“El Señor me ha amado y me ha dado mucho”

 

“El Señor me ha amado y me ha dado mucho”


Laura Ávila Chacón

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El Padre Carlos celebra en este mes de diciembre 50 años de vida sacerdotal. Es un momento, como él mismo afirma, para la reflexión serena e iluminada por la fe acerca de lo vivido. “Tomo este aniversario con temor y como un reto”, afirma sentado en su escritorio de trabajo, donde el día de esta entrevista sacaba promedios finales de sus estudiantes del Seminario Nacional.

Rodeado de libros, sus compañeros inseparables, sobre la mesa siempre está la Sagrada Escritura, en cuyas páginas, especialmente de los salmos y los libros de la sabiduría, ha encontrado paz en medio de situaciones difíciles que ha tenido que enfrentar.

Sin embargo, asegura con voz serena, si hace un balance de todo, el resultado es una vida marcada por la felicidad y por el don inmerecido del sacerdocio. “El Señor me ha amado y me ha dado mucho”, afirma.

Con lucidez fotográfica recuerda el Cartago de su infancia. Todo giraba alrededor de la Iglesia en las inmediaciones de la Basílica de los Ángeles. Su bisabuela, de chal y botas, lloviera o tronara, siempre puntual en misa de las 6 de la mañana.

De ella aprendió sobre los santos, especialmente de San Antonio, su protector, (su segundo nombre es Antonio), gracias a que la santa mujer que fue su bisabuela se acordaba de él cada 13 de junio y le obsequiaba algo para celebrárselo.

El otro referente fue su abuelo, el hombre recio de fe pétrea, terciario seglar, con quien oró cientos de veces frente al Santísimo donde las hermanas bethlemitas, y quien lo llevaba cada diciembre a visitar todos los portales de las iglesias de la provincia.

Esas imágenes de piedad, de fe sencilla pero profunda, arraigada y convertida en vida, caló en el niño Carlos, que vio muy natural entrar al Seminario Menor de Tres Ríos a los 11 años de edad.

“Todo lo demás ha sido gracia de Dios”, afirma, reiterando que medio siglo de vida sacerdotal solo se pueden alcanzar teniendo claro que se actúa en la persona de Cristo y únicamente a través suyo.

Su primera experiencia como presbítero fue complicada. Eran otros tiempos. Nombrado en La Merced, en San José, el párroco de entonces no lo recibió. Decía que no necesitaba un vicario. Fueron meses duros. Luego vino nombramiento en Alajuelita junto al Padre Horacio Morales, un hombre que define como entregado a Dios y de quien aprendió mucho.

Retirado el sacerdote Morales, quedó como párroco en el Santuario Nacional al Santo Cristo de Esquipulas. Aquel fue su primer amor. Iba a caballo a dar catequesis y a visitar enfermos en los pueblos. Aquí fomentó los procesos de comunidades eclesiales de base que sirvieron de fermento para muchas iniciativas y procesos pastorales. En total fueron 6 años de mucha alegría y trabajo.

Luego fue nombrado en San Cayetano, misión que combinó con sus estudios en filosofía en la Universidad de Costa Rica.

Advirtiendo su capacidad, el Padre Carlos Joaquín Alfaro lo llamó como profesor al Seminario. Y estando en San Cayetano, celebrando la fiesta patronal de 1979, Monseñor Román Arrieta lo llama para decirle que va para Roma a estudiar.

Maletas en mano parte para graduarse de licenciado en filosofía. Esta oportunidad siempre se la agradecerá a Monseñor Arrieta. “Fue un padre, un amigo, una persona que no importaba la hora siempre estaba dispuesto a recibirlo y a escucharlo a uno”, destaca.

En Roma, junto a los padres Munguía, Sancho y Antillón, aprende de la Iglesia y del mundo. Palpa de primera mano las transformaciones del Concilio Vaticano II y se agiganta para él la figura del Papa Pablo VI.

De regreso al país vive sus siguientes 18 años como párroco en Los Ángeles de Heredia. Aquí aprende que ser herediano pasa por las venas, hasta en el fútbol. 

Este deporte es de hecho, uno de sus pasatiempos preferidos. Asegura que va al estadio pero con visión crítica. Le preocupa el negocio en que se convirtió el balompié. Aunque se reserva el equipo de su preferencia.

Luego de esta experiencia pasa a Santa Ana ocho años y a Santa Teresita, donde ya cumple cuatro.

El Padre Carlos ha sido profesor de generaciones y generaciones de seminaristas en nuestro país. Actualmente sigue tan activo en la docencia que tiene poco tiempo para otras actividades.

Lo que no descuida es su vida familiar. Asegura que sus sobrino nietos son una alegría permanente, y por eso disfruta las reuniones, los encuentros y las comidas con los suyos.

A 50 años de ordenado, concuerda con San Pablo que “el justo vive por la fe”. Para él la fe ha sido un ancla y un norte, fuerza ante los obstáculos y un impulso para comunicar a todos el amor de Dios.

Figuras como los padres alemanes, Monseñor Arrieta y el Padre Rodrigo Castro siempre están en sus oraciones. Lo marcaron como el amor a la Virgen María, de quien asegura, todavía no hemos aprovechado toda su riqueza y ejemplo.

¿Un consejo para los seminaristas? “Que lean”, afirma sin dudarlo: “Sin lectura somos nada”, “y que oren”, concluye.

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