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La Negrita: ternura del amor de Dios

Lis Chaves
Ordo Virginum, Diócesis de Cartago
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¡Cuántos testimonios de la misericordia de Dios a través de la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica! Es tan hermoso ver que miles de personas caminan hacia Cartago el 2 de agosto para implorar la intercesión de la Madre de Dios ante tantas necesidades. Muchas otras personas peregrinan para dar gracias por favores concedidos, para seguir poniendo sus vidas en las manos de la Virgen María.

Es innegable que ella es una madre misericordiosa que con sus oraciones enciende el cielo de amor y lanza dardos urgentes con solicitudes de sus hijos a Dios Trinidad. Nada se concede sin no es voluntad de Dios y nuestra Madre es una gran intercesora, pero siempre hará lo que su Hijo diga como en las bodas de Caná.

El Papa Francisco nos ha repetido incansablemente que no somos huérfanos, que tenemos una Madre, que María es Madre y que quien camine con ella jamás se condenará. Y cuenta el Papa en uno de sus discursos, el caso de la Virgen de los mandarinos en Italia, llamada la Virgen de los granujas (ladrones) pues dice que San Pedro deja entrar a unos y a otros no. A los que no entran, María les pide esconderse y los deja entrar al cielo por una ventana. Es una forma graciosa de decirnos que María nos quiere salvar a todos porque todos somos sus hijos. (Aleteia, marzo 17, 2017)

Ella es una Madre misericordiosa. Cuando veo entrar a tantas personas llenas de dolor y súplicas a la Basílica Nuestra Señora de los Ángeles pienso que la Virgen se derrite de amor por cada una de ellas. Si yo que soy solo una creatura me conmuevo, ¿cómo no se conmoverá la Reina de la Misericordia, quien llevó en su seno al Dios Amor, al Dios Perdón, al Dios Misericordia?

No me alcanzaría esta columna para contarles mi testimonio con la Negrita. Solo les puedo resumir que mi madre sanó de un cáncer por su intercesión y que mi conversión a una vida en el Espíritu y mi vocación a la vida consagrada es también obra de esta dulce madre. Mi promesa fue rezarle el rosario todos los días y entregarle mi vida. Y entre más me acerco a María más me enamoro de Jesús, porque ella solo sabe llevarnos a un lugar: al corazón de Cristo.

Dios me permitió conocer la Basílica Santa María de los Ángeles, en Asís, donde está la Porciúncula, un lugar tan amado de San Francisco y debo confesar que caí de rodillas, fue como entrar al vientre de la Madre celestial, en la ternura del amor de Dios. Tenemos lo mismo en la Basílica de nuestra Negrita: una fuente inagotable de misericordia divina, un mar infinito de ternura y una Madre que nos espera siempre.