente Europa, golpeada por el terrorismo.

Y dentro de ella, de países como Costa Rica, que hacen de la paz un estandarte para promoverse comercialmente por el mundo, pero no pueden, de frente y sin temor o cálculo, rechazar el uso de las armas, del tipo que sean, para la resolución de los conflictos.

Hoy más que nunca resuena el grito del Papa Roncalli: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios”.

En efecto, cuando se quita a Dios de en medio, cualquier cosa puede pasar. Derribadas las fronteras del bien y la verdad, la humanidad se encamina a un abismo que puede terminar arrastrándola a su autodestrucción definitiva.

Porque todas las guerras nacen primero en el corazón de los hombres heridos por el egoísmo, la codicia y la vanidad. En el origen de todos los males de la humanidad está siempre el pecado, que no es otra cosa que el alejamiento de Dios.

Duele también ver que quienes hoy hacen la guerra mañana se declaran creyentes y devotos hombres y mujeres de fe. La violencia y el seguimiento de Cristo son incompatibles, y menos cuando acarrean la muerte y el sufrimiento de los más débiles y desamparados. 

En efecto, “la inconsecuencia que demasiadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, (…) nace también de su insuficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la instrucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental” (PT, 153).

Aquí la Iglesia posee una enorme tarea pendiente, la educación a la paz y la convivencia, así como a la resolución amistosa de los conflictos, mediante el diálogo y la negociación, en donde siempre la persona humana sea el centro y el motivo fundamental.

Que la conciencia de sabernos hijos amados de un mismo Padre, nos ayude a conducir nuestras relaciones personales, familiares, sociales, nacionales e internacionales por las sendas de la paz y la concordia. Y que a una voz resuene fuerte en el mundo, ¡la guerra nunca más!