“Vivo una segunda vida”

  • Padre Carlos Abarca, San Antonio de Desamparados, Arquidiócesis de San José

Laura Avila Chacón
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El Padre Carlos Abarca asegura estar viviendo una segunda vida. Nació de nuevo y ahora intenta existir para mostrar a todos el amor de Dios.

Este sacerdote, con 38 años de servicio, no siente pena alguna de contar que por muchos años sufrió en el abismo del alcohol, al punto de encontrarse un día con la dura realidad de ser noticia en los medios de comunicación.

Esta experiencia lo llevó a un intenso proceso de reflexión y oración, que unido a la rehabilitación que ya tenía y a amigos incondicionales que estuvieron a su lado, le permitió salir adelante y dejar atrás la situación.

Y lo dice con nombres y apellidos: los que le tendieron la mano cuando más lo necesitó fueron sus hermanos sacerdotes Eliécer Figueroa, (ya fallecido), Marvin Benavides (párroco de Desamparados), Guido Villalta, (antiguo vicario general arquidiocesano) y Javier Román (actual Obispo de Limón). “Me buscaron ayuda y salí adelante gracias a ellos y a Dios”, resume el sacerdote.

De eso hace ya 10 años, y recuerda con especial agrado una llamada de Monseñor Hugo Barrantes, entonces arzobispo, que le decía “estate tranquilo Carlos, que es una mancha más en la piel de un tigre”.

Luego de esta experiencia fue nombrado coadjutor del entonces Padre Román, de quien agradece el trato, la comprensión y la ayuda para salir adelante. “Desde entonces no volví a tomar más”, afirma.

Sacerdote aviador

El Padre Carlos recuerda que a inicios de los años 70, atraído por volar, usaba su carné de estudiante para que le rebajaran dos colones del valor del boleto del viaje a Limón. Pagaba entonces los 27.50 y disfrutaba de un vuelo de ida y de regreso.

Un día, en la terminal de esa provincia, vio a un señor que lo cautivó por su nobleza y amabilidad. Se preguntó si sería sacerdote porque estaba siempre rodeado de personas que lo seguían con cariño.

Resulta que ese día le tocó sentarse al lado de él en el vuelo de regreso a San José, y entonces aprovechó para conversar. El señor le pidió que viera por la ventana la naturaleza, entonces el joven Carlos comprendió que lo estaba invitando a ver lo grande y bondadoso que es Dios con nosotros. Nunca supo más de aquella persona, pero sí le quedó la inquietud de que podía haber sido un sacerdote y que él mismo podía también llegar a serlo.

La inquietud fue creciendo y conoció al Padre Armando Alfaro Paniagua, quien se convirtió en su referente por el amor a los pobres y por su nobleza, que le recordaba a aquel desconocido del vuelo de Limón.

Para entonces trabajaba como cobrador de bus en Aserrí, y con lo que ganaba se pagaba sus estudios de colegio. Luego, la ayuda del dueño de una academia de aviación, que le descontaba un porcentaje del precio de las horas de vuelo, inició su formación como aviador, que concluyó una vez siendo sacerdote con la ayuda de amigos de Tibás.

Junto a esto, aquella pregunta, ¿sacerdote yo? seguía en su corazón, y entonces buscó al Padre Claudio Charpantier, el recordado “Cabito”, quien le contó que ya iban a empezar los núcleos vocacionales y lo invitó a participar.

“Qué maravilla un cobrador de bus”

A sus formadores les llamó la atención que el joven Carlos Abarca fuera un cobrador de bus. Decían siempre: “Un cobrardor de bus, qué maravilla”.

Toda su pastoral como seminarista la realizó en Desamparados. En 1980 llegó su ordenación diaconal por imposición de manos de Monseñor Román Arrieta en la Basílica de los Ángeles.

Sus primeros bautizos fueron en Cartago. Hasta el día de hoy, con rigurosidad, lleva la lista de los bautizados. “Como seminarista estuve metido en todo: en la comisión de vocaciones, de cine y deporte, administré la soda y también fui coordinador aquidiocesano de los seminaristas”, narra.

Ya como diácono fue nombrado en Hatillo, la parroquia de sus amores, al lado del Padre Eliécer Figueroa, quien le encargó presenciar todos los matrimonios.

De ahí pasó a la Basílica de los Ángeles con el padre Walter Sandí. Posteriormente, ya siendo sacerdote lo enviaron a Roma, donde estuvo nueve meses junto a una comunidad de sacerdotes donde forjó su carácter, y vivió experiencias de alegrías y tristezas. “Me enviaron a la cocina y ni un huevo sabía hacer, luego aprendí a hacer pizza y hasta espaguettis”, recuerda entre risas.

De vuelta en Costa Rica, fue nombrado en Hatillo nuevamente. Estuvo nueve años aquí y entre las obras que lideró estuvieron los templos de varias de las comunidades del lugar. Luego ha servido en varias comunidades arquidiocesanas con el mismo deseo de trabajar junto a los laicos, de crecer y de animarse mutuamente en el amor de Dios, fuerza que asegura por experiencia, es capaz de cambiar vidas y orientarlas hacia la auténtica felicidad.