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La confesión, caricia de Dios

La confesión, caricia de Dios

 

Se comienzan a conocer los horarios de las liturgias penitenciales en las distintas parroquias del país. Estas jornadas de confesiones son una tradición antes de Semana Santa y marcan para muchos fieles la vivencia plena del tiempo cuaresmal.

Con verdadero espíritu de servicio, el clero de las diferentes diócesis, organizado por vicarías o zonas, se desplaza de una comunidad a otra ofreciendo el sacramento del perdón a todo aquel que se desee acercar para recibirlo.

En muchas ocasiones, por no decir en todas, se trata de jornadas extenuantes, física y mentalmente desgastantes, que los sacerdotes cumplen y que merecen del pueblo de Dios, como mínimo, un examen de conciencia bien hecho y un deseo sincero de conversión.

Habituarse a las confesiones cuaresmales simplemente como una práctica repetitiva sin profundidad ni potencia transformadora es desperdiciar la caricia que Dios nos desea ofrecer para reorientar la vida hacia Él.

Como recuerda el Papa Francisco, el confesionario no es ni una “lavandería” que elimina las manchas de los pecados, ni una “sesión de tortura”, donde se infligen golpes.

Por el contrario, la confesión es, más bien, un encuentro con Jesús donde se toca de cerca su ternura. Pero hay que acercarse al sacramento sin trucos o verdades a medias, con mansedumbre y con alegría, confiados y armados con aquella que el pontífice llama “bendita vergüenza”, la “virtud del humilde” que nos hace reconocer como pecadores.

Esta actitud nos libera de la tentación de pensar que no necesitamos salvación, y nos abre a la gracia de reconocernos necesitados de recibir perdón por nuestros pecados y de limpiarnos de toda maldad. Y el Señor entonces, tan bueno, tan fiel y tan justo, nos perdona y nos libera.

En un mundo inundado de egoísmo y vanidad, hay quienes se resisten a decir sus faltas a un sacerdote. Hay que recordar que confesarse es un modo de poner la vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo. Esta sinceridad y este valor son el primer paso del cambio.

La misericordia existe, pero hay que desear recibirla… Si no nos reconocemos pecadores quiere decir que no la queremos recibir, que no sentimos su necesidad.

¿Y confesarnos para luego volver a caer? Lo importante es levantarnos siempre, no quedarnos en el suelo mirando impotentes nuestras heridas. El Señor de la misericordia y el amor infinitos nos perdona siempre, de manera que nos ofrece la posibilidad de volver a empezar cada día.

Acerquémonos con confianza y gozo al sacramento de la reconciliación, seguros de que es el Señor el que sale a nuestro encuentro y nos anima a una vida plena en él.

 

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