El dogma de la Inmaculada Concepción de María

 

Pbro. Bosco J. Rodríguez A., C.Ss.R

 

En cuanto al dogma de mis amores de la Inmaculada Concepción de María, la Dra. Deyanira Flores nos catequiza sobre qué quiere decir: “Quiere decir que en el instante mismo de su concepción en el vientre de su madre, Santa Ana, María fue preservada de toda mancha de pecado original y fue colmada por el Espíritu Santo con la gracia santificante. En ese momento María fue “como plasmada y hecha nueva criatura por el Espíritu Santo” (LG 56), toda pura y bella”.  

El dogma de la Inmaculada Concepción dice que María, en el instante mismo de su concepción en el vientre de su madre, Santa Ana de Belén, fue preservada de toda mancha de pecado original y fue colmada por el Espíritu Santo con la gracia santificante. Así lo afirma solemnemente el Concilio Vaticano II una de sus  cuatro constituciones, la Lumen Gentium, numeral 56. 

Este dogma fue definido por el Papa Pío IX, un viernes 8 de diciembre de 1854, con la Bula Ineffabilis Deus. El texto dice así: “Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”. 

En las Sagradas Escrituras, se habla ´implícitamente´ sobre el dogma de la Inmaculada Concepción. Escuchemos el siguiente texto: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”(Gen. 3,15). Este texto nos dice que la mujer, es decir María, está unida al ´Bien´ en la lucha contra el demonio y el pecado. Textos del Nuevo Testamento, como el evangelio de Lucas, la Epístola a los Efesios y el Libro del Apocalipsis, hacen referencia a la Inmaculada Concepción. En el Evangelio de San Lucas 1, 28, por ejemplo, se lee así: “Y entrando, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. 

Podríamos preguntarnos, en qué se diferencia de nosotros la Virgen María, pues ella también es una criatura. A nosotros Dios nos lava del pecado original, dándonos la gracia santificante, no en nuestra concepción, sino en el momento de nuestro bautismo, que nos hace hijos de Dios. A la bienaventurada siempre Virgen María, Dios la preservó de contraer el pecado original. Evitando así que nunca lo tuviera, ´ni por un instante´, y la llenó de gracia santificante desde el “instante mismo de su Concepción Inmaculada”. 

En la historia del desarrollo del dogma de la Inmaculada Concepción de María, ha habido grandes figuras que, antes que la Iglesia definiera este dogma, lo defendieron porque siempre creyeron firmemente que María había sido concebida sin pecado original. Entre estas grandes figuras y glorias de la Iglesia, están: Francisco de Asís, Juan de Ávila, Juan Duns Scoto (quien preparó la base teológica para la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción), Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y Alfonso María Ligorio, entre otros muchos. Estos santos que he mencionado, pertenecen a la etapa antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada.

Y hasta Martín Lutero, hablando sobre la concepción de la Madre de Dios, dijo: “Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original”.

Uno de los más grandes defensores, indiscutiblemente, fue el franciscano escocés, teólogo y beato de la Iglesia, Juan Duns Scoto, quien defendió que María sí es Inmaculada, o sea sin mancha del pecado original. Escuchemos  cómo el ´Doctor Sutil´, con agudeza, perspicacia e ingeniosamente, defendió el dogma de la Inmaculada. 

 

Lo probó con este famoso argumento, página de oro de la Mariología: 

1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original? Todos respondieron: Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso para Él.

2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original? Todos respondieron: Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.

3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? Todos respondieron: Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.

 

Entonces Scoto exclamó:

1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.

2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha.

3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace. Así, lo que Dios pensó, lo quiso y lo hizo. 

Al terminar de hablar Duns Scoto, fue aplaudido eufóricamente, y todos los allí presentes aceptaron esta verdad. 

Se cuenta que este argumento o prueba se le ocurrió al sabio Dun Scotto, al pasar por frente de una imagen de la Virgen y decirle: ´´Oh Virgen Sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de ti´´ (Dignare me laudare te: Virgo Sacrata). 

María recibió estas gracias por Dios, porque Ella, María, había sido llamada a la vocación más excelsa que haya recibido ningún ser humano. Esa vocación fue ser la Madre del Hijo de Dios. Para una misión tan especial, una gracia muy especial: llenarla Dios de una santidad única, pues iba a llevar en su purísimo vientre, a Jesucristo, el Santo de Dios, el Redentor de la humanidad entera.

La Virgen María fue redimida por Cristo, que fue concebida como nosotros. Aquí cabe una pregunta incisiva que hacen los que cuestionan el dogma de la Inmaculada Concepción: ¿es lo mismo Inmaculada Concepción que Concepción virginal? Y otra: ¿María fue redimida, sí o no?

Es muy sencillo: Inmaculada Concepción se refiere a la concepción de María en el vientre de su mamá, Santa Ana de Belén. La Concepción virginal se refiere a la concepción de Cristo en el vientre de su madre, María. La concepción de María fue normal, por sus padres santos Joaquín de Nazaret y Ana de Belén, como nosotros fuimos concebidos por los nuestros. La concepción de Cristo fue milagrosa, porque María lo concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Nos enseña la Mariología. 

La bienaventurada Virgen María fue redimida por Cristo nuestro Señor como todos nosotros. La Redención de Dios en Cristo nuestro Señor, ´engloba´ a todas las criaturas. Nadie, absolutamente nadie, quedó fuera de la redención copiosa que Cristo, entregando su vida por nosotros en la cruz, nos rescató de la muerte y perdición de nuestras almas. La Teología enseña que hay dos maneras de redimir: ´levantando al caído´ o ´evitando que se caiga´. A nosotros, Cristo nos redimió en el bautismo, es decir, ya caídos. Fuimos concebidos con el pecado original, que se borra en el sacramento del Bautismo. En cambio, a la Virgen María, nuestra madre, Dios, en Jesucristo, la redimió   ´evitando´ que cayera. ¿Cómo? El dogma nos dice: ´´en el instante mismo en que fue concebida, fue preservada de todo pecado´´.  En pocas palabras, María fue redimida pero de manera más sublime, porque fue preservada de contraer el pecado original. 

¿Qué nos enseña el dogma de la Inmaculada Concepción de María? El dogma de la Inmaculada Concepción nos enseña y recuerda la vocación a la santidad, a la que estamos llamados todos. María es nuestro máximo modelo de santidad después de Cristo nuestro Señor. Ella nos ayuda e intercede maternalmente ante su divino y muy amado hijo Jesucristo, para que luchemos contra el pecado y alcancemos un día el gozo de la patria celestial. 

 

El dogma de la Inmaculada Concepción de María, tiene su historia, que fue desarrollándose poco a poco. Y en la Iglesia,  ha habido grandes figuras que, antes que se definiera este dogma, lo defendieron porque siempre creyeron firmemente que María había sido concebida sin pecado original. Con esta solemnidad nos adentramos en una innumerable cantidad de luces espirituales. Esta gran fiesta de la Iglesia, es celebrada en el mundo entero con mucho fervor y profunda alegría.