Dos nuevos sacerdotes, hijos de San Francisco

Ordenación llena de alegría a los frailes menores conventuales

Laura Ávila Chacón

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La Parroquia de San José de la Montaña fue el lugar en donde dos hijos de San Francisco de Asís fueron ordenados presbíteros, el pasado sábado 12 de mayo.

Se trata de Fr. Antonio Sandoval y Fr. Pablo Carvajal, quienes recibieron el Sacramento del Orden de manos de Monseñor Fray Gabriel Enrique Montero, Obispo de San Isidro y fraile franciscano como ellos.

A la Misa asistieron amigos y familiares de los nuevos sacerdotes, así como vecinos de la comunidad, quienes se congratularon por la celebración en su templo parroquial.

Fray Antonio es una vocación tardía. Así se llaman en la Iglesia, sin embargo, nunca es tarde cuando Dios llama. Tiene 48 años y una extensa carrera como funcionario judicial, pues trabajó 14 años en el este Poder de la República, más 12 como fiscal y cuando tenía año y medio desempeñándose como juez, Dios puso en su corazón un fuego que lo quemaba por dentro: quería que le sirviera como sacerdote.

Para él, es una mezcla entre sentirse indigno y un agradecimiento profundo al Señor por haberse fijado en él. “Mi familia está muy contenta. Mis compañeros de trabajo no lo creían, decían que no lo iba a lograr”, recuerda.

Por su parte, Fray Pablo recuerda que fue un aviso en el Eco Católico lo que despertó en él el interés por los franciscanos. Apenas estaba saliendo del colegio y sus papás vieron necesario que madurara aquella inquietud.

Ya cursando una carrera en la UNED, aquel llamado lo seguía a todas partes, hasta que cuatro años después decidió optar y fue recibido por los frailes con cariño.

Pablo es oriundo de San José de la Montaña, razón por la cual estaba doblemente feliz: tanto por su ordenación como por vivir este momento entre los suyos, que le conocían desde que estaba pequeño.

En nuestro país hay nueve frailes franciscanos y 9 jóvenes en formación. En Centroamérica son casi 30 frailes. Están presentes en Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Honduras. Como religiosos hacen tres votos: pobreza, obediencia y castidad.

El Señor es el que llama

En su homilía, Mons. Gabriel Enrique recordó que es el Señor quien llama. “Él nos ha escogido con toda esa miseria, limitaciones y debilidades, pequeñeces y pecados que nos hace indignos de estar siquiera en la presencia de Dios”, dijo.

Explicó que la función y misión que desempeña un sacerdote es en primer lugar ser testigo de la fe, de aquello en lo que él cree y por tanto debe ser testigo de Dios, donde con su persona, más que con sus palabras, lleve a los demás a Dios.

“El sacerdote debe hablarnos de Dios con su sola vida, no tanto con las palabras, el mundo de hoy, como se repite por todas partes, no cree en palabras, ni en ideas, ni teorías, nada de eso salva ni convence a nadie, lo que convence es la vida”.

Una simple mirada, prosiguió Monseñor, un simple abrazo puede decir más que mil palabras. “El testimonio de vida del sacerdote debe hablar por su propia vida. Ser sacerdote es ser un hombre de Palabra y de Eucaristía, debe estar imbuido de la Palabra de Dios, si quiere comunicar a los demás esa presencia de Dios, expresada en la Sagrada Escritura, es el hombre de la Eucaristía porque está dirigido eminentemente a la celebración eucarística y a la realización del milagro que sucede cada vez que la celebramos”.

Tres peligros que deben evitar

Monseñor Gabriel Enrique enumeró, siguiendo al Papa Francisco, tres peligros que todo sacerdote debe evitar:

1. El clericalismo: “Es ser un clérigo para exigir privilegios, para gozar de situaciones especiales, para buscar títulos, para hacer carrera en la Iglesia, llegar al puesto más alto, como si la Iglesia fuera una escalada, para eso no se usa la Iglesia de Cristo, no podemos exigir tratos especiales ni privilegios, porque el Señor Jesucristo nunca exigió privilegios, nunca tuvo tratos especiales de ninguna especie”.

2. La mundanidad: “Hacernos del mundo, seguir los caminos del mundo, seguir los criterios del mundo, el mundo en todo el sentido negativo que tiene, empezar a pensar como piensan otros simplemente porque así piensa la mayoría y en todo caso, porque vivimos así, porque así lo hace todo el mundo, aunque eso contradiga el Evangelio, el sacerdote no puede darse el lujo de ese tipo de cosas. No podemos permitirnos que la Iglesia sea denigrada, y la fe misma, por culpa nuestra”.

3. La mediocridad: “No podemos pretender ser perfectos en esta vida, pero debemos caminar en la perfección y llevar otros a la perfección.  Oigamos la voz del Papa, porque cuando la iglesia se purifique y se corrija, cuando sea la primera en dar el ejemplo de una verdadera vida cristiana y evangélica, será más fácil convencer al mundo de la importancia del Evangelio y de Jesús”.