El que tenga ojos, que vea

 

La II Caminata Nacional por la Vida y la Familia según Dios que se realizó el domingo 3 de diciembre en San José pasará a la historia como una de las manifestaciones más multitudinarias en nuestro país.

Hay quienes hablan de cientos de miles de asistentes, otros hasta de un millón de personas, pero lo cierto son datos como que a dos horas de haber iniciado el recorrido, todavía había personas comenzando a caminar frente a la Catedral Metropolitana.

Las imágenes no mienten ni disimulan la mezquindad de medios como los del Grupo Nación y La República, que minimizaron o eliminaron de sus páginas la magnitud de la actividad convocada por la Iglesia Católica, a pesar de las disculpas forzadas y los malos remiendos periodísticos ofrecidos a destiempo.

Su actitud, lejos de disminuir el impacto del mensaje a favor de la vida, el matrimonio y la familia, lo engrandece y multiplica. Parecen no comprender la transformación de las lógicas comunicacionales, el peso de las redes sociales y de la conexión global en tiempo real.

Lo importante, al fin y al cabo, es que la mayoría silenciosa de costarricenses, que por años ha sufrido ataques y afrentas a sus más profundos principios y valores, despertó y está dispuesta a asumir su responsabilidad con los destinos de la Patria.

La homilía de Monseñor Ángel San Casimiro en la Eucaristía al final de la caminata no pudo ser más clara: “La defensa de la vida nos impone compromisos muy fuertes en nuestra Costa Rica donde la vida está amenazada de muchas formas”.

Y no es una visión obcecada alrededor de temas relacionados con el ejercicio de la sexualidad, como algunos quieren hacer ver. Cuando la Iglesia se compromete con la defensa de la vida lo hace en todas sus etapas y condiciones.

Por eso, frente al aborto, crimen abominable, la Iglesia propone su visión de esperanza también en temas como la violencia generalizada, los accidentes de tránsito, el derecho a la salud, la dignidad de la mujer, de los ancianos y las poblaciones pobres y excluidas, hasta el término natural de la vida.

Igual sucede en el caso del matrimonio y la familia, el ámbito más adecuado para la vivencia del amor humano, célula del tejido social que hay que proteger y desarrollar para que se mantenga sano y vigoroso.

Dicha protección pasa por reconocer la autoridad primera y definitiva de los padres en la educación de sus hijos, bajo la cual tiene que someterse la ayuda subsidiaria del Estado, especialmente en temas tan medulares como la educación sexual.

Deplorablemente, la Administración Solís Rivera, empeñada en gobernar para minorías y a tenor de dictados de organismos y entes extranjeros, desoye con terquedad desde el Ministerio de Educación este principio fundamental.

Llamó la atención la presencia de varios aspirantes a la Presidencia de la República. Era esperable en campaña electoral. Corresponde a cada ciudadano investigar la correspondencia entre las palabras y los hechos de cada uno, las posiciones defendidas a lo largo de su vida y la integridad de sus principios. Las poses e impostaciones sobran en un momento como éste.

 

En fin, que el eco de la Gran Caminata no acabe. Que resuene y renueve las muchas situaciones que en nuestra sociedad urgen de lucidez y orientación.