¿Quién fue Asaf?

¿Quién fue Asaf?


Conozcamos a Asaf, cantor y músico, cuyo legado lo tenemos en el Libro de los Salmos.

 

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

A lo mejor, cuando leemos (o cantamos) los salmos o nos encontramos con ellos en la Biblia, además de aquellos que se han atribuido al rey David, famoso por sus cualidades musicales, descubrimos que varios de ellos, comienzan con este título: Salmo de Asaf (Sal 50,1), o también Maskil de Asaf (Sal 78,1). La palabra “maskil” se traduce, por lo general, como “poema didáctico”. ¿Quién fue Asaf, del que se nos presenta como autor de los salmos 73 al 83, dentro del conjunto de los Salmos del Antiguo Testamento?

Asaf fue el antepasado de un grupo de levitas, que desempeñaban el oficio de cantores en el templo de Jerusalén. Fue un célebre músico del tiempo de David, levita y uno de los directores de la música del templo (1 Crón 15,17; 16, 5; 25,1-2). Este cargo parece que fue hereditario en su familia (Neh 7,44; 11, 22. Se le llama también “profeta” en 2 Crón 29,30, y su nombre se halla prefijo en doce Salmos (Sal 50; 73-83), escritos tal vez para que él o su familia los cantara. Fue descendiente de Leví por medio de Guersón (1 Crón 6,39.43). Durante el reinado de David (años 1010-970 a.C), los levitas nombraron a Asaf cantante principal y cimbalista. Asaf acompañó el arca cuando ésta se trasladó desde la casa de Obededom a la “ciudad de David” (1 Crón 15,17- 19. 25-29).

El arca, como sabemos, era el cofre que contenía las tablas del Decálogo o Diez Mandamientos y era muy venerado entre los judíos, pues era el signo de la presencia del Señor en medio de su pueblo (Éx 25,10-27). Había permanecido mucho tiempo fuera de Jerusalén, por lo que el rey David decidió llevársela a la ciudad, organizando para ello una magna celebración litúrgica y comunitaria (ver 2 Sam 6).

Fue allí, en esa celebración, cuando aparece por primera el nombre de Asaf: “David ordenó a los jefes de los levitas, que organizaran a sus hermanos los cantores con instrumentos musicales, arpas, cítaras y címbalos, para que los hicieran resonar alegremente. Los levitas designaron a Hemán hijo de Joel; entre sus hermanos, a Asaf hijo de Berequías; y entre los hijos de Merarí, sus hermanos, a Etán hijo de Cusaías.… Los cantores Hemán, Asaf y Etán hacían resonar címbalos de bronce…” (1 Crón 15,16-17.19).

El debut de Asaf fue dentro de la ceremonia más importante del reinado de David. Es decir, con la llegada del arca a la ciudad santa, Asaf cantó y tocó durante ese magno evento y presenció todo cuanto ocurrió dentro del mismo. Él vivió la emoción que acompañó la procesión, vio al rey David danzar alegremente delante de Dios, y a todo el pueblo entusiasmado uniéndose a ellos, mientras entraban a la ciudad. Crónicas lo describe así: “Todo Israel subió el Arca de la Alianza del Señor entre aclamaciones y al son de trompetas, címbalos, arpas y cítaras” (1 Crón 15,28). Desde entonces, Asaf sirvió junto con Hemán y Etán delante del tabernáculo, dirigiendo la música y el canto (1 Crón 6,31-44.) Se dice de Asaf que era un “hombre de visiones”, que “profetizaba con el arpa”, al igual que de Hemán y Yedutún, llamado “vidente del rey”, quizás el mismo que Etán (1 Crón 25,1-6; 2 Crón 29,30; 35,15.)

Los hijos o descendientes de Asaf continuaron formando un grupo especial en el marco orquestal y coral del templo de Jerusalén, y tuvieron un papel importante en la inauguración del templo, al llevar allí el Arca de la Alianza desde el monte Sión, evento organizado por el rey Salomón (2 Crón 5,12) De igual manera, su presencia fue notoria en el tiempo de la reforma del rey Ezequías (2 Crón 29,13-15), así como cuando se celebró la gran fiesta de Pascua, durante el reinado del piadoso rey Josías (2 Crón 35,15- 16).

Algunos de sus descendientes estuvieron en el primer grupo de judíos que regresó a Jerusalén del destierro de Babilonia (Esd 2,1 41; Neh 7,24). Los encabezamientos de los Salmos 50 y 73 al 83 atribuyen esas canciones a Asaf. No obstante, parece muy probable que el nombre se use allí, con referencia a su familia, de la que era su cabeza paterna, puesto que no hay duda de que algunos de los salmos (Salmos 79-80), narran sucesos posteriores a los tiempos en que vivió Asaf.

Finalmente (y como cosa curiosa), Asaf aparece como uno de los antepasados de Jesús, cuando el evangelista San Mateo lo presenta así: Abías, padre de Asaf; Asaf, padre de Josafat (Mt 2,7c.8ª). En realidad, Mateo al mencionar a un rey judío llamado Asa (1 Rey 15,9-24), pone Asaf y al cambiar el nombre de otro rey llamado Amón (2 Rey 21,19-26), lo llama Amós, que fue uno de los más célebres profetas del pueblo de Dios, como queriendo enseñarnos, con este pequeño juego de nombres, que también los Salmos y profetas alcanzan su plenitud en Cristo.

 

Su legado

Los salmos atribuidos a Asaf se distinguen por su elevación moral y con frecuencia en ellos se medita y se canta la historia de Israel, su historia de salvación. Bien sabemos que toda historia se cuenta o se narra, pero Asaf tuvo la dicha y creatividad de cantarla, en especial, las intervenciones de Dios a favor de Israel, como Pastor de su pueblo. Su colección forma parte de la Tercera Colección del Salterio (Sal 73-89), destacando el esquema teológico de la historia de Israel, con una fuerte intención didáctica (ver Sal 78). Fue un extraordinario músico, cantante y compositor.

Pero también fue un sabio, pues especialmente en el salmo 73, plantea el problema que vimos en el libro e historia de Job (como también en los salmos 38 y 49): la prosperidad de los malos en esta vida,  como escándalo de los buenos y de los justos, que sufren injustamente. Algo que a todos nos sigue inquietando y preguntando si vale la pena perseverar en la bondad, sin obtener ninguna ganancia. Pero, al final, sabemos que quienes se jactan de su prosperidad y vanidad, esto se acaba tarde o temprano, porque todo es apariencia pasajera. Asaf nos enseña que lo mejor es apoyarse en Dios, cuando los problemas superan nuestra capacidad y comprensión, como también ánimo en la búsqueda de respuestas, que nos hagan recobrar la serenidad y una fe firme en su providencia, que todo lo conduce. Nos hace interrogarnos en dónde ponemos realmente nuestra felicidad y confianza.

 

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