La niña Marisa, ejemplo de fe y santidad


Libelo para solicitar el inicio del Proceso de Beatificación y Canonización de la Joven María Isabel Acuña Arias (La Niña Marisa)

 

San José, 24 de Mayo de 2017

Excelentísimo

Monseñor José Rafael Quirós Quirós 

Arzobispo de San José

Presente.

 

¡La gracia y la paz de Dios Nuestro Padre y de Jesucristo el Señor sean con usted!

El 15 de Agosto de 1954, celebrándose la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María a los cielos, fue llamada a la presencia de Dios la Joven María Isabel Acuña Arias, conocida cariñosamente por la feligresía católica de nuestro país como la  “Niña Marisa”.

Se trata de una joven, hija de la Iglesia, quien con tan solo 13 años se convirtió en una testigo maravillosa de las virtudes cristianas. 

Siendo tan solo una jovencita fue capaz de entregar a Dios su vida con amor, siendo particularmente un ejemplo de caridad para con los más desposeídos y de modo extraordinario ofreciéndola como oblación al Señor por la conversión a la fe católica de su progenitor, quien años antes había abrazado la fe protestante de modo radical. 

Marisa colmada de fe y con una gracia particular del cielo fue capaz de vivir una grave enfermedad de carácter terminal dando ejemplo de confianza, valor y gran madurez cristiana, haciendo de sus padecimientos una alegre ofrenda a Dios Nuestro Señor, a quien se entregó por completo con tal de ver a su padre volver al seno de la Iglesia Católica. 

A lo largo de sus padecimientos dio siempre testimonio heroico de fe cristiana, confiando siempre en el amor y la misericordia de Dios.

Al final de sus días el ofrecimiento de su vida, conocido por personas cercanas como familiares, amigos, compañeras de estudio y religiosas del colegio al que asistía, así como por su director espiritual, fue escuchado en el cielo, pudiendo finalmente compartir por vez primera con su padre el acto sublime de recibir a Cristo en la Santa Comunión antes de ser llamada por Dios a su seno. Desde entonces su progenitor se transformó en un ferviente católico hasta el final de su vida.

Desde el momento mismo de la muerte de Marisa, la cual se dio en Olor de Santidad, ella se convirtió en ejemplo de fe y santidad para quienes la conocieron en vida, así como para quienes escucharon hablar de su caridad, capacidad de servicio y del ofrecimiento valiente de su vida y de su enfermedad por la conversión de su padre.

Ya desde sus exequias, las cuales se realizaron en la Capilla del Colegio María Auxiliadora en la ciudad de Heredia de donde era alumna, hasta nuestro tiempo, la fama de santidad de la Niña Marisa ha sido constante en el “sensus fidei” del pueblo de Dios en Costa Rica.

La existencia de la fama de santidad de esta joven ha perseverado en el tiempo y se ha convertido en modelo y ejemplo para un sinnúmero de fieles católicos a los largo de los años. 

Del mismo modo ha acompañado a esta fama de santidad una sana devoción, la cual ha brotado del común sentir de los fieles e incluso es conocida de modo fehaciente una fuerte fama signorum, que consta surge recién acontecida su muerte.

Incluso tras su fallecimiento, la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora de quienes  como mencionamos fue alumna la joven María Isabel, empieza a preparar todo para un posible proceso de beatificación, no obstante surge un triste conflicto de intereses con la orden de los predicadores, ya que el reverendo padre dominico Fray Ángel Menéndez. OP, quien conoció a María Isabel en la fase terminal de su enfermedad, constituyéndose en su director espiritual en esa etapa, alegará que por haber sido la jovencita  feligrés desde su nacimiento hasta después de su primera comunión de la “Parroquia La Dolorosa” regentada por los dominicos, y por haberla él asistido espiritualmente al final de su vida, tenía prioridad la orden de los predicadores sobre aquella congregación salesiana para llevar adelante el proceso.

Tal disputa lleva a un lamentable atraso de la causa, ya que las religiosas que conocieron a la Niña Marisa en vida y que junto con alumnas, profesores y demás fieles de la ciudad de Heredia daban fe de su santidad, deciden no entrar en un conflicto por una causa tan noble y confían la realización del proceso al Padre Menéndez.

