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Entre la fe, la sociología y el servicio a los demás

  • Pbro. David Solano Chávez, Arquidiócesis de San José

Ma. Estela Monterrosa S.
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El Padre David Solano afirma que tiene cuatro vocaciones, la primera, ser creyente, después vienen su vocación al sacerdocio, a la sociología y a la docencia. “Todas me ayudan a sentirme realizado y contento de lo que soy”, dijo

Ninguna de esas áreas las imaginó de adolescente, salvo el sacerdocio por un llamado al que al principio no prestó oídos. Todo le fue saliendo al paso, “según los planes de Dios”.

A sus 15 años, él no era cercano a la Iglesia, solo iba a misa los domingos, pero sintió la inquietud vocacional y lo conversó con su profesor de religión; sin embargo, al concluir el colegio decidió que quería ser ingeniero en sistemas.

“En 1993 entré a la Universidad de Costa Rica. Al año siguiente, en Semana Santa, como de costumbre fui a las procesiones y algún oficio litúrgico. Pero el Domingo de Pascua, surgió de nuevo de la inquietud al sacerdocio”, recordó.

Entonces habló con su párroco, el Pbro. Gerardo Sanabria, y le consultó sobre el proceso para ingresar al seminario. “Me dijo: ‘el otro fin de semana hay unas convivencias, vaya a ver si le gusta’, nada más”. Así lo hizo. Realizó el proceso con unas ochenta personas y, al final, resultó elegido entre los quince que aceptaron para ingresar al seminario.

Ya había cursado su segundo año de carrera, así que congeló la matrícula en la UCR por varios años “por si acaso”.

Fue parte de la última generación de sacerdotes ordenados por Mons. Román Arrieta, Arzobispo de San José, en marzo del 2002.

Ya desde el seminario tuvo fuerte contacto con la Pastoral Social. “Cosa atípica, no es frecuente que envíen a alguien a hacer experiencia en un área específica del quehacer de la Iglesia, lo tradicional es hacer experiencia pastoral en una parroquia”, afirmó.

Del sacerdocio a la sociología

Con poco tiempo de ordenado, había solicitado permiso a su obispo, Mons. Hugo Barrantes, para colaborar unos años en la Diócesis de Limón, pero el obispo tenía otros planes y le pidió que estudiara otra carrera.

“Le propuse volver a informática, pero me dijo que mejor algo en ciencias sociales. Elegí sociología. Volví a la UCR a los tres años de ser sacerdote, con 30 años de edad, a la Facultad de Ciencias Sociales”, comentó.

En sociología ha encontrado otra de sus pasiones. Su tesis de licenciatura fue premiada como la mejor del año en Ciencias Sociales (2012). Ahora, bromea con lo que para algunas personas parece inconcebible: “Soy un cura sociólogo dando clases en la UCR”. Afirma, que esa labor le permite abrir un espacio, pues, aunque no pretende adoctrinar a nadie, su presencia es esa institución se vuelve un signo de pregunta. “Es hacer presencia en un ámbito en el que, habitualmente, no se ve la jerarquía de la Iglesia. Hay que vencer prejuicios”.

Además, afirma que estudiar sociología fue una opción personal, pero ha contado con el apoyo de sus obispos, primero Mons. Hugo Barrantes y después Mons. José Rafael Quirós.  

Este inquieto sacerdote ahora está a punto de terminar su maestría, es director de la Escuela Social Juan XXIII desde el 2011 y delegado episcopal de la Pastoral Social en la Arquidiócesis de San José desde el 2017.

“Asumir la Escuela Social, al principio, fue un reto y sigue siéndolo. Entrena para aumentar las capacidades de diálogo, como persona y como creyente, porque en este trabajo uno se encuentra mucha gente que piensa distinto y hay que convivir con ellos.”

En cuanto a su futuro, dijo, anhela hacer más humana la vida a la gente que le rodea, aportando lo que puede. “No importa dónde o cómo esté, sino como creyente, desde ahí tengo mucho que aportarle a la vida de la gente para que sea más conforme al reinado de Dios. No me preocupa el futuro porque aún no existe, estoy claro que lo voy construyendo con lo que hago hoy.”

De su ministerio, añadió, atesora muchas experiencias en las que se ha visto involucrado. “Experiencias de cercanía con la gente más necesitada que te enseñan a vivir con poco y a desear poco. Experiencias con pequeños agricultores que siguen confiando en el trabajo de la Iglesia para que su vida sea mejor, experiencias de cercanía con empresarios, asociaciones solidaristas, y sindicatos que marcan porque es acercarse con el único interés de construir bien común y, algo que marca mucho, es la cercanía con experiencias de dolor de mucha gente que, por el gesto, la palabra, la acción concreta se llenan de esperanza”.

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