Comentario a propósito de una frase

Pbro. Manuel Enrique Chavarría E.

De entrada sí quiero aclarar que soy creyente, gracias a mi familia, a la escuela pública, al colegio semioficial y a la Iglesia Católica; con mucho amor y sincero respeto por el señor Ministro de Educación, don Edgar Mora, en actitud de diálogo, comento sus palabras recogidas en un video que circula en redes sociales el cual quizás usted haya ya visto.  

¿Quién debe comenzar un diálogo y por qué? La historia y la vida nacional no inician cada cuatro años con un nuevo gobierno, no es la sociedad la que ha de acomodarse al gobierno sino a sus servidores respetar todo aquello que legítimamente existe en la cultura y el corazón de una nación, auguro que sea en esta dirección que indica don Édgar que valora la religión. Porque el punto de partida del diálogo auténtico y sincero lo ponen quienes intervienen, no solo una de las partes. 

Petición innecesaria

Los no creyentes no son discriminados en Costa Rica, se puede ser no creyente bajo la tutela de la legislación, y para la Iglesia, merecen respeto. Es innecesario que subraye la petición de respeto a su condición de ateo o “no creyente”, ¿en qué no estaba incorporado? Da la impresión que son los no creyentes quienes están fuera de algo que él no señala abiertamente, siendo que más bien los creyentes tenemos la sensación fundada que el movimiento político busca la laicización de la vida nacional, y se cultiva la tendencia a la minimización de la presencia, valores y participación de los católicos en cuanto católicos (no en cuanto “religión”)  en la vida nacional. Siempre es bueno aclarar y explicitar las cosas para evitarnos el disgusto de juegos de palabras que arriesguen la anulación de la riqueza de las formas de pensar y vivir desde la fe en Jesucristo.

Vivir y practicar la fe cristiana en el Estado de Derecho costarricense está tutelado en cuanto derecho humano que implica libertad religiosa, libertad de conciencia, libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad de comunicación, libertad de reunión, libertad de asociación, derecho a un desarrollo humano integral.  

Y aunque se trata de un tema de derechos humanos, el Estado puede regular con límites claros ese ejercicio sin “manosear” el “contenido” de lo que se cree (en este caso el Evangelio de Jesucristo: la encarnación, la muerte y Resurrección del Verbo de Dios) con todas las implicaciones que el creyente quiera desarrollar dentro del ordenamiento jurídico, moral universal y buenas costumbres,  según la bimilenaria Tradición (experiencia viva de la comunidad eclesial). 

No le toca al Estado “nivelar”, “homologar”, “reducir” todos los contenidos de las diversas creencias a unos principios universales que las uniformen, excluyendo sus especificaciones. Como estrategia política podría ser una tentación, pero jurídicamente sería una indebida intromisión en la conciencia de los ciudadanos.

Ni al Estado ni a sus funcionarios les corresponde decir en qué sí y en qué no deben creer o cómo deben practicar la fe los cristianos. Esto sucede a menudo en los programas de opinión, reportajes, etc., en que se recluye a los católicos y cristianos en general a limitarse a hacer esto o aquello como si quien hace la reclusión tuviera la potestad de hacer tal definición. 

La “religión” tiene relevancia en la sociedad costarricense porque es vivida por millones de personas en diversos modos, no por concesión de un servidor público ni porque vaya o no concorde con un plan de gobierno sino porque, aparte del dictado de la Constitución, es la sociedad civil misma la que le da ese valor y se gobierna partiendo de la realidad de las cosas. 

Cuando don Édgar dice que él quiere darle relevancia, aparenta ser un reconocimiento, pero un análisis detenido del contexto nos permite concluir lo contrario, pues parece darle una relevancia a algo que no tiene, como si -repitiéndome- es ahora que se le va a dar relevancia. Relevancia se le ha venido quitando. 

Compromiso con el país

En el fundamento mismo de nuestra confianza en el Dios, Padre de Jesucristo, a quien profesamos Vivo y actuante, está nuestro compromiso con el destino del país. Se nos enseña que el Evangelio del amor no se reduce a meros rezos, ceremonias o teorías, ni se recluye a un interés personal egoísta por la salvación. Es nuestro derecho humano y nuestro deber cívico contribuir y aportar desde nuestra condición unida de ciudadanos y cristianos, ¿acaso se debe cambiar de “traje” en el horizonte único de vivir como prójimos, hijos de un mismo Padre?

Hoy el reto pastoral más decisivo es concientizar sobre la definición clara de quién es un católico, en qué cree, cómo vive, cuáles estilos  son los del Evangelio, como está proclamado en las Escrituras y el Magisterio (por citar uno solo: Aparecida) para evitar que se nos tome sin más “como una religión” desconociendo lo propio y peculiar de nuestra experiencia, de nuestra fe, esperanza y caridad. La autoridad pública debe tomar nota de cómo nos vemos, cómo nos concebimos, cómo nos sentimos, qué misión legítima dentro de nuestra sociedad tenemos; el reto en este caso es decir qué entiende por católico, cómo define y caracteriza a este importante protagonista de la sociedad.

Seguir dejando en el “aire” tan necesaria precisión fomenta la confusión, falta de identidad y la indefensión de la conciencia cristiana de esta masa de católicos que contribuimos en cuanto tales como ciudadanos bajo el común cielo a construir la Patria con “el trabajo y la paz.” 

La autoridad pública no tiene por competencia interpretar las Escrituras ni la catequesis, ni la Liturgia, ni las acciones de la caridad; cooperamos, buscamos el bien común, eso sí, bajo el respeto a nuestra identidad y misión.

La caridad evangélica es un estandarte más fuerte, intenso y comprometido que el valor de la tolerancia sin dicha caridad.  Y a todos los católicos nos toca conocer, profundizar, amar y vivir la experiencia y mensaje de nuestra comunidad eclesial.

Tengamos presente que la manera de hablar y el lenguaje usado son agentes de cambio estratégicamente usados. El amor de Dios es amor en la verdad, y el amor da cabida a la verdad, no se evade en la ingenuidad.