Un profeta en el gran “Pulgarcito de América”

Un profeta en el gran “Pulgarcito de América”

 

Pbro. Bosco J. Rodríguez A., C.Ss.R

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El escritor Julio Enrique Ávila fue quien acuñó la perífrasis “El Salvador, Pulgarcito de América”, para hablar de su amado país El Salvador. Ese pequeño y gran país, bañado por las aguas de cristal del océano Pacífico, vio nacer al mártir y profeta de América, al más universal de los salvadoreños: Óscar Arnulfo Romero y Galdámez.

En la abrasadora ciudad de San Miguel, cabecera del departamento homónimo, en el municipio de Ciudad Barrios, abrió sus ojos a la luz de este mundo, por primera vez, el niño Óscar, el miércoles 15 de agosto de 1917, día glorioso y mariano, de la Asunción de María. 

La palabra “profeta” traducida del griego y hebreo se interpreta como “el llamado”, “el enviado” y “el que anuncia”. En sentido estricto bíblico significa “el que habla en lugar de otro”; es decir, “el que habla en lugar de Dios”. Los profetas fundaban su mensaje en tres principios: denunciaban, exhortaban y prometían.

Los profetas de ayer y hoy, actuaron en un tiempo y espacios determinados. El contexto económico, político, social y eclesial en el que actuó el beato Óscar Arnulfo, fue bajo una dictadura militar o gobiernos militares, y un ambiente hostil de crisis política y social, que desembocó en la década de 1980 en la guerra civil de El Salvador, dejando una estela de odio, de muerte y de sangre de 75.000 muertos y desaparecidos. 

Ante la situación que vivía El Salvador, Monseñor Romero sintió compasión por su pueblo. Aunque era tímido, como tímido era el profeta Jonás, su corazón, cada uno de sus tejidos, era de un verdadero pastor y profeta. Es así que su lema episcopal “Sentir con la Iglesia”, se hizo vida en él y en el pueblo salvadoreño. 

Ocupó la silla episcopal de la Diócesis de Santiago de María, en el departamento de Usulután, el 15 de octubre de 1974. Romero, de formación claretiana y jesuita, sufrió lo que unos llaman la “evolución eclesiológica de Monseñor Romero”. Su punto de partida fue el asesinato del jesuita Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977, cuando iba hacia el Paisnal, Tonacatepeque. 

Romero fue nombrado el 3 de febrero de 1977 como IV Arzobispo de San Salvador, por el beato Pablo VI, tomando posesión el 22 de febrero del mismo año. Según sus biógrafos, a partir de esa histórica fecha, el ambiente en el “Pulgarcito de América” se tornó más tirante. 

En sus homilías, Romero denunciaba los atropellos de los gobiernos de Arturo Armando Molina y Carlos Humberto Romero. Únicamente él alzaba su voz para defender a su pueblo. 

Monseñor Romero tenía muy incrustado en su corazón las palabras del Papa Pío XI: “La misión de la Iglesia no es desde luego política, pero cuando la política toca el altar, la Iglesia defiende el altar”. 

Por su defensa en favor de su pueblo y sus constantes denuncias proféticas al gobierno, algunos medios de comunicación social nacionales e internacionales, se encargaron de desdibujar la figura señera del beato Óscar Arnulfo Romero. Hacían de sus medios impresos y en imágenes, páginas flumígeras con letras incendiarias en contra del pastor y mártir. 

En sus homilías, el beato Óscar Arnulfo habló de temas como la fe en Dios, el seguimiento de Jesús, el sentir con la Iglesia, la Doctrina Social de la Iglesia y el llamado perenne a la conversión. Como un tesoro inconmensurable y espiritual, el beato Óscar Arnulfo Romero, nos dejó alrededor de 200 homilías dominicales, sin contar las del día a día. Sus enseñanzas no han perdido el brillo de la novedad, pues en cada homilía está la palabra viva y eficaz de un pastor que se dejó guiar por la luz del Espíritu Santo. 

Sus homilías proféticas animaron y llenaron de esperanza a un pueblo oprimido y deseoso de su liberación. Su última homilía fue titulada la “Homilía de fuego”, homilía sonora y vibrante, en la que gritó: “En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. Romero predicó la paz, pero no a cualquier precio. Tomó decisiones responsables y definitivas por la causa del Reino de Dios. 

El sacrílego asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, ocurrió el lunes 24 de marzo de 1980, al caer la tarde, en la capilla del Hospital “Divina Providencia” de San Salvador. Presidía la Eucaristía; al iniciar la liturgia eucarística, una detonación efectuada por el homicida, suboficial Marino Samayor Acosta, a quien le pagaron 114 dólares, impactó en el noble corazón del purpurado. El autor intelectual y cerebro de la operación: el mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta. Nuestro mártir Romero y Galdámez muere cuando El Salvador era gobernado por la Junta Revolucionaria de Gobierno (JRG), que era un gobierno de facto. 

A los treinta y cinco años de su martirio, Mons. Romero alcanzó la gloria de los altares. La beatificación del siervo y mártir de Dios, Óscar Arnulfo Romero, realizada el 23 de mayo del 2015, en la Plaza Salvador del Mundo, en San Salvador, fue presidida por el cardenal Ángelo Amato, prefecto de la Causa de los Santos, quien dibujó la recia personalidad del beato y mártir Óscar Arnulfo, con estas palabras: “¿Quién era Romero? ¿Cómo se preparó al martirio? Digamos ante todo que Romero era un sacerdote bueno, un obispo sabio, pero sobre todo era un hombre virtuoso. Amaba a Jesús, lo adoraba en la Eucaristía, veneraba la Santísima Virgen María, amaba a la Iglesia, amaba al Papa, amaba a su pueblo. El martirio no fue una improvisación sino que tuvo una larga preparación. Romero, de hecho, era como Abraham, un hombre de fe profunda y de esperanza inquebrantable”. 

El Papa Francisco, recientemente, firmó el decreto que permite la pronta canonización del arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero. El Salvador tendrá un santo, Latinoamérica tendrá un nuevo santo, la Iglesia contará con un nuevo intercesor. 

Hacemos nuestras las palabras de San Juan Pablo II: “Romero es nuestro, es de la Iglesia”. Y él es, como dijo el cardenal Amato, “otra estrella luminosísima que se enciende en el firmamento espiritual americano. Él pertenece a la santidad de la Iglesia americana”. 

¡Viva el mártir y profeta de América Óscar Arnulfo Romero! 

 

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