No obstante ese sacerdote, carente de la experiencia canónica necesaria, no logra nunca instruir adecuadamente el proceso aunque contaba con el visto bueno del Arzobispo del momento Monseñor Rubén Odio. Transcurridos pocos años después del fallecimiento de María Isabel fallecen también el sacerdote dominico y el arzobispo, permaneciendo por varias décadas sin iniciarse oficialmente ningún tipo de proceso  canónico para la beatificación y canonización de la Niña Marisa.

Es importante acotar que a pesar de haber transcurrido más de 60 años desde la muerte de la María Isabel Acuña Arias, la fama de santidad de ésta joven se sigue extendiendo en el pueblo de Dios de forma espontánea. Incluso en diversas ocasiones varios grupos de laicos acompañados por testigos ad visu de la fama de santidad y de la fama signorum de la misma, algunos de los cuales ya han muerto, se acercaron a sus tres predecesores en la sede de San José para que la Arquidiócesis asumiera como actora ésta causa. No obstante encontraron como objeción el argumento de que la diócesis no contaba con los ministros adecuados, con los recursos económicos o simplemente por ausencia de interés en implicarse en un proceso que se consideraba “complicado”.

Es por ello Excelencia, que ante su interés en verificar la existencia de una autentica fama de santidad y fama signorum de la Niña Marisa con la finalidad de que la Arquidiócesis de San José se convierta en la Actora de su causa de beatificación y canonización, complacido y lleno de esperanza, le comunico que según lo investigado a profundidad en los últimos meses, después de haber escuchado veraces testimonios de quienes conocieron en vida a ésta joven, le expreso con gran alegría que efectivamente en el sentir del Pueblo de Dios de nuestra arquidiócesis y de otras regiones del país, existe una profunda certeza en torno a la fama de santidad de ésta cristiana.

Por tal razón muy respetuosamente le solicito a usted como Obispo de la Arquidiócesis de San José  aceptar la posibilidad de introducir el proceso de Beatificación y Canonización de María Isabel Acuña Arias, quien fuera feligrés de esta arquidiócesis.

No omito expresarle que tal proceso sería de gran provecho para nuestra iglesia particular arquidiocesana, ya que no solo haría recordar al Pueblo de Dios en los tiempos que corren el insigne valor de la Santidad a la cual por el Bautismo todos los hijos de la Iglesia estamos llamados, sino también en el contexto actual sería un maravilloso recordatorio y aliciente para todos nuestros jóvenes acerca de la posibilidad de vivir con alegría y en amistad con el Señor la historia particular de cada quien, buscando en la entrega cotidiana de su vida la realización de todas sus metas y esperanzas, dejándose guiar por la luz de la fe, de la esperanza y de la caridad de las que dio testimonio en su vida la Niña Marisa.

A continuación le presento una breve una reseña biográfica de la mencionada joven María Isabel Acuña Arias conocida como “La Niña Marisa”:

 

Ejemplo de misericordia y caridad

Breve biografía de la niña Marisa

La joven María Isabel Acuña Arias, hija de Rafael Ángel Acuña Arias y de Blanca Arias Chavarría, nació en San José de Costa Rica el día 5 de marzo de 1941. Recibió el sacramento de bautismo el 29 de abril de 1941 en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores - San José, de manos de Fray Manuel Espinoza. El sacramento de la Confirmación le fue administrado por Monseñor Víctor Sanabria Martínez, el 4 de noviembre de 1945 en la Catedral Metropolitana de San José. Fue la mayor de dos hijas nacidas del matrimonio Acuña-Arias.

La familia, de recursos modestos, reside originalmente en el Barrio de la Estación al Pacífico, luego en Barrio Los Ángeles, San Juan de Tibás, La Uruca, y otra vez en el Barrio Los Ángeles, sitios todos ubicados en San José. Posteriormente, hacia la edad de 10 años su familia se trasladó a la ciudad de Heredia, donde María Isabel reside hasta su muerte.

Inicia los estudios de enseñanza primaria en el año de 1948 en la Escuela América, en la que permanece hasta el año 1950, cuando al trasladarse su familia a la ciudad de Heredia es inscrita en la Escuela Rafael Moya donde cursa el quinto y sexto grado.

