¿Qué debemos hacer como cristianos por el bien de Costa Rica?

 

¿Qué debemos hacer como cristianos por el bien de Costa Rica?

 

“Monseñor, reciba ante todo mi respetuoso saludo. Hemos vivido momentos, días, de tensión y preocupación por el futuro de nuestro país. Me preguntaba, y ahora hago lo mismo, ¿qué debo hacer como cristiano para estar a la altura de lo que me piden las circunstancias actuales? Son tantas las voces que se oyen, las opiniones, las propuestas, y todas con la pretensión de ser las mejores, las más atinadas… A veces, experimento, no sé si desánimo o depresión. ¡Mi Costa Rica, nuestra Costa Rica, ya no es la de mi juventud! Leo con interés sus respuestas en el Eco y le agradezco desde ahora lo que me vaya a decir y pido por sus intenciones”.

Mario Quirós L. – Cartago

 

Estimado don Mario, ante todo, muchas gracias por su oración: es un gran regalo.

¿Qué hacer? Su pregunta me trajo a la memoria, dos textos muy luminosos en que encontramos la respuesta a su justa inquietud. El primer texto corresponde a lo que leemos en el número 16 de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Alegrías y Esperanzas) del Concilio Vaticano II. El número 16 habla de la dignidad de la conciencia humana, y en él se afirma: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” 

Esa es la tarea fundamental de cada uno de nosotros: escuchar la voz de la propia conciencia y dejarse guiar por ella, que -como acabamos de leerlo- es la voz de Dios. No lo olvidemos: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (cfr Gn 1, 26) y aunque esta imagen haya sido como “manchada” o “desfigurada” por el pecado original, ella no ha sido “destruida”.

Es verdad, llevamos dentro malas inclinaciones, lo que el catecismo nuestro llama concupiscencia, pero en todos nosotros hay también una “bondad fundamental”, como la llamaba San Juan Pablo II, que se refleja, precisamente, en la voz de nuestra conciencia. En ella, pues, encontramos una guía segura para continuar por el recto camino… Eso, sin embargo, no quita que la conciencia pueda ir opacándose y oscureciéndose a tal punto que su voz ya no sea claramente advertida. 

En la medida en que el ser humano se deje desviar por los instintos e impulsos negativos, más difícil le resultará escuchar la voz de su conciencia. Lo expresa muy claramente el viejo refrán: “si no vives como piensas, terminarás pensando como vives”, a tal punto que se puede llegar a llamar mal el bien y bien el mal. Se llega a justificar lo injustificable, y así, padecer de una dolorosa ceguera espiritual.

El segundo texto que usted, don Mario, me hizo recordar, es una sección del discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes reunidos en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en el 2005, a los pocos meses de haber sido elegido Papa. 

El discurso era para jóvenes, no para seminaristas o monjitas, pero les exhortaba a una heroica santidad. Les decía: “Es el numeroso ejército de los santos conocidos o desconocidos, por medio de los cuales el Señor, a lo largo de la historia, ha abierto delante de nosotros el Evangelio. ¡Lo está haciendo todavía! […] Los santos son como las huellas luminosas que Dios deja en la historia y siempre los santos son los verdaderos reformadores. Sólo de los santos, sólo de Dios viene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. Sólo de dirigir nuestro rostro al Dios viviente, que es nuestro Creador, la garantía de nuestra libertad, y lo que es verdaderamente bello y bueno. 

La revolución verdadera consiste únicamente en dirigirnos, sin reservas, a Dios, que es la medida de lo que es correcto, y que, a la vez, es el amor eterno. ¿Y qué es lo que podría salvarnos, si no es el amor?

Siempre, pero hoy en día, con mayor urgencia, en nuestra amada Costa Rica, la luz y la esperanza nos vienen de la escucha atenta y humilde de nuestra conciencia, y de la mirada filial y agradecida a Dios. 

La peor tentación es la de “marginar” a Dios, que equivale, como siglos de historia ya lo han manifestado, a marginar y victimar a la única creatura que es su “imagen”, el ser humano.

 

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