¿Por qué no venden sus bienes para ayudar a los pobres?

“Monseñor, espero no molestarle con mi inquietud. ¿Por qué el Vaticano no renuncia a sus bienes para sostener las obras de los misioneros y de tantos pobres que sufren hambre en el mundo? Muchas gracias por su iluminación”.

Omar Quesada - San José

Su pregunta, estimado Omar va repitiéndose muchas veces y más allá de su posible tono polémico. Con gusto le presento unas consideraciones.

Detrás de la pregunta hay un “problema” que siempre ha acompañado la historia de la Iglesia. Nos referimos al cómo entender la invitación de Jesús al “joven rico” de que nos habla el evangelista Marcos. A él que le preguntaba Jesús qué tenía que hacer para heredar la vida, Jesús le recuerda los cinco fundamentales mandamientos: no mates, no adulteres, no robes, no levantes falso testimonio y honra a tu padre y a tu madre. Una vez que Jesús constata que aquel joven afirma haber observado esos mandamientos desde su juventud, fijando en él su mirada con cariño, le dijo: “una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; tendrás así un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”  (Mc 17-21).

Hubo cristianos desde comienzo de nuestra era que tomaron a la letra la invitación de Jesús, y tenemos así esos grandes santos como San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, el Santo Cura de Ars, Santa Teresa de Calcuta… y muchísimos más. Sin embargo, con esta interpretación radical y profética, también se ha delineado en la historia de la Iglesia lo que llamamos la “dimensión organizativa” del servicio, la cual necesita a personas, medios y continuidad. Es pues inevitable que la Iglesia necesite de estructuras, como por ejemplo templos, seminarios, casas de formación, medios de comunicación, etcétera, etcétera, para llevar adelante su servicio pastoral. Inevitablemente esos dos modos dividir el evangelio no deben ser vistos en contraposición sino en complementariedad: la Iglesia necesita a Teresas de Calcuta, como necesita a San Juan XXIII, San Pablo VI, San Juan Pablo II, etcétera, etcétera, que naturalmente no pueden asumir el estilo de vida entre los “últimos”, por la exigencia de su propia misión. Esto no excluye que los miembros de la jerarquía eclesiástica tengan un estilo de vida sencillo como el del cual nos da ejemplo nuestro Papa Francisco. 

Naturalmente siempre se da el riesgo de que la dimensión organizativa, opaque la dimensión profética de los santos que vivieron una pobreza radical.

No creo, sin embargo, que actualmente la supuestas riquezas del Vaticano ahoguen la profecía de los que quieren seguir a Cristo que a veces no tenía donde reclinar la cabeza (cfr Lc 9,58)… Juan Pablo II ya había establecido que cada año se publicaran los estados financieros del Vaticano, y desde entonces con toda claridad y transparencia están a disposición de cuantos quieran conocerlos. Ahí no constan tesoros de ningún tipo.

En cuanto a las obras de arte, a los varios museos y preciosos monumentos que se hallan en ese minúsculo Estado que es el Vaticano, creo que ellos son de todos nosotros, y constituyen un patrimonio cultural e histórico de los cristianos, más aún, de toda la humanidad. Cuesta mantenerlos, y a quien venderlos.

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