“El Padre no sabía manejar y me pidió el favor”

 

Danny Solano Gómez

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Don José Joaquín González recuerda con mucho cariño aquella vez que asistió a una boda como padrino, junto a su novia. El Padre Fernando González ofició la Misa y después se acercó y le dijo: “Espero que el próximo matrimonio sea el suyo con la señorita Marina”.

Tiempo después don José y doña Marina (q.d.D.g) se unieron en matrimonio por más de 40 años. Uno de sus hijos se llama Fernando González, pues la esposa prometió que si tenía un varón le pondría el nombre de aquel querido cura fallecido.

 

El accidente

Este hombre de 88 años también recuerda aquel miércoles 21 de agosto de 1957, día del  fatídico accidente. El Padre Fernando González le pidió que lo llevara a Tilarán para una reunión del Clero de Alajuela (esa Diócesis entonces también comprendía los territorios de Guanacaste y Puntarenas). Como en otras ocasiones, don José aceptó con gusto. 

“El Padre no sabía manejar y me pidió que lo llevara, cuando tenía un chancecito yo lo llevaba donde necesitara, tenía como un año de conocerlo y me parecía una persona muy buena y humilde”, comentó.

Viajaban con ellos los presbíteros José Sendra y Nicolás Torres. Era la primera vez que iba a Tilarán, a la ida notó que el camino estaba lleno de piedras y se volvía inestable, por lo que trató de ser precavido, contó. 

Después de finalizada la reunión, de regreso recuerda que al pasar por la conocida como cuesta de Chopo (entre Los Ángeles y Cañas) cuando “compresionó” el vehículo derrapó. Para no caer en el precipicio giró el volante hacia la izquierda, pero el jeep se volcó y comenzó a dar vueltas hasta que se detuvo, totalmente destruido, sobre el camino.

Cuando el carro resbaló, don José recuerda la voz del Padre González que le decía: “¿Qué pasa? ¿qué pasa?”, pero él apenas reaccionó para encomendarse a Dios.  

El chofer afirma que si no hubiera sido por aquella maniobra probablemente hubieran caído al barranco y la tragedia hubiese sido mayor. Lo siguiente que recuerda era verse todo ensangrentado y con mucho dolor. “Salí chorreando sangre, se me abrió una ceja, tenía mi ojo fuera, tomé mi pañuelo y lo puse en mi cara para evitar que se saliera completamente”.

El auto de Mons. Solís y otros venían detrás por lo que acudieron a su ayuda. Los llevaron a Cañas desde donde fueron trasladados en avioneta a San José (al antiguo Aeropuerto en La Sabana) y posteriormente al Hospital San Juan de Dios. 

El Padre González falleció a las 6:00 p.m. Don José Joaquín pasó 23 días en el centro médico. Durante su recuperación escuchó comentarios y se dio cuenta de la noticia. Los otros dos sacerdotes sobrevivieron. 

Después de salir del hospital fue con su esposa a la casa de los papás del Padre González, donde recuerda haber sido bien recibido, así como también lo fue en la casa de Mons. Solís. 

El conductor tuvo que enfrentar un juicio que duró dos años y en el que se le absolvió de la responsabilidad del accidente. Según mencionó, los dos curas que sobrevivieron declararon que él les había salvado la vida con la maniobra que hizo.

 

Proceso de canonización: “Se lo merece”

Sobre la intención de la Diócesis de Tilarán-Liberia de abrir el proceso de canonización del Padre Fernando, menciona que Chunguito, como le decían de cariño al Padre, “lo tiene bien merecido”. Además, lo describe como alguien “tan humilde y trabajador”, una persona “que se quitaba lo que tenía para dárselo a los demás”.

Don Joaquín fungió como inspector de tránsito durante 17 años, cuando se retiró trabajó como taxista. Una vez recibió un reconocimiento por devolver un bolso lleno de joyas y dinero que alguien dejó olvidado. 

 

Actualmente tiene una humilde ferretería cerca de la Rotonda de San Sebastián (Ferrería J.J González), donde desde que construyeron el paso a desnivel son pocos los clientes que llegan, pero esto no le impide sentirse feliz por los hijos, los nietos y los bisnietos, de quienes se alegra decir que son personas trabajadoras y de bien.