Revolución de la Transparencia

 

Han sido sacados a la luz pública millones de documentos relacionados con operaciones financieras en paraísos fiscales de personas y empresas de todo el mundo.

Se trata de los llamados Paradise Papers, (Papeles del Paraíso) una filtración similar a la que en el 2015 sacudió el mundo de los negocios con los Panamá Papers.

La existencia y operación de los llamados paraísos fiscales no es un secreto, ni siquiera, bajo la legislación de muchos países es un delito que se pueda perseguir, sin embargo, sin descartar que haya transacciones ilegales como lavado de dinero del narcotráfico, las revelaciones sí poseen una carga moral y ética porque en su gran mayoría se trata de movidas para evadir el pago de impuestos.

Los Paradise Papers no son sino, una muestra más del orden económico mundial imperante basado en el lucro y el egoísmo que no deja lugar para la solidaridad y el bien común.

Las filtraciones desnudan las poses de políticos, empresas y empresarios que fabrican desde la mercadotecnia falsas caretas de interés social, de compromiso ambiental y apoyo a causas nobles cuando en la realidad, hacen todo lo que pueden por esconder el grueso de sus ingresos de la vista de los ciudadanos y de las autoridades fiscales.

Incluso varios nombres relacionados con Costa Rica han sido mencionados, políticos reconocidos que han establecido compañías de papel y que en una compleja maraña organizativa y tecnicismos legales deslizan millonarias entradas, pagos y transacciones que por lo mínimo, son sospechosas.

Sospechosas porque lo que es correcto no se esconde, se puede hacer a la luz del día, a la vista de todos y bajo el escrutinio de cualquiera.

Recurrir a los paraísos fiscales como estrategia personal o corporativa es señal de un interés por ocultar deberes y obligaciones y si se incurre en delito por ello, la autoridad judicial está llamada a intervenir.

Costa Rica está atravesando por una de las mayores crisis institucionales de su historia. La corrupción recorre como cáncer poderes de la República, instituciones y empresas. El pueblo está desbordado de indignación y los escándalos alimentan un rechazo de la clase política como pocas veces se ha visto.

En este escenario, en campaña electoral y al acecho de la grave situación fiscal del país, es más que urgente dar señales de claridad y de honestidad, caiga quien caiga.

Corresponde una investigación seria y profunda de estas filtraciones para sentar las causas que correspondan en nuestro contexto. Que la impunidad no le gane a la justicia ni a la verdad.

Nos alegramos de que a través de la prensa se den a conocer revelaciones como los Paradise Papers. Asistimos a lo que algunos ya ubican en los albores de una “Revolución de la Transparencia”, en la cual las necesarias transformaciones sociales y culturales parten de un sustento ético y de la toma de conciencia de los mismos ciudadanos.

Claramente, esta sana actitud afecta a todo el conjunto social, la Iglesia incluida. La honestidad es un valor cristiano de la más alta importancia. El cristiano no roba, no evade impuestos, no esconde sus actos, no acapara, no es egoísta ni se deja llevar por el lucro. 

Por el contrario, colabora según sus posibilidades, promueve la solidaridad y la caridad, observa las leyes y defiende la justicia social.

Por eso esta “Revolución de la Transparencia” debe de impactar por igual todos los ámbitos eclesiales. En la administración de los recursos por ejemplo, la Iglesia tiene que ser absolutamente clara, desde lo macro que puede representar la Iglesia Universal, y el Papa Francisco sigue haciendo esfuerzos para que así sea, hasta la gestión económica de las instituciones, organismos, diócesis y parroquias. 

Aquí juegan un papel fundamental los obispos, ecónomos, párrocos y consejos económicos de laicos, como primeros responsables de velar, custodiar y dar un uso de acuerdo a los fines de la evangelización a los bienes temporales. 

Hay que ser capaces de dar cuentas de todo. Ofrecer detalles, tener respaldos y usar nuevos medios, como las redes sociales, para generar confianza. Atrás quedaron los tiempos de las parroquias como campos feudales. Estamos en la era de la rendición de cuentas y es sano que así sea.

 

Porque el que nada debe nada teme, y porque la verdad nos hace libres, la “Revolución de la Transparencia” es un signo muy positivo y esperanzador de los tiempos que corren.