Que el consumismo no le gane a la razón

 

El Magisterio de la Iglesia deja clara la responsabilidad que debe de tener un cristiano para saber cubrir sus verdaderas necesidades sin caer en el juego comercial del consumo obsesivo y compulsivo, muchas veces superficial e irreal.


Laura Avila Chacón

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El llamado Black Friday o Viernes Negro se ha convertido en la jornada de mayor consumo a nivel mundial. Este año dicha celebración comercial tuvo lugar el 24 de noviembre. Hasta hace unos años los costarricenses veíamos las filas de personas esperando durante horas en las puertas de los grandes comercios muy alejado de nuestra realidad, sin embargo, el comercio se encargó de consolidarlo con promociones y una fuerte inversión publicitaria.

Actualmente, los costarricenses mostramos uno de los niveles más altos de endeudamiento por tarjetas de crédito en la región. Según datos del Ministerio de Economía, este año se cuantifica un saldo de deuda de ¢1.077.472 millones de colones (3,6% del PIB), lo que significa un incremento de ¢180.753 millones (20%), con respecto al estudio realizado con corte al 31 de enero del 2016.

Esta situación hace surgir el tema del uso responsable del dinero, sobre el cual el magisterio de la Iglesia es claro.

De acuerdo con el Padre Daniel Vargas, de la Diócesis de Alajuela, lo primero que se debe cuidar es no dejarnos caer en el juego comercial del consumo obsesivo y compulsivo e inclusive muchas veces superficial e irreal.

“Al descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una imagen integral del hombre, que respete  todas las dimensiones de su ser y que subordine las materiales e instintivas a las interiores y espirituales”, explicó.

Al respecto, el licenciado en Teología Moral dijo que se deben de observar criterios de consumo responsale, comenzando por analizar cuáles son las verdaderas necesidades personales o familiares. “Elaborar un presupuesto de los ingresos disponibles y los gastos que podemos asumir. No actuar por impulso emocional ante las supuestas ofertas. No pretender llenar otras necesidades o vacíos personales con la adquisición de bienes. Buscar y comparar las mejores opciones a la hora de comprar lo que realmente se necesita”, dijo.

El sacerdote aclara que no se trata de satanizar el dinero ni la dinámica del mercado, pues los comerciantes deben vender sus productos y los consumidores necesitan comprarlos. Lo que se requiere a su criterio es un uso justo y equilibrado manejo de esa dinámica del mercado. 

“El dinero no es ni un bien ni un mal, desde un punto de vista moral. De hecho el dinero es una realidad material que, en cuanto creada por Dios, es de por sí buena. Es un medio de intercambio, cuyo valor viene determinado convencionalmente por la sociedad. Será bueno o malo dependiendo de: cómo la persona lo adquiere, cómo uno se relaciona con el mismo, cómo lo usa”, explicó.

 

Consecuencias del mal uso del dinero

Para el sacerdote, en mucho, la crisis económica de Costa Rica se da por el uso tan irresponsable que le damos al dinero en las economías personales y familiares. Esto genera grandes consecuencias en las tres dimensiones. 

En el ámbito personal, se pierde la identidad y autenticidad de la persona: “como esclavos de marcas y modas, ya que el mercado impone el estilo o la línea para ser aceptados socialmente”, asegura Vargas. 

Además de ello, hay frustración personal, al no poder llenar las expectativas de éxito y realización que plantea el mundo consumista en la adquisición de bienes superfluos. Se trata de una sensación de fracaso por no poder adquirir el producto de moda y de última línea, así como sentimientos de envidia y rivalidad por lo que otros tienen y yo no puedo alcanzar. 

Las consecuencias familiares son a su criterio una mala educación en valores, “pues hay que adquirir los caprichos comerciales que impone el mercado”, unido a un endeudamiento excesivo especialmente con tarjetas de crédito que luego ahorcan la economía familiar con altos intereses. 

“Se descuidan y sacrifican verdaderas necesidades familiares por dar paso al consumismo irresponsable. Compramos lo que no necesitamos, con el dinero que no tenemos, para llenar necesidades que no existen”, afirma el sacerdote. 

Finalmente, están las consecuencias sociales, como el aumento de la corrupción social en todos los estratos de la sociedad, pues el dinero se vuelve un fin y no un medio como debe de ser. “Se mira el dinero como una fuente de poder social, por lo que se genera una verdadera obsesión por él”, puntualiza el moralista. 

También se genera un aumento en el crimen organizado y la delincuencia, como una forma violenta y agresiva de adquisición de recursos sin importar los medios y formas. 

Finalmente, aunque no menos grave, también hay un aumento en los suicidios y otras acciones destructivas como vicios y adicciones, ante la frustración de no alcanzar ciertos niveles materiales de vida o al sentirse ahogados en deudas.