Posteriormente, iniciará sus estudios de secundaria en el Colegio María Auxiliadora de Heredia, donde realizó apenas el séptimo grado.

Desde su más tierna infancia se caracterizó por ser una niña extraordinaria , en cuanto a la vivencia de los valores cristianos, infundidos por su madre, por su obediencia y respeto hacia sus progenitores, por su solidaridad y preocupación por lo más necesitados.

Según los testimonios de quienes la conocieron, se manifestó siempre como una niña piadosa, alegre y obediente, claro ejemplo de los más profundos y positivos valores de una Costa Rica sustentada, en aquella época, en los principios de la fe y el valor de la familia cristiana.

Siendo tan solo una preadolescente (11-12 años),  era conocida por familiares y amigos su participación asidua y fervorosa en la Santa Misa, así como su deseo constante de ofrecer el Santo Rosario por las necesidades de aquellos a quienes conocía. De igual manera, se caracterizaba por su deseo de visitar constantemente el Santísimo Sacramento del Altar. 

En el ámbito de la caridad se destacó profundamente, según los testimonios de quienes la conocieron, por el interés y la ayuda desde lo limitado de su edad y posibilidades para con los más necesitados. Son conocidas acciones concretas de ayuda al prójimo, tales como su deseo constante de dar de comer al hambriento y de compartir sus pocos bienes materiales con quienes tenían menos que ella. Muy comúnmente pasaba por su casa un pordiosero, a quien ella, teniendo unos nueve años de edad, ante la sorpresa de los suyos, buscaba a como diera lugar brindarle algo de comer, manifestándole extraordinarios gestos de afecto, sin conocerlo al menos. Del mismo modo, cuando está por hacer la primera comunión y sin tener muchos recursos económicos, fue capaz de compartir lo poco que tenía para sí misma con otra niña que no tenía como financiar su vestido para aquella ocasión, de modo que pudiera tenerlo, a costa de su propia comodidad.  

A nivel familiar y social se manifestaba como una jovencita alegre y solidaria que gustaba de representar obras de teatro y coreografías de baile tradicional, destacando por su alegría, bondad, y respeto hacia los demás.  

Durante su proceso de preparación a la Primera Comunión su familia se ve afectada por una situación que creará una profunda crisis: su padre Rafael Ángel Acuña, que era originario de Turrialba, decide apartarse de la fe católica, abrazando la protestante-Evangélica. Lo anterior se da después de que la madre de éste había abandonado la Iglesia a partir de su cercanía con misioneros Evangélicos, quienes habían facilitado a otro de sus hijos la posibilidad de estudiar medicina en los Estados Unidos. El padre de María Isabel es convencido por su progenitora para también abandonar la Iglesia y asumir en su vida aquel nuevo credo religioso.

Tras este cambio de religión, el padre de María Isabel asume una actitud hostil hacia todo lo que tiene que ver con la fe católica, en particular en torno a lo referente a la catequesis de sus hijas y la próxima Primera Comunión de María Isabel.

Esa situación lleva consigo gran agobio a la familia, pues no podían de forma abierta practicar su fe y vivir con tranquilidad las diversas etapas del proceso catequético de María Isabel y su hermana María Elena.

Cuando llega el tiempo de la Primera Comunión de María Isabel, su padre asume una postura indiferente ante tal acontecimiento, negándose a participar de todo lo referente a ese evento tan importante para la vida de su hija, no brindando colaboración material alguna y recayendo todo en la madre de María Isabel y en la misma niña, que realiza algunos pequeños trabajos, a pesar de su corta edad, en la panadería de un tío suyo, de quien recibe algún dinero para hacer frente a los gastos que tendría.

Durante este periodo, María Isabel incrementa su oración al Señor, particularmente el ofrecimiento de sus visitas al Santísimo y rezo del Santo Rosario, por la conversión de su papá a la fe católica. 

Cuando se traslada la familia a la ciudad de Heredia e iniciando María Isabel su primer año de secundaria en el colegio María Auxiliadora, a cargo de las religiosas Salesianas, tiene la posibilidad de conocer la vida de la hoy Beata Laura del Carmen Vicuña Pino, a quien las religiosas dan a conocer a la nuevas alumnas, en razón del proceso de canonización que la Congregación Salesiana estaba en aquel momento introduciendo ante la Santa Sede.

