Nate y los pobres

 

La semana pasada, Costa Rica sufrió los embates de la tormenta tropical Nate. Once personas perdieron la vida en distintas circunstancias relacionadas con sus efectos, que fueron especialmente graves en Guanacaste, la zona sur y Cartago.

Los daños materiales apenas comienzan a sumarse en miles de millones: casas destruidas, puentes arrasados, caminos borrados, escuelas sumergidas, pérdida de cosechas, vehículos, acueductos y animales.

Al cierre de esta edición 178 albergues mantenían a más de 11 mil personas cuyas viviendas habían desaparecido o corrían grave peligro. El gobierno, tal y como lo hizo ante la emergencia por el huracán Otto, desplegó un amplio operativo de coordinación interinstitucional, mientras la ayuda comenzaba a llegar.

Llama la atención ver sobre el campo cómo efectivamente quienes más sufren son siempre los pobres, cuyo círculo de necesidades se profundiza y perpetúa tras un desastre como este.

Se trata en muchos casos de familias que construyeron sus casas a la orilla de los ríos, en terrenos inestables, muchas en precarios y en condición de hacinamiento. En las zonas rurales, personas dedicadas a las labores del campo, que igualmente vivían en zonas propensas a deslizamientos, hoy ven perdido todo su esfuerzo. 

Hay entre los más afectados un importante número de migrantes, de mujeres jefas de hogar y de poblaciones vulnerables como ancianos e indígenas.

¿Qué hace que un fenómeno natural se convierta casi siempre en una desgracia para quienes menos tienen? La respuesta obvia son los recursos económicos que permiten disponer de mejores condiciones de infraestructura y acceso a servicios como agua y electricidad, pero en el fondo, se trata de un tema de desigualdad e injusticia social.

Lo que en el plano simbólico se entiende como diferencias sociales, en la realidad es la línea que divide la vida de la muerte en situaciones como la que acaba de sufrir el país. Nate ha desnudado, una vez más, las brechas que separan a los costarricenses y lo difícil de acercar existencias cada vez más distintas entre sí.

La solidaridad de los costarricenses no dejará de llegar a quienes la necesitan, pero cierto es que esta ayuda no puede ser eterna. Hay que encontrar los mecanismos estructurales para generar nuevas condiciones de vida y desarrollo para las personas que lo han perdido todo.

Dichos mecanismos pasan, aunque a algunos no les guste, por un replanteamiento de las cargas fiscales en el país y por una cirugía profunda de las instituciones públicas para que, con probidad y rectitud, se dirijan con eficacia al único objetivo de ser promotoras del desarrollo humano integral.

Hace dos años el Papa Francisco lanzó al mundo la encíclica Laudato si’, en la que llamó la atención sobre la ecología humana, afirmando que la casa común, el mundo, solo podría ser salvado si tiene lugar una revolución de misericordia y dignidad humana, en la cual cada persona tenga las oportunidades que merece para su desarrollo integral.

De otro modo, el salvaje egoísmo rampante, nos llevará irremediablemente a la destrucción del planeta, que es la propia sentencia de muerte de la especie humana, a través del arrasamiento de los recursos naturales, la contaminación, los conflictos y la apatía deshumanizada de la realidad del otro, mi hermano y hermana. 

Nate podría significar, paradójicamente, algo positivo para nuestro país. Que del dolor pasemos al amor. Es la ayuda más importante que podemos ofrecer a los que más necesitan, comenzando por nosotros mismos.