El verdadero matrimonio

 

El verdadero matrimonio

 

Monseñor José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

 

Con consternación, pero sin asombro, la inmensa mayoría de los costarricenses conocimos la respuesta de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) a la consulta voluntaria, consiente e intencionada, que la administración Solís Rivera hiciera con el propósito de aprobar en Costa Rica el matrimonio entre personas del mismo sexo. 

Consternación por cuanto, siguiendo ya una estrategia política, el Gobierno mediante la supuesta opinión “consultiva”, apadrinando las pretensiones de algunas minorías, nos impone su agenda, de forma resuelta y decidida, al margen de la voluntad de la ciudadanía y de la discusión política nacional, expresada amplia y fehacientemente de muchas maneras, y en especial en la última caminata por la vida y la familia, el pasado 3 de diciembre. 

Pero sin asombro pues, a sabiendas del peso ideológico imperante en la CIDH era, absolutamente, predecible esta respuesta en detrimento de la dignidad y la misión de la familia.  La Corte, en consonancia con otros organismos internacionales, presiona y lesiona una vez más la soberanía jurídica de la Nación. El Estado actuó en contradicción con sus propios deberes al alterar los principios de la ley natural y del ordenamiento público de la sociedad costarricense.

El propio Papa Francisco ha expresado su apoyo a las iglesias y, por ende, a las sociedades que se ven acorraladas por quienes defienden esas tesis, y las imponen a los otros1 y nos advierte como hoy en día vivimos por distintos frentes  el ataque a la familia, “y  se van inoculando en nuestras sociedades, se dicen sociedades libres, democráticas, soberanas, se van inoculando colonizaciones ideológicas que las destruyen y terminamos siendo colonias de ideologías destructoras de la familia, del núcleo de la familia que es la base de toda sana sociedad.”2

En los próximos días las diferentes instancias del Estado Costarricense deben decidir cómo conducirse ante esta respuesta de la CIDH. ¿Estará de más recordarles su compromiso de proteger el matrimonio, entre el varón y la mujer, y la familia mediante leyes, para asegurar y favorecer su función irreemplazable y su contribución al bien común de la sociedad?  

Constatar una diferencia real no es discriminar. La naturaleza no discrimina cuando nos hace varón o mujer. Nuestra legislación no ha discriminado cuando exige el requisito de ser varón y mujer para contraer matrimonio; sólo reconoce una realidad natural. Ni la complementariedad ni la fecundidad, que constituyen la naturaleza misma del amor del que se nutre el matrimonio, se dan ni pueden darse entre personas del mismo sexo. Se trata de dos realidades substancialmente diversas que no pueden ser igualadas por criterios ideológicos.

El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial, esencialmente heterosexual, como base ineludible de la familia. Que sepamos distinguir el trigo de la paja, lo verdadero de lo falso. “Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, ¡que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!”3

Reitero el llamado a todos nuestros fieles a unirnos en las más íntimas convicciones sobre la familia y el matrimonio que se extraen de la Palabra de Dios y del Derecho Natural. La Iglesia no puede renunciar a su misión de seguir presentando la Palabra de Dios como le ha sido revelada; e insta a todos los cristianos a seguir viviendo conforme al Plan de Dios para la familia y el ser humano: varón y mujer; todo lo ello dentro del marco de la Ley y el respeto absoluto a toda persona humana.

1 Papa Francisco, Amoris laetitia, número 251

2 Discurso del Papa Francisco en el encuentro con las familias en México, 15 de febrero del 2016

 

3 Isaías 5,20

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