Hechos, no palabras hacia los pobres

 

Se llevó a cabo por primera vez en la historia, y por iniciativa del Papa Francisco, el Día Mundial de los Pobres, el pasado domingo 19 de noviembre.

La Jornada fue acompañada por gestos de caridad de la Iglesia como el que reseñamos esta semana ampliamente de parte de la Diócesis de Alajuela, ejemplos de un sano y renovado impulso por vivir auténticamente los consejos evangélicos y las bienaventuranzas del Señor.

En su homilía para la ocasión, el Santo Padre recordó que aunque para el mundo tengan poco valor, los pobres son quienes abren el camino al cielo.

No se trata de una visión romántica de la pobreza, por el contrario, el amor al pobre significa una lucha abierta contra todas las pobrezas, espirituales y materiales que los oprimen y no les permite alcanzar una vida plena y digna.

Por eso no es suficiente no hacer nada malo en contra de estos hermanos, como muchos podríamos argumentar, ni siquiera indignarse por las diversas formas de opresión y de exclusión que existen hoy, una actitud tan común en tiempos de redes sociales, de contenidos que se hacen y comparten pero que no pasan de ser manifestaciones de un vano sentimentalismo vacío.

El Papa insiste en que hacer el bien implica involucrarse, dedicar tiempo y vida, renunciar a uno mismo y darse por completo por la causa de quienes sufren por el egoísmo y el individualismo en un mundo obsesionado por la riqueza y el poder.

“Lo que invertimos en el amor permanece, el resto desaparece”, ha recordado Francisco antes de insistir: “no busquemos lo superfluo para nosotros, sino el bien para los demás, y nada precioso nos faltará”.

Costa Rica, según acaba de dar a conocer el Instituto Nacional de Estadística y Censos, mantiene prácticamente invariable el porcentaje de personas en situación de pobreza. Uno de cada cinco costarricenses está por debajo de la línea de pobreza, lo que significa que no logra satisfacer sus necesidades básicas.

Pero hay un segmento todavía más carente, en pobreza extrema, que abiertamente pasa hambre y cuya condición pasa de lejos en muchos casos de la acción de las instituciones públicas y organizaciones sociales.

La Iglesia Católica, a través de incontables iniciativas personales, grupales, parroquiales y diocesanas, es una de las que más cerca está de estos hermanos y hermanas. Esta Jornada Mundial es un aliciente para seguir trabajando en la asistencia y la promoción humana como un eje irrenunciable, fundamental y orientador de toda la acción pastoral.

Es una ocasión además para revisar las prioridades, para determinar dónde ponemos nuestras seguridades y preguntarnos cómo responderemos al Señor cuando al final de nuestra vida nos juzgue en el amor al prójimo.

Porque para el cielo no vale lo que se tiene, sino lo que se da: las manos laboriosas y tendidas hacia los pobres, hacia la carne herida del Señor. Sólo esto dura para siempre, el resto pasa y desaparece. 

 

Pidamos hoy esa sabiduría de buscar lo que cuenta y el valor de amar a los pobres, no con palabras sino con hechos.

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