¿Dios tiene un propósito cuando sufrimos?

 

“Querido Monseñor: en varios encuentros de amigas y, a veces, también en mi lugar de trabajo oigo afirmaciones como la siguiente: “Es que Dios tiene un propósito”… A veces se trata de hechos dolorosos, como un accidente de carretera, una enfermedad, la pérdida del trabajo… Y con esa expresión, “es que Dios tiene un propósito”, se da la impresión o, quizá se cree que Dios quería esas situaciones tan duras. ¿Qué me dice, Monseñor?” 

Pamela Calderón L. - Cartago


Estimada Pamela: debemos reconocer que se dan “modas” también en el lenguaje religioso. En efecto, yo mismo constato que esa expresión que usted nos cita, actualmente se va repitiendo, y con mucha frecuencia, más que hace años, al menos acá en Costa Rica.

Se afirma que Dios tenía un propósito. Esto es verdad, lo tenía y lo tiene y consiste en lo que leemos en 1 Tim 2, 4: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Es el “propósito” que se hacía oración y súplica en el corazón y en los labios de Jesús cuando decía: “Padre, que nadie vaya perdido; Padre que donde esté yo estén también ellos” (Jn 17, 12.24). Se trata de lo que algún autor y teólogo ha llamado la “divina obsesión” de Jesús: Él murió y resucitó por todos y a todos nos quiere salvos. Ese es su “propósito”.

Sin embargo, esta suprema verdad, no debe ser tomada como “excusa” para hacer pensar que Dios quiere directamente para nosotros las muchas situaciones dolorosas que nos acompañan, día tras día. Muchas de ellas se deben a los límites propios de nuestro ser de criatura, como son las enfermedades y la muerte… Otras, y son muchas, se deben al abuso de ese don maravilloso que es la libertad… ¡Cuántos sufrimientos nos causa el pecado, en todas sus formas! Y de él sólo nosotros somos los responsables (cfr Eclo 15, 14).

Que Dios no quiera positivamente nuestros sufrimientos, y aún menos (por así decirlo) nuestros pecados, no quiere decir, que Él sea indiferente al mundo de nuestro dolor, ya sea el que se debe a nuestros límites de criatura, sea el que se debe a nuestros pecados. Lo afirma con toda claridad la Carta a los Romanos: “Por lo demás, sabemos que Dios interviene en todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

Esto hace posible verdaderos milagros, como, por ejemplo, que unos papás se conviertan con ocasión de la enfermedad de su hijo… No hay que pensar que Dios cause la enfermedad del hijo teniendo el “propósito” de la conversión de los papás. La verdad es que Él actúa con su gracia en el espacio abierto por esa situación de dolor y eso está fuera de toda duda. Corresponde a los papás cooperar con la acción de Dios. Es por eso, que si hay personas que se revelan en contra de Dios con ocasión de profundos dolores y “desgracias” son muchas más las que se vuelven a Él.

 

Es ahí que se experimenta la invitación y el llamado de Dios a una vida más auténticamente cristiana.