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Jesucristo

  • Él es el centro, culmen y Señor de la historia del mundo y del universo, el modelo perfecto al que debemos seguir, a quien debemos anunciar y proclamar, con amor, convicción y valentía.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

¡Y por fin llegamos a Jesús, el protagonista por excelencia de la Biblia, de la historia de salvación! Él es el redentor y salvador por excelencia, como bien lo sabemos. Desde aquel ya lejano domingo 11 de julio del año 2010, comenzamos nuestra “aventura” con todos los protagonistas de esta historia bíblica de salvación, que el domingo anterior culminábamos con la presentación del sumo sacerdote Simón, que vendría a ser el último de todos esos hombres y mujeres célebres del Antiguo Testamento (con el riego de quedarnos sin alguno de ellos). 

Salvo los años 2014 al 2016, en que interrumpimos su presentación, hoy comenzamos el Nuevo Testamento con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. En adelante, hablaremos de él y de todos aquellos que lo conocieron, amaron, le siguieron y hasta odiaron y persiguieron hasta darle muerte…, con el fin de profundizar sus enseñanzas y conocer su incomparable misterio o riqueza, como dice San Pablo en una de sus cartas: 

“Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos” (Filip 3,7-11).

Promesas y esperanzas cumplidas 

En todos estos años, hicimos un recorrido por las páginas sagradas del Primer Testamento y, “a modo de pasarela”, vimos desfilar a los hombres y mujeres más relevantes y destacados de la historia bíblica, desde Adán hasta Simón II, como hemos visto…, con el riesgo de haber omitido a alguno, pues son tantos, pero no por ello sin importancia (líderes, profetas, reyes, sacerdotes, siervos, hombres y mujeres comunes y corrientes como nosotros). 

Muchos de ellos fueron anticipo de Cristo, como también los acontecimientos que vivieron o situaciones de su tiempo y de su pueblo, como vivencias humanas y de fe, así también su personalidad tan rica, compleja, radiante y oscura, hombres y mujeres de carne y hueso como todo ser humano, santos y pecadores, con su existencia real o su simbolismo en su realidad histórica, conducidos o guiados de la mano de Dios.

Igualmente, muchas cosas, figuras y elementos, con su carga simbólica o significado, antecedieron a Jesús. No olvidemos, por una parte a Adán, “figura del que había de venir” como dice San Pablo (Rom 5,14), a Moisés, líder, caudillo, legislador, pastor y liberador, como amigo de Dios y profeta que anticipó a Cristo, solamente por poner un ejemplo, como también el paraíso, el diluvio, el maná, el agua, el arca, la serpiente de bronce el templo, el sacerdocio, el profetismo, el desierto, la tierra prometida, etc, etc… Situaciones, vivencias, cosas y personajes de Israel y la humanidad que, sin saberlo o intuirlo, apuntaban a Jesús, culmen de todo lo que vimos de ellos, en el recorrido del Antiguo Testamento, que no significa algo anticuado, sino tiempo de preparación a la llegada de Jesús. De allí que el Antiguo Testamento es la prehistoria de Jesús y su pueblo, el elegido por Dios, su propio pueblo, tan amado por él y el que, con tanta esperanza, lo esperó por siglo, como el Mesías que habría de llegar. Así lo enseña la Iglesia en el Catecismo de la Iglesia, al decir: 

128 La Iglesia, ya en los tiempos apostólicos (cf. 1 Cor 10,6.11; Hb 10,1; 1 Pe 3,21), y después constantemente en su tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce, en las obras de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado…

130 La tipología significa un dinamismo que se orienta al cumplimiento del plan divino cuando “Dios sea todo en todo” (1 Co 15, 28). Así la vocación de los patriarcas y el éxodo de Egipto, por ejemplo, no pierden su valor propio en el plan de Dios por el hecho de que son al mismo tiempo etapas intermedias…

1094 Sobre esta armonía de los dos Testamentos (cf DV 14-16), se articula la catequesis pascual del Señor (cf Lc 24,13- 49), y luego la de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Esta catequesis pone de manifiesto lo que permanecía oculto bajo la letra del Antiguo Testamento: el misterio de Cristo. Es llamada catequesis “tipológica”, porque revela la novedad de Cristo a partir de “figuras” (tipos) que lo anunciaban en los hechos, las palabras y los símbolos de la primera Alianza. Por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son explicadas (cf 2 Co 3, 14-16). Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo (cf 1 P 3, 21), y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo (cf 1 Co 10,1-6); el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía “el verdadero Pan del Cielo” (Jn 6,32).

Pues bien, conozcamos a Jesús. Mucho sabemos de él por la predicación, la catequesis, la vivencia de nuestra fe en su persona, desde nuestra niñez en la familia, la parroquia y en todos aquellos ámbitos en los que la Iglesia lo sigue anunciando. 

En nuestras páginas del Eco Católico hemos presentado a Cristo, en muchas de nuestras reflexiones, por ejemplo, en relación con las celebraciones litúrgicas o tiempos fuertes del Año Litúrgico, en torno a la Semana Santa, Navidad y demás. Y que, al hablar de él y de su obra, nos sirva para el crecimiento de nuestra fe. En especial, para encontrarnos con él. Porque Jesucristo es el centro, culmen y Señor de la historia del mundo y del universo, el modelo perfecto al que debemos seguir, a quien debemos anunciar y proclamar, con amor, convicción y valentía. 

Los que supieron descubrirlo reconocen que hay un “antes” y un “después” de haberlo conocido. Porque antes y después de Cristo la vida no es la misma. Así lo proclaman, por ejemplo, San Pablo, San Francisco de Asís, Edith Stein y tantos otros santos que han reflejado en su vida la presencia luminosa de Jesús.

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