La mujer de Job

 

La mujer de Job es todo aquel que no sabe qué hacer ante el dolor, que se desespera ante las incertidumbres de la vida... ¿Somos como ella?


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT 

 

En la historia de Job, aparece su mujer, después que el patriarca sufre la pérdida de sus bienes, de su familia y de su salud, tras tenerlo todo. Hoy la queremos presentar, pues de ella no se habla, ni se la conoce a fondo. Es un personaje que llamaríamos “relámpago”, pues así como llegó, se fue… y nada más sabemos de ella. Es parecida a la mujer de Pilato que, en el juicio de Jesús, manda a decir a su esposo: “no te metas con ese justo, pues anoche he sufrido mucho en sueños por él” (Mt 27,19). 

Así como es presentada, así tampoco se menciona más en el Nuevo Testamento. Llegó y se fue… sin más. Así pasa con la mujer de Job, que ni siquiera aparece con él y su nueva familia, lo mismo el satán…, al final de esta historia, que es como un lindo y feliz final de cuentos (Jb 42,7-17). Nada más se sabe de ellos. Vayamos al texto:

Su mujer le dijo: “¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez”. Pero él le respondió: “Hablas como una mujer insensata. Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?”. En todo esto, Job no pecó con sus labios (Jb 2,9-10).

El mal que sufre Job no es solamente físico, sino que también afecta a su honor (hoy diríamos su dignidad como persona, es un marginado). A ello corresponde la reacción airada de su esposa, de la que no sabemos su nombre, pues aparece inesperadamente en el escenario y desaparece… Sus palabras suenan a despecho. Su única función en esta historia es prácticamente la misma del satán, es casi su portavoz o representante y quien incita a su esposo a maldecir a Dios y provocar su cólera justificada (Jb 2,5b: apuesto que te maldice en tu cara), como también enuncia la forma de ser Job, mencionada con satisfacción por el Señor en Jb 1,8 y 2,3. De ahí su reproche: ¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad?  Para ella, no tiene sentido la piedad de Job, pues se siente incapaz de creer en un Dios que es incapaz también de garantizar una retribución justa.

El narrador introduce una fina ironía, al presentar a la mujer de Job incitándolo a maldecir a Dios, usando el verbo bendecir: “Bendice (barej) a Dios…”, si bien su sentido es su antónimo: “¡maldice!”, lo que hace eco al deseo del satán en el v.5. Si Job maldice a Dios, las consecuencias serían inevitables: la muerte, como bien lo sabe todo judío. Su esposa lo empuja precisamente adonde Dios no quería que traspasara, los linderos de la muerte. Le propone una especie de “eutanasia religiosa”.

Job, el sabio, acusa a su mujer de carecer de sabiduría: “Hablas como una mujer insensata” o necia. Necia es la persona que piensa, vive y se comporta al margen del “temor del Señor”, principio de la sabiduría como lo enseña el libro de los Proverbios (Prov 1,7), y del que hace gala la mujer sabia, la perfecta y buena ama de casa de Prov 31,10-31 (ver los vv.30-31 de este texto). De allí que Job le responde en la línea de los sabios de Israel: “Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?”. 

Fijémonos en el empleo de la primera persona del plural, que Job usa en su respuesta (nosotros), con lo que la pregunta retórica se extiende más allá de su propia persona, interpelando incluso a los lectores de este libro. La primera reacción de Job, es que entonces se trataba de tener o de no tener (ver Jb 1,21): “el Señor da… el Señor quita”; ahora de trata de lo bueno o lo malo que hay que aceptar, proveniente de Dios, como se pensaba en aquel entonces. No se trata de una actitud de pasiva aceptación de los males, sin ser capaz de aceptar lo inevitable, sea o no justo a nuestros ojos. De hecho, Job no cuestionaba la justicia divina.

En su juicio final, el autor sagrado de esta novela ejemplar reitera la afirmación de Jb 1,21: “a pesar de todo, Job no pecó con sus labios” (Jb 2,10). Es decir, no maldijo a Dios como se lo había propuesto su mujer y el satán aseguraba y esperaba que lo haría. Job ha demostrado ser un hombre íntegro y sabio, de piedad sincera (ver su primera prueba en Jb 1,13-22) y perseverante (ver su segunda prueba, en Jb 2,7-11). Por eso, podía soportar los males inevitables que le cayeron encima, para disgusto del satán y de su propia esposa.

Pero también, en la reacción de su esposa, podemos intuir que, llevada por el cariño a su esposo, se pone de su parte y en contra de Dios que, según ella, ha sido tan injusto y cruel con su marido. El amor de esposa no entiende a un Dios vengativo y justiciero contra el justo ¡Y su esposo lo es! Su consejo es claro: “antes de morir, échaselo en cara. Si así es tu Dios ¿de qué te vale?”.

Pero Job es comprensivo con la amargura de su mujer y la reprende suavemente pero con firmeza. Después de todo, ella también había sufrido con él, todas aquellas calamidades, desgracias y pérdidas y, hasta el momento, no había dicho nada… La necedad o estupidez de su esposa es su incapacidad para interpretar el sentido de la historia y la presencia de Dios en ella.

El que está con Dios sin intereses personales (como pensaba el satán), sabe “estar en las duras y en las maduras”,  como cuando los esposos, el día de su boda, se dicen mutuamente: “prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad”. Pues ninguna obligación tiene Dios para con sus creaturas, lo cual implica que ninguno de nosotros puede decirle: “Señor ¿por qué me tratas así?”.

Al estilo de nuestros cuentos, resumimos su vida: La “señora Job” había sido muy bendecida. Casada con un hombre rico, siempre preocupado por el bienestar espiritual de sus hijos. Tuvo una familia bonita, de buena fama ¡Qué placentera debió haber transcurrido su vida! Pero llegó la adversidad y los bienes se terminaron… Repentinamente se quedó sin hijos. La vida la encontró con un marido muy enfermo a quien cuidar. En pocas palabras, su vida se derrumbó. Se desesperó… ¿Qué podemos aprender de ella? ¿Podemos comprenderla o, contrariamente, la enjuiciamos? ¿En qué nos parecemos a ella, cuando nos visitan las adversidades? ¿O nos quedamos como Job?