La extraña

  • El autor de este libro pretende advertir sobre la necesidad de buscar la auténtica sabiduría, que lleve al joven por buenos caminos.

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, Cenacat

Hoy les presentamos a otra mujer simbólica del libro de los Proverbios: la “extraña”. Podemos preguntarnos: ¿a quién se refiere? En primer lugar, el adjetivo “extraño” en Prov 5,10.17; 6,1; 14,10; 20,16 aplicado al hombre, puede significar  “extraño al clan o a la familia”, es decir, “extranjero”, y también “amante”. En la mujer, el adjetivo “extraña” (o ajena-desconocida), es sinónimo de la ramera o prostituta (Prov 2,16; 5,3.20; 7,5). En una época de la historia de Israel, en la que la sociedad judía manifestaba una necesidad de controlar la sexualidad femenina, restringiendo su actividad sexual al ámbito del matrimonio y de la familia, este término tan amplio designaba a la mujer que estaba envuelta en relaciones sexuales ilícitas. 

En aquellos tiempos, las mujeres que escapaban de este rígido control, conformaban la figura de la “extranjera”, que representa el desorden en todos los ámbitos de la existencia. Advertencias contra ella engloba también a la extraña, a la malvada, a la prostituta y a la casada, por el hecho de serlo y se encuentran en distintos pasajes, como Prov 2,16-19; 5,1-11.15-23; 7, 1-5;  9,13-18; 23,27-28. Entre nosotros, no es raro también hablar o expresarse muy mal de todas aquellas mujeres, que por diversas razones, no han vivido según los parámetros de la sociedad y son calificadas así, de forma tan despectiva. Basta escuchar las advertencias de los padres para con sus hijos y máxime si se trata de muchachas, un tanto “libertinas”…

Diversas interpretaciones

En efecto, la “mujer extraña” del libro de los Proverbios, se ha interpretado de distintas formas: desde la mujer extranjera, pasando por la de comportamiento extraño, la devota de un culto de fertilidad pagana, hasta la adúltera y a la sabiduría no israelita.  Se puede entender el de “adúltera” y en otro sentido simbólico, el de la “mujer extraña” que practicaba la prostitución cultual, en los tiempos de los jueces en Israel o en el tiempo del profeta Oseas.

Otros especialistas, en cambio, afirman que la “extraña” representa a la mujer apartada de la sociedad, la que vive en los márgenes de la muerte, la marginada. De ella podemos descubrir algunos rasgos, en los discursos de Doña Sabiduría y de Doña Necedad, que son opuestos como vimos en Prov 9,1-6.13-18. Ambos simbolizan los dos posibles caminos o actitudes ante la vida, en las figuras de estas dos mujeres. Una de ellas  intentará seducir al joven que está siendo instruido por su padre (Prov 6,24; 7,5), y cuyo discurso la retrata ante él como una verdadera amenaza.

Su figura antitética se manifiesta en distintos pasajes: el banquete que ofrece Doña Necedad (“pan comido a escondidas y agua robada”, recordemos Prov 9,17), que contrasta con el banquete de doña Sabiduría (“pan y vino”), en Prov 9,5. El “agua robada” nos recuerda, además, el consejo del padre/maestro de “beber agua del propio pozo o manantial” en Prov 5,15-18, es decir, de buscar a la legítima esposa. 

Llama la atención que cuando ella se presenta, en el momento en que quiere seducir al joven incauto (Prov 7,14-20), habla como “las malas compañías” de  Prov 1,11-14 y con ellas se identifica. Sus labios, al igual que la sabiduría, destilan miel, pero mientras que la miel de la última es buena para el alma (Prov 24,13-14), los labios de la primera son, al final, como el ajenjo, que es muy amargo y como espada de doble filo, que conducen a la muerte (Prov 5,3-6). Contrasta también el amor de la esposa, que es “para siempre” (Prov 5,19) con el placer momentáneo (hasta el amanecer) de la seductora  de Prov 7,18.

No se trata de condenar

Lo sabios de Israel, hablando por boca del padre/maestro, advierten al joven sin experiencia, de los peligros de coquetear con doña Necedad, la peligrosa mujer casi enemiga de Doña Sabiduría, en la búsqueda de la auténtica sabiduría. Sabemos que Doña Sabiduría es una mujer que personifica la sabiduría israelita. Su opuesto, doña Necedad, no vendría a ser solamente una prostituta o adúltera como la entendemos, sino como la sabiduría extranjera no israelita o no judía. 

Como vemos, la mujer extraña se puede entender de muchas formas: la mujer que andaba en malos pasos como tal y que se denomina “prostituta”, “seductora”, “ramera”, etc; la mujer que en aquellos tiempos frecuentaba los cultos paganos fuera de Israel, la extranjera casada con un creyente judío en matrimonio mixto y la mujer como símbolo de la falta de sabiduría (necedad). Entre las múltiples advertencias contra ella, que se encuentran a lo largo de todo el libro de Proverbios, merece señalarse la de Prov 2,16-19 y que transcribimos: 

Porque la sabiduría penetrará en tu corazón y la ciencia será la delicia de tu alma;  la reflexión cuidará de ti y la inteligencia te protegerá,  para librarte del mal camino, del hombre que habla con perversidad;  de los que abandonan los senderos de la rectitud, para tomar por caminos tenebrosos;  de los que gozan haciendo el mal y se regocijan en las perversiones de la maldad;  de los que van por caminos tortuosos y por senderos retorcidos. Así te librarás de la mujer ajena, de la extraña que se vale de palabras seductoras,  que abandona al amigo de su juventud y olvida la alianza de su Dios:  su casa se hunde en la muerte y sus senderos van hacia las Sombras… (Prov 2,10-18).

¿Se trata, hoy día, de condenar a estas mujeres? No se trata de esto.  Simplemente el autor de este libro de sabios, pretende advertir sobre la necesidad de buscar la auténtica sabiduría, que lleve al joven por buenos caminos. No debemos tomar estos textos simplemente para evitar “las malas compañías femeninas” y los riesgos del trato con cierto tipo de mujeres (y de hombres también), sino más bien en educar en el respeto mutuo, en la valoración de la dignidad humana, en la conciencia de igualdad de derechos, obligaciones y responsabilidades que, tanto hombres y mujeres, tenemos en la familia, la Iglesia y la sociedad. Pues en ellas hay de todo, en la sociedad bíblica de aquel tiempo y en la nuestra también… Pero no podemos esgrimir estos apelativos tan duros, para condenar sin más a estas mujeres, cuando Jesús no lo hizo con nadie, más tratándose de ellas, con las que tuvo un trato misericordioso, sin importar lo que fueron (Lc 8,36-50; Jn 12,1-8).

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