Sagrario de la Misericordia Divina

  • El Inmaculado Corazón de María

Pbro. Mario Eduardo Zúñiga S.

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Para comprender la expresión “Inmaculado Corazón de María”, debemos acercarnos a la Sagrada Escritura y de esa manera interpretar correctamente la profundidad de este misterio. 

La palabra “corazón”, en la Biblia, implica la totalidad de la persona humana, su ser íntimo e irrepetible, el centro de la existencia humana, el lugar donde confluyen la razón, la voluntad, el temperamento y la sensibilidad, en el cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior.  Así también lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 368: “La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de ‘lo más profundo del ser’ (Jr 31, 33), donde la persona se decide o no por Dios”. 

En el caso del Corazón de la santísima Virgen María, designa la persona misma de la Madre de Dios, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su profunda vida interior: del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor; la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo.  Así las cosas, acercarse a su Corazón Inmaculado implica un impulso en el propio ser para que nuestro corazón entre en sintonía con el de la Madre de Dios y podamos pronunciar como Ella: “¡Hágase!” (Lc 1, 38).

El evangelista san Lucas (2, 19. 51) nos presenta a María como aquella que guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón. Esto nos da a entender que el corazón de María se convierte en una excelente cuna para la meditación cristiana acerca los misterios del Señor Jesús, y como lo diría san Juan Pablo II en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, en el corazón de la Madre siempre buscamos el fruto de su vientre (cf. n. 24) y aprendemos con Ella a contemplar el rostro de Jesús (cf. n. 3). 

El Corazón Inmaculado de María es una escuela perfecta para el discípulo de Cristo, pues, como sabemos, en Ella contemplamos el fruto más espléndido de la redención, y miramos con esperanza lo que la Iglesia entera ansía y espera ser . María nos enseña a: 

• Dejarnos sorprender por las palabras y acontecimientos de Jesús (cf. Lc 2, 19. 51).

• Admirar, respetar y adorar los planes salvíficos de Dios (cf. Lc 1, 29; 2, 33).

• Tener una actitud de pobreza bíblica y de confianza filial (cf. Lc 1, 48). 

• Servir a los hermanos (cf. Lc 1, 39) como instrumentos portadores de la gracia del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 41). 

• Vivir en sintonía con Cristo el silencio de una donación total (cf Jn 19, 25ss).

• Vivir la oración eclesial (personal y litúrgica) en “cenáculo” y armonía de sentimientos y de oración “con María la Madre de Jesús” (Hch 1, 14).   

A lo largo de la historia de la Iglesia, muchos santos y teólogos han reflexionado acerca del sentido del Corazón de María, sobre todo a partir de los textos bíblicos. San Agustín (+430), por ejemplo, no solamente ve el corazón como sede de la inteligencia o pensamiento, sino que también ve en él la totalidad de la persona, la intimidad más profunda, el centro originario fundamental del ser humano. Algunos padres griegos, como Gregorio Taumaturgo (ca. +270), afirman que María guarda y medita todo en su corazón porque ella es el vaso y recipiente de todos los misterios (cf. Homilía 2, PG 10, 1169-1170). Entre los padres latinos, san Ambrosio (+397) invita frecuentemente a imitar el Corazón de María, porque “Ella fue virgen y humilde de corazón”, y nos dice: “aquello que María hace, háganlo también ustedes en su corazón” (cf. De virginibus 2, 7, PL 16, 220; De institutione Virginis et sancte Mariae virginitate perpetua 103, PL 16, 345). 

San Agustín también afirma que María es bienaventurada porque concibe por la fe a Jesucristo primero en su corazón y luego en su vientre (cf. De sancta virginitate 3, PL 40, 398). Esta misma reflexión fue enriquecida por autores de la talla de Ruperto de Deutz (+1129), Ugo de San Víctor (+1141) y san Buenaventura (+1247), y este último sentenciaba que María, al concebir en el corazón la palabra de la fe, en el vientre ha concebido verdaderamente al Hijo de Dios.  

