Papa señala las bienaventuranzas como camino a la santidad

 

Llamado lo hace en su tercera exhortación apostólica “Gaudete et exsultate”, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual.

 

Ma. Estela Monterrosa S.

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La más reciente exhortación apostólica del Papa Francisco ha sido descrita como una carta de muchas páginas a quienes no se conforman con una vida mediocre y que viven los riesgos, desafíos y oportunidades de hoy.

La exhortación fue publicada el lunes 9 de abril y, en ella, el Papa recuerda las Bienaventuranzas como camino a contracorriente que Jesús nos indica para ser buenos cristianos.

“Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: ‘¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?’, la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas”, dice el Papa en el numeral 63.

El documento consta de cinco capítulos: El Llamado a la santidad, Dos sutiles enemigos de la santidad, A la luz del Maestro, Algunas notas de la santidad en el mundo actual y Combate, vigilancia y discernimiento.

Al inicio del documento, el Papa advierte que el Señor nos “quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”.

El pontífice invita a descubrir la santidad de “la puerta de al lado” y no solo pensar en aquellas personas que han sido beatificadas o canonizadas.

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante”, dice en el numeral 7.

 

El Señor llama

La exhortación es sobre el llamado a la santidad que el Señor hace a cada uno de nosotros y, en este sentido, el Papa nos recalca que para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos, sino vivir con amor y ser testimonio en las ocupaciones de cada día.

“¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales”.

El Papa nos insta a no tener miedo de la santidad. “No te quitará fuerzas, vida o alegría”, dice. Todo lo contrario, “porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser”.

 

¿Cómo ser un buen cristiano?

En el tercer capítulo el Papa desgrana las enseñanzas de Jesús a través las bienaventuranzas en la versión del evangelio de Mateo y nos pide permitir “que nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida. De otro modo, la santidad será solo palabras”.

“Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida, dice el Papa.

“Felices los mansos, porque heredarán la tierra”, sobre esta bienaventuranza explica: “Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles”.

“Felices los que lloran, porque ellos serán consolados”, la persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz, afirma el Papa. “Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás”.

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados”. Tal justicia, dice Francisco, empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones y se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles.

“Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. La misericordia tiene dos aspectos: dar y perdonar, recuerda el Papa. “Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente”.

“Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”. “Un corazón que sabe amar no deja entrar en su vida algo que atente contra ese amor, algo que lo debilite o lo ponga en riesgo. En la Biblia, el corazón son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos”, dice Francisco.

“Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. La Palabra de Dios exhorta a cada creyente para que busque la paz junto con todos, recuerda el Papa, porque el fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz. Y si en alguna ocasión en nuestra comunidad tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, procuremos lo que favorece la paz.

“Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. “No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra”, afirma Francisco y agrega “Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad”.