Un romántico que ama al Señor y al pueblo


Danny Solano Gómez

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Desde muy pequeño quería participar de la Santa Eucaristía. Durante la Consagración, al momento en que el cura elevaba el pan y había un silencio profundo, el chiquillo, que era muy inquieto, se levantó, se puso al frente del altar y se puso a cantar… El lechero, una particular ranchera que era la única canción que sabía entonces. 

El Padre Fernando Hernández cuenta con humor aquella anécdota. Él era el pequeño travieso de la historia y no olvida cuando el Presbítero Juan Figueroa le pidió a sus padres que lo sacaran del templo.

“Todavía hoy, esa historia la recuerda todo el pueblo. Ya ordenado sacerdote le conté al Padre Figueroa que él me había sacado, le dije que había atentado contra una santa vocación. Él con su humor me respondió: “Contra la vocación tal vez, pero ¿¡santa, quién sabe!?”.

El Padre Fernando es actualmente el Cura Párroco de Sagrado Corazón de Jesús en Hatillo, es conocido por ser una persona cariñosa y atenta, siempre dispuesta a colaborar con la comunidad. Con su característico largo y canoso cabello, así como su blanca barba, compartió con Eco Católico algunas de sus historias y experiencias.

Nació en “una casa de piso de tierra” de Monte Redondo de Aserrí, donde a veces se comía arroz y a veces frijoles, pues no siempre daba para los dos en el mismo plato. Su papá era peón agrícola, y su madre una ama de casa que siempre buscaba la manera de ganar un poco de dinero para sacar adelante a la familia.

Siempre fue un chico alegre, inquieto, travieso y bromista, pero afirma que nunca fue malintencionado. Fue un colegial que recibía una beca de 60 colones y solía sacar de sus casillas a los profesores, quienes a pesar de todo lo querían mucho, dice el Padre Fernando.

“Era costumbre que me sacaran de clase. Una vez la profesora me dijo: “Salga y no me vuelva a entrar por esa puerta”, salí y me metí de nuevo pero por la ventana”, contó entre risas.

Aunque nadie dudaría de la inteligencia del Padre Fernando, él dice que uno de sus principales temores antes de entrar al Seminario era que no se consideraba un alumno brillante, admite que apenas pasaba los cursos en la escuela, temía no poder salir adelante con la dura formación sacerdotal. 

Él se describe como una persona romántica y en el colegio -según cuentan y él reconoce- tuvo algunas novias y al parecer muchas admiradoras. Sin embargo, menciona que, por decirlo de alguna manera, su amor daba para más amplitud, pues se volvió un enamorado del Señor y su cariño y afecto es por todo un pueblo.

El sacerdote también es famoso por ser deportista, es común verlo salir a correr de vez en cuando por las calles de Hatillo, aunque no siempre logra cumplir con su recorrido porque se detiene constantemente a saludar a personas que se topa. De joven compitió en Juegos Nacionales, también ganó medallas y trofeos. 

En dos ocasiones su vida estuvo en riesgo. Una vez viajaba hacia el aeropuerto con su mamá y dos hermanas, en el cruce de la línea férrea en Sabana Sur su carro se apagó y el tren arrastró el vehículo 100 m., el auto quedó inservible y milagrosamente salieron ilesos. De hecho, “un ángel”, el Padre Walter Howell, pasaba por ahí y lo llevó a que tomara su vuelo a tiempo.

En otra ocasión, un río lo arrastró un kilómetro abajo, esto ocurrió en Pejivalle de Tucurrique tras resbalarse en unas piedras. Cuando la fuerza de la corriente mermó pudo nadar a la orilla. 

 

El sacerdocio

En el ambiente clerical es conocido como “Pulga”, un apodo que nació cuando estaba en el Seminario y un compañero decía “poin, poin” cada vez que él pasaba. Para los niños es el “Padre de los confites”, pues cada Domingo de Resurrección, después de la Santa Eucaristía, se le ve correteando y lanzando confites a los pequeños entre risas y alegría.

Desde muy pequeño se sintió atraído por el sacerdocio, veía al señor de traje entero que llegaba a pagar a los peones y al cura que andaba con su sotana, ambos le llamaban la atención, un día le dijo a su papá que cuando fuera grande se vestiría como uno de ellos. 

Entre los 11 y 12 años decidió ser monaguillo, siendo adolescente participaba de grupos de la Legión de María, incluso vendía el Eco Católico y, según presume, era el mejor vendedor que había. También participó en grupos de Renovación Espiritual Católica, retiros y convivencias que lo fueron acercando cada vez más al Señor. 

Particularmente hubo alguien que motivó su decisión de entrar al Seminario, se trataba de un seminarista llamado Luis Paulino Jiménez, a quien él admiraba. “Era brillante, de las personas más inteligentes que he conocido, muy piadoso, Tomista (devoto de Santo Tomás de Aquino)”, recordó el Padre.

Aquel muchacho lo llevó personalmente al Seminario para su entrevista de ingreso y le ayudó durante los primeros años hasta que, cuando este joven cursaba el sexto año, falleció tras ahogarse en una playa durante unas vacaciones.

En las parroquias rurales donde ha servido, ha vivido experiencias hermosas según menciona, como celebrar la Santa Eucaristía en medio de una montaña. Un detalle curioso es que una vez lo querían proponer de diputado, pero no aceptó.

Por otro lado, desde joven se le conoció por su deseo de servir a la comunidad, así participó de muchas iniciativas comunales como sembrar árboles, “volar pala” para hacer un planché en la escuela, entre otras. Esto lo ha caracterizado durante todo ministerio pastoral.

A sus 57 años recién cumplidos, el padre Fernando es un devoto de María Auxiliadora y dice ser un amante fervoroso de la Hora Santa. “No puedo pasar un jueves sin celebrarla (…) Yo no celebro la Hora Santa para el pueblo, sino con el pueblo”.

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