La historia de aquella jovencita causó gran impresión en la joven María Isabel Acuña, ya que se sentía identificada, en parte, con la tristeza de la hoy Beata ante la lejanía de Dios de su madre y que María Isabel comparaba con el doloroso hecho de lo que sucedía con su padre.

Es entonces, que según el testimonio de religiosas de la época y de compañeras del colegio, que ella solicita  autorización al director espiritual de las alumnas del colegio, para ofrecer del modo que Dios lo quisiera su vida al Señor, con la finalidad de que su padre regresara a la fe de la iglesia Católica y que pudiera algún día comulgar junto a él, cosa que nunca había podido realizar.

Algunas semanas después, María Isabel comenzó a manifestar síntomas  de alguna complicación de salud, tales como desmayos y vómitos, lo cual conllevó que fuera referida al entonces “Policlínico de San José”, donde fue diagnosticada con un tumor cerebral fulminante,  imposible de tratar en aquella época con los recursos médicos existentes y en la etapa de avance en que la enfermedad se encontraba.

Durante el proceso de esa terrible enfermedad, María Isabel da signos de profunda fe y confianza en Dios, se abstiene de queja alguna y manifiesta siempre paz, serenidad y aún alegría con aquellos que la visitan. Se esfuerza, según los testimonios de quienes la conocieron en aquel momento, por no ser causa de preocupación  y de más sufrimiento para sus seres queridos, evitando toda queja ante los dolores, que según los médicos, debía estar padeciendo durante los pocos tratamientos que podían realizársele y ante las características del mal que padecía.

María Isabel, producto de su enfermedad va perdiendo  poco a poco la vista, de lo cual también trata de no quejarse con sus seres queridos.

Es constante el testimonio de las personas que estuvieron cerca de ella en este período de su vida, en cuanto que ella ofrecía con amor y fe al Creador todos sus sufrimientos, por la conversión y regreso a la fe católica de su padre Rafael Ángel.

Al acercarse sus últimas semanas de vida, es internada en el Hospital Rafael Ángel Calderón Guardia, donde recibe los auxilios espirituales de un Fraile Dominico llamado Ángel Menéndez. OP, quien se convierte en su director espiritual, el cual después de la muerte de María Isabel, dará testimonio de aquel ofrecimiento y de las virtudes heroicas de la fe de la joven, las cuales ya eran tenidas presente por sus familiares, amigos y conocidos.

En los últimos días de su vida en la tierra, María Isabel con alegría da a conocer a los suyos, que le ha sido manifestado, que será llamada por el Señor en un día de su amada Virgen Madre de Dios, por quien ella siente gran devoción.

En su lecho de muerte, su padre recibe de Dios la gracia de volver a la fe tal cual María Isabel le rogaba al Señor; pide confesarse con Fran Ángel y ambos, padre e hija reciben juntos finalmente la Santa Comunión. 

María Isabel entrega su alma al Creador tal cual le había sido dicho el día 15 de agosto de 1954 en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos.

Después de su muerte surge de inmediato la fama de Santidad de esta jovencita entre los fieles católicos de nuestro país, misma que permanece contante hasta nuestro tiempo,  en el Pueblo Santo de Dios.

Es a partir de los hechos narrados, que se descubre la vivencia heroica de las virtudes de la fe y de los valores cristianos en la simplicidad de la vida de una adolescente, la cual con valentía es capaz de ofrecerse a sí misma por la salvación de otros. Del mismo modo, se convierte  a su corta edad, en claro ejemplo del llamado a vivir la misericordia y la caridad con quienes nos rodean, tal cual el mismo Señor Jesucristo nos lo enseña en el Evangelio: 

En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos más pequeños a mi me lo hicisteis”. Mateo 25, 40..

Sin más por el momento y pidiendo la luz del Espíritu Paráclito y la guía de la Santísima Virgen María Madre de todos los Santos para su decisión sobre esta iniciativa; de usted:

Pbro. Lic. Alejandro Jiménez Ramírez 

Postulador de la causa

 

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