“Este es el Cordero de Dios”

 

“Este es el Cordero de Dios”

 

Oración inicial

Pastor bueno, Padre mío, también Tú hoy desciendes de los montes eternos y llevas contigo a tu rebaño a las verdes praderas, de hierba fresca y agua buena. Tú hoy manda delante de ti a tu oveja predilecta, al Cordero a quien amas con amor inconmensurable; Tú nos das a tu Hijo Jesús, el Mesías. Míralo, está aquí. Te pido que me ayudes a reconocerlo, a fijar sobre Él mi mirada, mi deseo, mi esperanza. Haz que yo lo siga, que no me separe de Él, que entre en su casa y allí me quede, para siempre. Su casa, oh Padre, eres Tú mismo. En Ti yo quiero entrar, quiero vivir. El soplo de tu Espíritu me atraiga, me sostenga y me una en amor a Ti y a tu Hijo, mi Señor, hoy y por todos los siglos de los siglos. Amén

 

Lectura bíblica

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”). Él les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir “el Ungido”). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir “roca”).

Palabra del Señor.

 

Un momento de silencio

Estoy en silencio y dejo que estas palabras tan sencillas, pero poderosas, me envuelvan, tomando posesión de mi vida. Dejo que Jesús, viniendo, fije sobre mí su mirada, dejo que me pregunte, como a ellos: “¿Qué buscas?” y dejo que me lleve consigo, a su casa. Porque, sí, quiero vivir junto a Él…

 

Algunas preguntas

Me comparo con la figura del Bautista: ¿Soy yo uno que está, que se queda? ¿O más bien, me retiro, me canso, me fatigo y dejo que mi fe se apague? ¿Yo estoy o me siento, atiendo o no espero más?

¿Tengo el valor, el amor, el ardor para decirle: “Maestro, yo te seguiré adondequiera que vayas” (Mt 8,19) confirmando las palabras con los hechos? ¿O también digo yo como aquel: “Te seguiré, pero deja primero que...”(Lc 9,61)?

El Señor fija su mirada sobre mí y me pide: “¿Qué estás buscando? No es fácil responder a esta pregunta; debo bajar al fondo de mi corazón y allí escucharme, medirme, verificarme. ¿Qué busco yo verdaderamente? ¿Mis energías, mis deseos, mis sueños, mis haberes a dónde se dirigen?

Él se ofrece hoy, aquí, a mí, para vivir juntos esta indecible, espléndida experiencia de amor. ¿Qué decido, por tanto? ¿Me paro también yo como los discípulos y me quedo con Él, en Él? ¿O me voy, me sustraigo de su amor y corro a buscar otra cosa?

 

 

Oración final

Padre, te doy gracias por haberme concedido la presencia de tu Hijo Jesús en las palabras luminosas de este Evangelio; gracias por haberme hecho escuchar su voz, por haber abierto mis ojos para reconocerlo; gracias por haberme puesto en el camino para seguirlo y entrar en su casa. Gracias porque puedo morar con Él, en Él y porque Él, y contigo, estás en mí. Gracias por haberme, una vez más llamado, haciendo nueva mi vida. Haz de mí, te ruego un instrumento de tu amor: que yo no deje nunca de anunciar al Cristo que viene; que yo no me avergüence, no me cierre, no me apague, sino que me vuelva siempre más feliz, por llevar a Él, a los hermanos y hermanas que tú me haces encontrar cada día. Amén.

 

 

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