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La Sulamita

Escrito por Super User el . Publicado en Sagradas Escrituras

Una joven bellísima del Cantar vamos a conocer… ¿Quién será? Atendamos su presentación.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Hemos visto que en el Cantar de los Cantares, los protagonistas son el amado y la amada, símbolo de las parejas de novios, de los hombres y mujeres de todos los tiempos que se han amado. Pero resulta que aparece otra mujer llamada la Sulamita (Cant 3,7; 7,1) ¿De quién se trata? 
No se sabe a ciencia cierta. Algunos han querido relacionarla con Abisag, la sunamita joven y bella, “enfermera” del anciano rey David, que lo acompañó y cuidó en sus últimos años y a la cual presentábamos en el Eco Católico del domingo 25 de marzo del año 2012 (1 Rey 1,1-4). 
Lo cierto es que la vemos en Cant 7,1-10 en todo su esplendor, bailando ante el novio extasiado y ante dos coros que la contemplan. Vayamos al texto:

Coro: ¡Vuelve, vuelve Sulamita, vuelve, vuelve, para que te veamos! 

El Amado 

¿Por qué miran a la Sulamita,  bailando entre dos coros? 
¡Qué bellos son tus pies en las sandalias,  hija de príncipe! 
Las curvas de tus caderas son como collares, obra de las manos de un orfebre. 
Tu ombligo es un cántaro, donde no falta el vino aromático. 
Tu vientre, un haz de trigo, bordeado de lirios. 

Tus pechos son como dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela. 
Tu cuello es como una torre  de marfil. 
Tus ojos, como las piscinas de Jesbón, junto a la puerta Mayor. 

Tu nariz es como la Torre del Líbano, centinela que mira hacia Damasco. 
Tu cabeza se yergue como el Carmelo, tu cabellera es como la púrpura: ¡un rey está prendado de esas trenzas!  

¡Qué hermosa eres, qué encantadora,  mi amor y mi delicia! Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a sus racimos. 
Yo dije: “Subiré a la palmera, y recogeré sus frutos…” 

¡Que tus pechos sean como racimos de uva, tu aliento como aroma de manzanas, y tu paladar como un vino delicioso, que corre suavemente hacia el amado, fluyendo entre los labios y los dientes!

Nos encontramos con una escena de danza. El coro invita y pide a la muchacha que se vuelva, para poder verla mejor. Y ello da oportunidad al amado para recrearse de nuevo en la belleza de la joven. Se la llama “Sulamita” e “hija de príncipe”.
 
No sabemos qué significa ese enigmático nombre, o a qué alude, aunque juega con las palabras o nombres de Salomón (Cant 3,7-11; 8,11-12), Salem (Cant 1,5), Jerusalén (Cant 6,4; 1,5; 2,7) y paz (“shalom”, ver Cant 8,10). Su nombre suena parecido al del rey Salomón (Cant 3,7), de forma que podría ser su pareja. O podríamos llamarla “Salomé”. Lo cierto es que es una campesina judía bellísima.

Ella está bailando entre dos coros: sus pies y sus caderas, moviéndose y contoneándose al ritmo de la música, atraen las miradas de los que contemplan la danza. Y por ahí comienza el amado su descripción, en orden inverso a Cant 4,1-6 y 6,4-9, añadiendo algunos elementos nuevos. 
Es la más sensual evocación del cuerpo amado de todo el libro, con claras alusiones a la sexualidad y a la fecundidad: los pies y la curva de las caderas, el ombligo y el vientre, los pechos y el cuello, la copa rebosante de licor, el trigo y los lirios, las crías de gacela que conocemos  en Cant 4,5.

Y algunos elementos arquitectónicos o del paisaje (Cant 7,5-6): el cuello, torre de marfil por lo blanco y lo esbelto; los ojos grandes y transparentes, como las albercas o piscinas, reales o figuradas, de la mítica Jesbón de los trovadores en Transjordania (Núm 21,25-27); la nariz bien proporcionada y bien recta, como la torre del Líbano (no sabemos a qué torre se refiere); la cabeza, erguida y majestuosa, como el monte Carmelo; y las trenzas que recogen la abundante cabellera púrpura de tan hermosa princesa (Cant 7,2b), como redes que tienen cautivo (ver Cant 4,9; 6,5), al novio-rey enamorado.

Éste va a hacer una impetuosa y apasionada confesión de su deseo de poseer el cuerpo contemplado en la danza, que hoy llamaríamos “danza del vientre” (Cant 7,7-10). Talle de palmera, pechos como racimos de dátiles: el amado va a apoderarse de ellos, va a gozarlos en exclusiva y será como si comiera uvas, como si oliera aroma de manzanas y bebiera vino exquisito (ver Cant 5,1).

Quizá el autor o autores del Cantar de los Cantares dejan el texto abierto a diversas interpretaciones, a la ambigüedad o al enigma, a la hora de tratar de identificar a esta mujer que, por lo demás, esconde el rostro y en la práctica lo esconderá siempre…, aun cuando “se le dé la vuelta”, porque en todo este libro, la Sulamita es una mujer real, pero también es un símbolo de la feminidad y del amor. En última instancia, la amada del Cantar, que hemos visto en toda su exuberante belleza, sensualidad y encantos. 
Tendríamos, entonces que alabar, tanto a esta mujer tan hermosa, como a la mujer laboriosa de Prov 31,10-31 que, sin mostrar sus encantos, es tan bella como la anterior. Desde esta perspectiva, gracia y hermosura palidecen, no es que no valgan.
 
Pues dice el dicho: “Harto es hermosa la que es virtuosa”; “bondad y dulzura más que donaire y hermosura…”.

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