Muchos otros escritores y santos han tratado de adentrarse teológicamente en el Corazón Inmaculado de María, pero, sin duda alguna, merece atención particular san Juan Eudes (+1680), quien impulsó una devoción especial a los corazones de Jesús y María. Él afirmaba que el corazón de la Virgen es la fuente y el principio de todas las grandezas y excelencias que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las otras criaturas, como el ser hija predilecta del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. La humildad, la pureza y el amor del corazón son las virtudes que la hicieron digna de ser la madre de Dios. 

Las apariciones de la santísima Virgen en Fátima, Portugal, en 1917, marcaron un punto muy alto en la devoción al Inmaculado Corazón de María, de manera especial la aparición del mes de junio, donde la Madre del cielo declara a Lucía como apóstol de la devoción a su corazón inmaculado diciéndole: “Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi inmaculado corazón”.  En la aparición del mes de julio, la Virgen reafirma proponer la devoción a su Corazón Inmaculado para pedir la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas a su Inmaculado Corazón. El corazón de María es interpretado desde Fátima como un camino que conduce al Señor, pues ese corazón ha sido moldeado por el mismo Dios. En su corazón se ven reflejados los designios de la misericordia divina sobre su pueblo. En él sin mancha, todo creyente debe contemplar la centralidad de Jesús en la historia de salvación, porque su amor es eterno y sin límites (cf. Jn 13, 1; Sal 136).

La historia de la celebración litúrgica del Inmaculado Corazón de María ha tenido diferentes matices, sin embargo, solo mencionaremos que después del Vaticano II, era considerada como una memoria facultativa, es decir, se podía o no celebrar, pero siempre el sábado después de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, puesto que Pío XII la había colocado para el 22 de agosto, en la octava de la Asunción del Virgen. Fue el 1 de enero de 1996 que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos declaró como memoria obligatoria esta celebración, cuyos textos para la Eucaristía miran al Corazón de María desde la luz del misterio de Cristo.

Finalmente, hemos de decir que cuando contemplamos al Inmaculado Corazón de María no lo hacemos por la sola devoción, sino para ir -a través de él- a la profundidad del misterio de Cristo, pues en su corazón ha residido la fe perfecta de esta mujer, que con su fiat-hágase, acoge con obediencia la voluntad divina y colabora para que “se realice el designio que Dios, en su amor, trazó para la salvación del mundo”.  Entrando en su corazón, la Iglesia, que ve en María “lo que ansía y espera ser” , podrá, como Ella, alcanzar “un corazón sabio y dócil, […] nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la Nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, […] firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar” , llenos de fe, la victoria del Señor resucitado.

1Cf. M. AUGÉ, «Cuore Inmmacolato», en S. DE FIORES-V. FERRARI SCHIEFER-S. M. PERRELLA (Dir.), Mariologia, San Paolo, Cinisello Balsamo 2009, p. 371.

2Cf. M. SODI, Con María hacia Cristo. Misas de la Virgen María, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1997, p. 105.

3Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Sacrosanctum concilium, sobre la sagrada Liturgia, BAC, Madrid 2000, n. 103.

4Cf. J. ESQUERDA BIFET, Espiritualidad Mariana. María en el corazón de la Iglesia, EDICEP, Valencia 2009, p. 150. 

5Cf. M. AUGÉ, «Cuore Inmmacolato», en S. DE FIORES-V. FERRARI SCHIEFER-S. M. PERRELLA (Dir.), Mariologia, p. 372.

6Cf. J. ALONSO, «Inmaculado Corazón», en S. DE FIORES-S. MEO (Dir.), Nuevo Diccionario de Mariología, San Pablo, Madrid 1988, p. 946.

7Cf. Ibidem, p. 947

8Cf. ACIPRENSA, Mensaje de Ntra. Sra. de Fátima, 13 de julio de 1917.

9JUAN PABLO II, Audiencia general, miércoles 18 de setiembre de 1996.

10CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Sacrosanctum concilium sobre la sagrada Liturgia, BAC-Madrid, 2000, n. 103.

11CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Misas de la Virgen María, I Misal, prefacio del Inmaculado Corazón de la Virgen María, 1998, p.141.  12Cf. Ibidem.

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