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Paz en la Tierra

Paz en la Tierra

 

La paz, anhelo de la humanidad, parece una utopía lejana a la luz de los nuevos acontecimientos en Oriente Medio. Siria, un país ya de por sí golpeado por el terrorismo y la guerra civil, es ahora lugar de disputa de potencias globales que se juegan en su territorio grandes intereses económicos, políticos y geoestratégicos.

Su Presidente, Bashar al Assad, es acusado de utilizar armas químicas contra la población civil. El último de los salvajes ataques sucedió en la ciudad de Duma, al sur del país y dejó al menos 50 personas muertas y unas 500 gravemente heridas.

En respuesta, el Presidente de Estados Unidos Donald Trump ordenó un bombardeo aéreo a posiciones militares sirias, con el apoyo de la aviación británica y francesa.

El intercambio de amenazas no se ha hecho esperar. Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza, hablo de un caos global si la acción militar estadounidense se mantiene, un tono muy similar al usado desde la Casa Blanca para justificar el ataque.

Cualquiera podría preguntarse por qué el interés de Rusia, Estados Unidos, Inglaterra y Francia en Siria. Se trata por un lado de los recursos naturales presentes en el país, especialmente petróleo, y el hecho de que Siria es ruta de paso de los grandes gasoductos rusos que calientan Europa especialmente en los meses de invierno.

No se podrían desconocer tampoco los intereses políticos en juego, en una zona donde convergen realidades históricas tan fuertes y contrastantes como los estados de Israel, Palestina e Irán, por citar solo tres.

Ello convierte a la antigua nación bíblica en escenario de graves violaciones a los derechos humanos de las personas inocentes, víctimas de un conflicto en el que son el último de los intereses en juego.

La guerra, nos recuerda la Iglesia, es siempre una derrota de la humanidad, ante la cual es necesaria una acción internacional decidida y valiente, alejada de posiciones complacientes, que por carentes de firmeza y coherencia, terminan siendo cómplices de las muertes provocadas.

Como una paradoja, se cumplen en este 2018, nada menos que 55 años de la encíclica Pacem in terris (Paz en la Tierra) del Papa Juan XXIII, hoy santo.

En esta extraordinaria pieza del magisterio social católico, el Papa Bueno tomaba posición ya en 1963 frente a un conflicto que amenazaba con convertirse en una nueva guerra mundial. Hablamos de la crisis de los misiles en Cuba, donde, nuevamente, Rusia y Estados Unidos se disputaban la hegemonía política, económica e ideológica global.

Si se ve fríamente y con realismo, pocas cosas han cambiado desde entonces. La ONU, nacida ante el repudio del holocausto nazi para prevenir que precisamente nuevas barbaries así se pudieran repetir, ha sido incapaz de evitar conflictos y matanzas prácticamente en todo el mundo desde entonces.

Cabe cuestionar el papel simbólico, casi figurativo, de la ONU ante los graves hechos verificados desde su creación en América Latina, África, Asia y últimamente Europa, golpeada por el terrorismo.

Y dentro de ella, de países como Costa Rica, que hacen de la paz un estandarte para promoverse comercialmente por el mundo, pero no pueden, de frente y sin temor o cálculo, rechazar el uso de las armas, del tipo que sean, para la resolución de los conflictos.

Hoy más que nunca resuena el grito del Papa Roncalli: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios”.

En efecto, cuando se quita a Dios de en medio, cualquier cosa puede pasar. Derribadas las fronteras del bien y la verdad, la humanidad se encamina a un abismo que puede terminar arrastrándola a su autodestrucción definitiva.

Porque todas las guerras nacen primero en el corazón de los hombres heridos por el egoísmo, la codicia y la vanidad. En el origen de todos los males de la humanidad está siempre el pecado, que no es otra cosa que el alejamiento de Dios.

Duele también ver que quienes hoy hacen la guerra mañana se declaran creyentes y devotos hombres y mujeres de fe. La violencia y el seguimiento de Cristo son incompatibles, y menos cuando acarrean la muerte y el sufrimiento de los más débiles y desamparados. 

En efecto, “la inconsecuencia que demasiadas veces ofrecen los cristianos entre su fe y su conducta, (…) nace también de su insuficiente formación en la moral y en la doctrina cristiana. Porque sucede con demasiada frecuencia en muchas partes que los fieles no dedican igual intensidad a la instrucción religiosa y a la instrucción profana; mientras en ésta llegan a alcanzar los grados superiores, en aquélla no pasan ordinariamente del grado elemental” (PT, 153).

Aquí la Iglesia posee una enorme tarea pendiente, la educación a la paz y la convivencia, así como a la resolución amistosa de los conflictos, mediante el diálogo y la negociación, en donde siempre la persona humana sea el centro y el motivo fundamental.

Que la conciencia de sabernos hijos amados de un mismo Padre, nos ayude a conducir nuestras relaciones personales, familiares, sociales, nacionales e internacionales por las sendas de la paz y la concordia. Y que a una voz resuene fuerte en el mundo, ¡la guerra nunca más!

 

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