Frente al Simposio Internacional Laudato si’

 

Lis Chaves

Ordo Consecrationis Virginum, Diócesis de Cartago

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Cambio la tónica de mi reflexión semanal sobre la mujer para compartir mi testimonio como mujer al frente de la organización del Simposio Internacional Laudato si’ recientemente realizado en el país por la Universidad Católica de Costa Rica y la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger.

Desde que salí de la Universidad Dios quiso que trabajara siempre en el ámbito corporativo y siempre en el área de servicios, primero de software empresarial y luego de banca y finanzas. En mis años de experiencia siempre he tenido que trabajar con ingenieros, administradores, economistas, banqueros, grandes, medianos y pequeños empresarios, políticos, organizaciones no gubernamentales, prensa, etc. Me ha tocado organizar eventos pequeños (para un grupo de trabajo) medianos (50-100 personas) y eventos grandes (entre 300- 3000 personas). Mi trabajo me ha exigido organizar desde torneos de Polo hasta eventos corporativos, conferencias internacionales y activaciones navideñas en todos los centros comerciales del país.

He tenido que organizar actividades en Costa Rica, Latinoamérica y Estados Unidos. A veces he tenido grandes presupuestos, a veces nada. Y a pesar de todo este bagaje que viene detrás de mis 45 años de vida, hoy puedo decir que el mejor evento que he organizado es el Simposio Internacional Laudato si’.

Dios quiso que una mujer estuviese al frente de la organización logística. Yo me había quedado sin trabajo por reestructuración del lugar donde estaba y alguien mandó mi curriculum a don Fernando Sánchez, rector de la Universidad Católica e inmediatamente me llamó para ofrecerme la dirección del Simposio. Como mujer consagrada, sentí que era un gran honor servir a la Iglesia de esta manera y como ser humano consciente de que nuestro planeta realmente gime, lo sentí una obligación moral.

Este evento traía la fuerza de Dios porque es algo que viene del Vicario de Cristo en la Tierra, del Papa Francisco, apoyado por la Fundación de otro Papa Emérito que aún tenemos entre nosotros. He meditado que todos los que trabajamos en el Simposio fuimos instrumentos de Dios. Todo salió como Dios quiso, con las personas que Él quiso. El abrió puertas, tocó corazones y contamos con tanto apoyo que solo puede ser obra de Dios.

Ahora yo entiendo que tanta experiencia que Dios me ha permitido tener en el campo empresarial, la necesité ahora para servir a mi madre la Iglesia. A mi edad y luego de mi conversión a Dios, descubrí que el don de liderazgo que poseo es solo un medio para servir, porque en la vida a alguien le toca dirigir la orquesta y a otros tocar los instrumentos musicales y ninguno puede hacer nada sin el otro. Yo tengo plena conciencia de que nunca se logra nada solo y de que solo juntos y en equipo se alcanzan los objetivos.

Así que lo que hice fue ponerme al servicio del comité de jóvenes entusiastas que me dio la Universidad Católica y lograron hacer un increíble trabajo con gran compromiso. También aprendí en mi vida que los equipos son más eficientes y comprometidos cuando se les trata con respeto y cariño y se les brinda la confianza para que den lo mejor de sí mismos. Cuando se les reconoce y se les motiva y a ellos mi sincero reconocimiento a su labor.

Hace años en una empresa me entrevistaron y me preguntaron: “¿usted se subiría en un camión repartidor con Kimono para visitar los comercios?... Hoy se consideraría discriminación pero en aquel entonces les dije: yo vengo de la pobreza, he estudiado con las uñas, me gradué en Estados Unidos con una beca y me la arreglé allá sola por años, en otro idioma que no sabía. Nadie me ha regalado nada y he tenido que desarrollar un carácter fuerte para defenderme y voy a tener miedo de un kimono y un camión… los ejecutivos se avergonzaron de su pregunta. Y menos temor me da ahora cuando pongo todo en manos de Dios.

Al tiempo que puse como prioridad mis valores éticos y cristianos también me impuse como regla nunca ser mediocre, siempre dar lo mejor en todo y reconocer siempre la dignidad de las personas que trabajan conmigo, desde el puesto más pequeño hasta el más grande.

Agradezco a Dios por el regalo espiritual que ha sido este trabajo para mí. Saber que hay más conciencia sobre el cuidado de nuestra casa común y haber facilitado este encuentro internacional es algo que no tiene valor. Agradezco la confianza que la Universidad me dio, así como la de los benefactores, conferencistas, voluntarios, gobierno, cancillería y protocolo, proveedores y tantas otras personas que colaboraron en este proyecto. 

Este es un ejemplo del aporte que las mujeres podemos dar a la Iglesia y fuimos muchas las mujeres que colaboramos, a todas ellas también, muchas gracias.

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