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¡Ven Espíritu Santo!

Este domingo como Iglesia celebramos la Solemnidad de Pentecostés, en la que el protagonista es el Espíritu Santo enviado por Dios como ayuda y consuelo para la humanidad. 

Pentecostés constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio la forma inicial y el impulso para su misión. Y como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Homilía Solemnidad de Pentecostés, 2012), esta “forma” y este “impulso” siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. 

Si en la torre de Babel reinó el caos y la división, por el contrario Pentecostés es la fiesta de la unión, la comprensión y la comunión humana.

Para nadie es un secreto la realidad que nos circunda, envuelta en la paradoja de sentirnos todos más cerca unos de otros, como efecto de los nuevos medios de comunicación en la que las barreras del tiempo y del espacio han sido superadas, pero donde cada vez es más difícil procurar el entendimiento y la comunión entre las personas.

En nuestro propio país, las divisiones están a la orden del día, y se expresan en posiciones aparentemente irreconciliables sobre el modelo de nación que se desea construir, en el egoísmo ideológico y la exclusión de quien piensa distinto. 

Parece que habláramos idiomas diferentes. Cómo cuesta entendernos, ser capaces de colocarnos en la realidad de los demás, salir de nuestras comodidades y seguridades, ceder, negociar, llegar a acuerdos…

A pesar del barniz de tolerancia, que hasta como moda se le quiera aplicar, lo cierto es que vivimos en una sociedad dividida, en la que de modo permanente se mira con sospecha a los demás, persisten los desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a menudo prevalece la contraposición.

No somos capaces de identificar lo que nos une, y por el contrario, ponemos énfasis en lo que nos aleja. Es una pena sentirnos un mismo pueblo solo alrededor de asuntos efímeros, terminado los cuales volvemos a nuestras trincheras de siempre.

Los costarricenses somos testigos de sucesos diarios en los que nos miramos al espejo cada vez más agresivos y huraños; donde comprendernos parece demasiado arduo y preferimos buscar el propio yo, y los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La respuesta está en la Sagrada Escritura, y en la misma solemnidad que celebramos este domingo. Sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, es decir, una capacidad renovada de comunicar y de relacionarnos con los demás. 

“Es lo que sucedió en Pentecostés”, nos relata el Papa emérito. “Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión” (Idem).

¿Qué es necesario para que se renueve esa acción del Espíritu Santo en nuestra vida personal, familiar y social? En primer lugar se debe de pedir, es decir, falta la oración humilde y sincera a Dios para que con la fuerza de su amor se derriben en nosotros todas las barreras que nos impiden salir al encuentro de los hermanos, y en segundo lugar, es necesario disponernos a la acción del Espíritu de Dios, esto es, conservar la docilidad del espíritu y orientar la voluntad al querer del Creador.

De nada sirven el orgullo y la autosuficiencia, ni la táctica del cálculo humano, siempre interesado y cruzado por ideologías que trastocan la realidad, lo único importante es el silencio para escuchar la voz de Dios, y ahí, en el corazón, actúa el Espíritu Santo, poniendo en él los sentimientos, las palabras y las acciones correctas que traerán la unidad, la alegría y la paz.

Y un detalle que no puede quedar por fuera: cuando el Señor hace venir el Espíritu Santo sobre los apóstoles, junto a ellos estaba su Madre, la Santísima Virgen María. Ella, como primera cristiana, bienaventurada y amorosa, no descuida nunca la obra de su Hijo. Se mantiene siempre junto a la Iglesia en el camino de la vida, la anima y orienta.

Ella es también intercesora del poder del Espíritu Santo, y por tanto, podemos pedirle con confianza que la gracia de Dios nos disponga para su acción.

Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: “¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”.