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Construir sobre una agenda nacional

Construir sobre una agenda nacional

 

Empiezan a moverse las fichas del que a partir del próximo 8 de mayo será el nuevo gobierno de la República. Como es normal, hay negociaciones tendientes a obtener la mayor cantidad de apoyo para la gestión del Ejecutivo, diálogos que no son del todo ajenos al tono de la campaña electoral, marcada por la  polarización, las descalificaciones y las ofensas mutuas.

El resultado son acuerdos y fisuras, acercamientos y distanciamientos, apoyos y críticas como sucede en toda democracia.

En este caso, el Presidente electo Carlos Alvarado ha apostado por la conformación de un gobierno de unidad nacional en el que estén representadas la mayor parte de las fuerzas políticas que así lo tengan a bien.

Se trata de un signo positivo por la voluntad y la apertura que puede significar en momentos en que el país necesita unirse ante los graves retos que enfrenta en prácticamente todos los ámbitos, sin embargo, más que un gobierno variopinto, de acercamientos que pueden resultar accesorios o de poca duración, lo esencial y más relevante sigue siendo la construcción de un proyecto país basado en una agenda de prioridades nacionales.

Para nadie es un secreto de que existe una grave situación fiscal, que amenaza con reventar en una crisis de proporciones catastróficas para la economía, que la situación de la pobreza, la desigualdad y el desempleo golpean sin piedad a buena parte de la población y que la seguridad ciudadana viene a menos desde hace años.

Los costarricenses coincidimos en la necesidad de fortalecer la Caja del Seguro Social, de ampliar y mejorar la educación pública, de ejecutar las obras de infraestructura y movilidad que tanta falta hacen y atacar con todas las fuerzas la corrupción y el tráfico de influencias en la función pública.

Se trata de temas en los que, por citar solo algunos, estamos de acuerdo en que hay que tomar medidas y hacerlo cuanto antes por el bien de todos. Quien se oponga a ello pecaría de mezquino y de obstruccionista, porque están a la vista como urgencias nacionales inaplazables.

Se trata pues, de enfocarse en lo que une, no en lo que separa, enerva o disgrega, para lograr que el país avance y salga del bache de la inacción en el que, por acción u omisión de los gobiernos de turno, ha caído en los últimos decenios.

Inteligencia y prudencia van de la mano. Se necesita humildad para reconocer que el resultado obtenido en las urnas no es un cheque en blanco ni una aprobación sin cuestionamientos de la gestión del gobierno actual, sus ejes ideológicos, métodos y prioridades.

Desde luego que no se podría desconocer el papel tan relevante del Congreso de la República, que el nuevo gobierno tendrá mayoritariamente conformado de diputados de oposición. En este caso, será necesario con mucha más razón redoblar el esfuerzo por una negociación transparente, enfocada en los resultados y capaz de remontar los intereses personales o gremiales en favor del bien común.

La tarea es compleja y complicada, pero dirigir un país nunca ha sido sencillo, más sí un deber histórico que se asume en conciencia, delante primero que nada de Dios, y del pueblo que es su voz.

 

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