Un final feliz…

Un final feliz…

 

“No hay mal que dure cien años”, decimos.  Así lo vemos al final de la historia de Job. Aprendamos para la vida.

 

Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

El libro de Job es una novela con final feliz. Hemos visto que su trama es el problema del dolor y del sufrimiento, que forman parte de la humanidad y que, tarde o temprano, nos toca a todos. Su protagonista es Job, quien aparece, por una parte, como el hombre bueno, justo y paciente, que sufre una serie de desgracias, sin que por ello proteste y reniegue, pero, por otra, grita su dolor y su inconformidad a Dios (el “Job bueno” y el “Job rebelde”, que vimos en meses pasados).

Pero las cosas no podrían ser así, simplemente… y, como sucede en las novelas, los cuentos y las obras literarias, incluyendo las películas, que tienen un final feliz (“se casaron y fueron felices”, suele decirse), este relato ejemplar no fue la excepción: Job lo recobra todo y con creces, muere en sana vejez, muy feliz, bendecido por el Señor… Veamos parte del epílogo de esta obra:

Después, el Señor cambió la suerte de Job, porque él había intercedido en favor de sus amigos, y duplicó todo lo que Job tenía. Todos sus hermanos y sus hermanas, lo mismo que sus antiguos conocidos, fueron a verlo y celebraron con él un banquete en su casa. Se compadecieron y lo consolaron por toda la desgracia que le había enviado el Señor. Y cada uno de ellos le regaló una moneda de plata y un anillo de oro. 

El Señor bendijo los últimos años de Job mucho más que los primeros. Él llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo además siete hijos y tres hijas. A la primera la llamó “Paloma”, a la segunda “Canela”, y a la tercera “Sombra para los párpados”. En todo el país no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job. Y su padre les dio una parte de herencia entre sus hermanos.  Después de esto, Job vivió todavía ciento cuarenta años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Job murió muy anciano y colmado de días… (Jb 42,10-17).

Como vemos, esta conclusión en prosa retoma el relato popular que había quedado interrumpido al comienzo del libro (Jb 1-2), y describe la suerte final de su principal personaje. Dios recompensa a Job con toda clase de bienes y le devuelve la felicidad perdida, mientras que sus amigos son objeto de un severo reproche (ver Jb 42, 7-9). Así parece confirmarse la doctrina tradicional sobre la retribución terrena, tan cuestionada a lo largo del libro. 

Quizá se trate de una concesión hecha por el autor, a la mentalidad corriente de su época, con el fin de que su obra gozara de mayor aceptación. De todas maneras, este epílogo pone de relieve, con las imágenes propias del Antiguo Testamento, que en última instancia Dios nunca abandona a los que confían en él.

Fijémonos, pues: familia y amigos, que no estuvieron cerca de las tribulaciones de Job (con excepción de Bildad, Elifaz, Zofar, Elihú y probablemente la mujer del patriarca), vinieron y lo consolaron. Y fueron muy generosos dándole dinero… Al terminar la historia, Job tenía el doble de lo que había tenido al comienzo, en términos de riqueza material (comparar Jb 42,12 con Jb 1,3). Tuvo diez hijos, siete varones y tres hijas, para reemplazar a los siete hijos y tres hijas que habían muerto trágicamente (ver Jb 1,2.18-19; 18,19). 

 

Las hijas de Job, muy hermosas…

De ellas se dice que: “en todo el país no había mujeres tan hermosas como las hijas de Job” (v.15), cosa que no se decía de las primeras. Efectivamente, los nombres de las hijas expresan su singular belleza: “a la primera le puso por nombre Yeminá (Palomita); a la segunda, Quesiah (Casia), y a la tercera, Queren-Happuc (Cuerno de afeites)…” Y  lo que llama la atención, es que Job les dio una herencia viviendo sus hermanos. En el libro de los Números (Núm 27,8) se ordena heredar a las hijas solamente cuando éstas no hayan tenido hermanos varones.

Y Job, que había estado tan seguro de que no viviría mucho, para soportar tanto dolor, vivió otros ciento cuarenta años. Es decir, que para colmo de su felicidad, Job pudo ver a sus descendientes hasta la cuarta generación, viviendo ciento cuarenta años (cuatro generaciones de treinta y cinco años). José había visto tres generaciones (Gén 50,23), pero Job fue más colmado de días, muriendo en plena ancianidad, conforme a la fórmula consagrada en la literatura bíblica. La frase “lleno de días” en hebreo, que a veces se traduce “lleno de años”, nos recuerda el final de Abrahán (Gén 25,8), de Isaac (Gén 35,29) y el rey David (1 Crón 29,28), que dan la idea de alguien que está en un lugar relativamente bueno y feliz, en un evento ciertamente no feliz: la muerte…

Todas estas cifras reflejan el carácter convencional del libro, que está concebido en función de una tesis teológica bien definida: Dios, aunque pruebe al justo, al fin le hará justicia y le premiará. Y, al contrario, la tesis tradicional sobre la relación entre el sufrimiento y la culpabilidad (la idea de la retribución), queda descartada a la vista de la historia personal de Job, que sufrió para aquilatar su virtud. 

No encontramos, pues, en el libro de Job, la verdadera solución al problema del sufrimiento del justo, la retribución en ultratumba. Esta perspectiva aparece por primera vez claramente enunciada en el libro de la Sabiduría (Sab 3,18). En el drama de Job queda flotando el misterio de la Providencia divina, que permite que los justos sean probados y que los malvados prosperen en la vida presente.

Y como decimos los ticos: “Colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Este desenlace feliz nos enseña que, si bien es cierto, Job se presentó como alguien inconformista con su suerte, al proferir sus gritos de desesperación ante Dios, frente a sus amigos que hablaban de un Dios encasillado en sus razonamientos, era él, en última instancia, quien tenía la razón: “Job ha hablado bien de mí”, había dicho Dios (Jb 42,7). 

Por eso Job, elevado de nuevo a la condición de siervo y amigo del Señor, pudo interceder por sus amigos y salvarlos (Jb 42,7-8). Anticipo de Cristo quien, como Job, supo sufrir y ahora intercede por nosotros ante el Padre (Heb 4,15-16), como sacerdote misericordioso.

 

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