“Me sentía tan feliz, iba a salvar almas para Dios”

 

Danny Solano Gómez

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El día de su ordenación sacerdotal, al regreso del Seminario Mayor rumbo a Piedades Sur, un bus repleto de personas que asistieron a la ceremonia se incendió y algunos quedaron graves. 

Él mismo al día siguiente acudió a los centros médicos donde fueron atendidos los heridos para saludarlos y a darles su bendición. Tres de ellos fallecieron a los días. Fue una noticia que le causó gran sufrimiento.

El sacerdote y misionero Eladio Rojas, nació el 25 de noviembre de 1933 en Palmares, Alajuela, es el octavo de 12 hermanos. Tenía 14 años cuando su padre falleció y se fue a vivir a San Ramón con su mamá. 

Desde pequeño participaba de los oficios religiosos con los sacerdotes salesianos, allí comenzó a sentir el llamado a la vocación. 

Ingresó en 1950 al Seminario Menor gracias a la ayuda económica del Padre Eladio Sancho, sobrino de su mamá, y también de un hermano de ella. Se ordenó sacerdote el 19 de diciembre de 1959. “Mi vocación era servir”, dijo.

Fue nombrado vicario parroquial de Puntarenas y allí comenzó a sentirse misionero. Recuerda con cariño aquellos viajes en lancha para llegar a los pueblos a confesar, bautizar y bendecir matrimonios. “Me sentía tan feliz porque iba a salvar almas para Dios”, recuerda.

Luego fue enviado a la Parroquia de Bagaces, donde no puede olvidar los largos y difíciles caminos a caballo, en los cuales tardaba hasta siete horas para llegar a las comunidades. 

También, como coadjutor de Upala, rememora cuando tomaba una avioneta y al aterrizar inmediatamente cabalgaba hasta cinco horas para visitar lugares como Las Delicias, Nazaret, Cuatro Bocas, Santa Clara, Canalete y otros, cuyo acceso era sumamente arduo. Cruzó montañas y ríos a pie para llevar a los pueblos el amor de Dios.

“A veces tenía miedo de que la avioneta se cayera, no miedo a morir, sino miedo a no llegar donde me esperaban, allá donde había puro barro y donde me esperaban a caballo”, contó.

Luego sirvió en la Parroquia de Liberia, fue capellán del Hospital y profesor de colegio. Realizó su ministerio en Puntarenas, El Roble y Las Juntas de Abangares,  tras 12 años como promotor vocacional conformó un grupo de seminaristas y religiosas con los que 19 jóvenes se prepararon para entrar al Seminario Introductorio y Mayor, todos se ordenaron sacerdotes.

Debido a sus problemas de salud, se vio en la necesidad de solicitar un año sabático en 1988. Ese mismo año falleció su madre. “Fue un gran sufrimiento, pero se hizo la voluntad de Dios y Él me dio mucha fortaleza”, recuerda.

Después de ese tiempo de descanso y recuperación fue enviado a la Parroquia de Jacó, en el cantón de Garabito. Sirvió durante 9 años. Allí fundó diversos grupos pastorales y levantó la Casas de Pastoral, gracias a la donación del terreno por parte de una familia y con dinero de ayuda alemana, el pueblo y turnos parroquiales.

Sus molestias por el asma se agravaron, por lo que se vio obligado a pedir un permiso a Mons. Héctor Morera, Obispo de la Diócesis de Tilarán-Liberia, para residir en Alajuela y colaborar con alguna parroquia. Mons. José Rafael Barquero, obispo alajuelense en la época, lo nombró capellán del Hogar de Ancianos de Palmares (donde estuvo 19 años) y le pidió que colaborara con la parroquia.

Actualmente vive en casa de su hermano Wilberth. Tras lidiar con problemas de la salud, sigue “sirviendo en lo que pueda”, en la comunidad de Esquipulas de Palmares. En 2009 el Padre Eladio celebró sus bodas de oro, 50 años de servicio misionero. 

“A las personas que llegan a confesarse hay que tratarlas bien, no regañarlas, si uno las regaña se alejan, en cambio, si están arrepentidas, uno las escucha, les ofrece perdón y ellas se van sintiéndose mejor”, así habla el sacerdote misionero, quien a sus 84 años sigue confesando y celebrando misa en un capillita que le permitieron instalar en la casa donde habita.